Las Provincias

El viaje inédito de Miguel de Unamuno

El viaje inédito de Miguel de Unamuno
  • El diario de la estancia del escritor en París en 1889, un texto que no había visto la luz, llega a las librerías en febrero

  • El intelectual plasma en el texto, recuperado por Oportet Editores, sus impresiones sobre la Exposición Universal y la Torre Eiffel

«Ya estoy en París, nombre que se repite todos los días y significa todas las cosas que puede significar un mismo nombre, por muy contrarias que se las suponga; la capital del mundo modernista, ya que no del moderno. Vengo a París con los recuerdos frescos de Nápoles, de Roma, de mi Florencia y de los Alpes. Cualquier sublime no dejaría de hacer un enorme paralelo entre París y Roma, como podría hacerlo entre la columna de Trajano, de piedra, coronada por san Pedro, y la de Vendôme, en bronce, coronada por Napoleón».

Estas impresiones las plasma un joven Miguel de Unamuno que anotaba en su diario las primeras experiencias de su visita a la capital de Francia. París, que en ese momento se mostraba al mundo gracias a la Exposición Universal, era la última etapa de un periplo que había comenzado el 28 de junio y habría de terminar el 15 de agosto, con salida y llegada en Bilbao. El escritor e intelectual, que entonces tenía 24 años, anotó sus impresiones de aquel viaje en un diario que permanecía inédito. Hasta ahora, porque en febrero verá la luz 'Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza', con edición y prólogo de Pollux Hernúñez y publicado por Oportet Editores.

Unamuno inició el viaje tras haberse presentado a una de las varias oposiciones que realizó en esos años. En 1888 había fracasado en su intento de obtener una plaza de profesor de euskera convocada por la Diputación vizcaína. En los primeros meses de 1889 preparó y se presentó a una nueva convocatoria, de nuevo sin resultado.

Tras esa prueba, este viaje fue un período de descanso que al mismo tiempo colmaba algunas de las aspiraciones viajeras del escritor, que deseaba de manera muy especial conocer algunas ciudades italianas y los Alpes suizos, además de la capital francesa. El itinerario seguido por el escritor, su tío -que era quien pagaba los gastos- y un amigo de este no podía ser más apetecible: Barcelona, Marsella, Florencia, Roma, Nápoles, Pompeya, Roma y Florencia de nuevo, Milán, Lucerna, Ginebra, París y, ya para descansar de tal acumulación de maravillas artísticas y avances técnicos, los balnearios de Cestona y Alzola, antes de regresar a Bilbao.

«Lo que más le gustó de todo el recorrido fue Florencia», explica Pollux Hernúñez, que ha dotado al texto de un extenso aparato de notas aclaratorias sobre aspectos del viaje y las referencias a acontecimientos de aquellos meses o bien las obras literarias o artísticas de las que habla el autor vasco. Sin embargo, pese a su admiración por el arte que contempla en Italia, la parte correspondiente a París tiene un interés especial porque la ciudad es en ese momento el centro del mundo.

La Exposición Universal que organizaba la capital francesa tuvo un efecto de atracción de viajeros verdaderamente singular. Nada menos que 32 millones de personas visitaron el recinto - cabe aclarar que la Expo de Sevilla recibió la mitad de visitantes-, en el que se pudieron observar todo tipo de prodigios. La torre Eiffel era el más llamativo y ni aún así termina de gustar al escritor vasco. «El último juguete parisino», la llama. «De lejos, ni mata ni espanta, una cosa alta; pero, al revés de lo que sucede con las cosas de cerca, es el efecto; no el tamaño, sino el intrincado laberinto de su osamenta, las redes de hierro, y sobre todo ver desde su cabeza cómo asienta sus patazas en el suelo junto a las hormiguillas que la han elevado y pueden derruirla».

Unamuno contempla la ciudad desde lo alto de la torre y establece una semejanza por lo menos curiosa: «Viendo París no se me ocurría más que tenerle lástima y compararlo con Guernica vista desde Ajánguiz; en Guernica siquiera conozco las cosas». Desde la torre observa también los primeros lances de una corrida de toros, una de las varias que se celebraron en la Exposición Universal y aledaños durante aquellos meses. Para ello se habían montado cosos de madera, como explica el editor en las notas a pie de página. Pero los toros no le interesan en esa ocasión, y menos desde una altura semejante: «No hay cosa más ridícula y estúpida que ver aquello sin oír los gritos del escaso público».

«Horteras con su botellita»

Al día siguiente, el escritor y sus dos acompañantes visitaron la catedral de París. «Por dentro, tiene aspecto teatral, de noche será hermosa la nave central», anota. Luego, un paseo hasta la Madeleine, donde cree ver «el paganismo napoleónico, el partenoncito de siempre, una metáfora clásica que huele ya a carne fresca de muchos días». Desde allí, de nuevo a la Expo, que está abarrotada de público dado que es domingo. El espectáculo que encuentra no llamará la atención a muchos viajeros de hoy mismo: «Irrupción de horteras y gente con provisiones, su fiambre, su vasito, su botellita...»

La visita al gran acontecimiento de aquel año no fue del todo satisfactoria para Unamuno. A su juicio, poco había en ella que fuera a dejar huella para la posteridad; casi nada que superara un listón un poco exigente de valor artístico y tecnológico. De ahí sus no pocas ironías con personajes y autores célebres de la literatura francesa como referencias: por sus páginas desfilan, entre otros, Émile Zola y Homais, el boticario de 'Madame Bovary'.

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