Las Provincias

VIAJEROS  AL TREN

VIAJEROS AL TREN

Qué habría pasado si en lugar de dejarse atropellar por el tren, Anna hubiera subido en él? Preguntas de este estilo me vienen a la cabeza cuando miro a través de la ventanilla. Estoy de viaje mientras escribo estas líneas. Mi destino es el festival literario Toulouse Polar du Sud, que se celebra en la capital de la región francesa de Occitania. Por delante me esperan diez horas apasionantes de traqueteo.

El tren es el mejor medio de transporte del mundo. Un lugar donde despreocuparse. Puedes pasear, ir al bar, leer, escuchar música, charlar, hacer amistades inesperadas., pero, por encima de todo, lo que más me gusta es poder ejercer de voyeur con total impunidad.

Por ejemplo, es evidente que mis dos compañeros de viaje, que se sientan delante, acaban de conocerse. Uno de ellos, un joven alto y rubio, tiene muchas ganas de hablar, mientras que el otro, de pelo negro y lacio, hace tímidos intentos por volver a su lectura, arrepentido de haber rozado el pie de su interlocutor de forma involuntaria. Imagino su conversación: «Perdón». «No tiene importancia». «¿Dónde estamos?». «Entrando en Texas». Unos minutos después, acordarán asesinar a la esposa del hombre que lleva el libro a cambio de que éste, a su vez, asesine al padre del otro. El crimen perfecto.

El tren es una fábrica de fantasías y aventuras. Sus maravillosos nombres nos trasladan a otros tiempos. ¿Acaso no nos zarandea la imaginación una ruta como el Orient Express? En 1889 este tren salía tres veces por semana de París y tras pasar por Estrasburgo, Múnich, Viena, Budapest y Bucarest llegaba hasta Estambul. ¿Y el Transiberiano? Su trayecto, de Moscú a Vladivostok, atravesaba vías heladas, montañas de nieve y bosques repletos de lobos.

También podemos subir al Tren de las Nubes, que parte de Salta, al Norte de Argentina, para llegar al pueblo minero de San Antonio de los Cobres y alcanzar el viaducto de la Polvorilla construido a 4.200 metros de altitud. Cuenta incluso con personal sanitario a bordo para atender a las numerosas personas que sufren mal de altura. Por último, si tenemos cierto espíritu morboso, disponemos del Tren de la Muerte en Tailandia, en cuya construcción murieron más de cien mil prisioneros de guerra. Este tren atraviesa el puente más famoso de la historia del cine: el que salva el río Kwai.

El ferrocarril tiene una destacada presencia en la Literatura. Es fácil encontrar grandes obras de cualquier género. Hay excelentes novelas de espías como ' El tren de Estambul'. El primer éxito de un joven Graham Greene. Se trata de una estupenda historia, construida a modo de mosaico, con unos personajes muy sólidos, como acostumbra el escritor. Utiliza como escenario el recorrido del Orient Express y consigue una gran tensión narrativa. La novela, a pesar del tiempo transcurrido, ha envejecido muy bien.

También podemos hallar thrillers como 'El gran robo del tren', de Michael Crichton. Esta obra, muy oscurecida por sus dinosaurios posteriores, está exquisitamente ambientada en la época victoriana, escenario de uno de los robos más espectaculares del siglo. Los ladrones pretenden asaltar el tren con destino a París, cuyas medidas de seguridad son extremas. En su interior guarda la paga del ejército que batalla en Crimea. La película también es digna de ver. Llevada al cine en 1979 por el propio Crichton, con Sean Connery, Donald Sutherland y Leslie Ann Down como protagonistas.

No puede faltar en este listado la literatura de viajes, donde el tren tiene una presencia enorme. Quizás su máximo exponente es 'El gran bazar del ferrocarril' de Jean Paul Theroux. El autor se propuso subir a todos los trenes que encontrara desde la estación Victoria de Londres hasta la estación Central de Tokio. Lo que le supuso cuatro meses de viaje en ferrocarril por buena parte de Europa, Turquía, Irán, Pakistán, India, Birmania, Tailandia y Camboya, hasta arribar al Japón y luego regresó con el Transiberiano. Treinta y tres años después, Theroux repitió el viaje y escribió 'Tren fantasma a la Estrella de Oriente'. Leer los dos libros nos traslada la hermosa e inigualable experiencia comparativa del autor.

Y desde luego, existen numerosas novelas negras donde el tren es protagonista, como 'Extraños en un tren', de Patricia Highsmith, cuyo argumento transcurre ahora mismo delante de mis narices.

Paseo por los vagones y observo que el tren ya no dispone de literas como las que usábamos mi madre, mi hermano y yo para ir hasta Montpellier. Entonces era toda una aventura cruzar a otro país. Pasé muchas noches en aquellas incómodas camas, leyendo bajo la luz amarillenta de mi linterna. Ahora, añoro aquellas literas porque, de existir, ya tendría seleccionado el elenco de 'Asesinato en el Orient Express', de Agatha Christie, con la gente que me rodea. La novela es estupenda, pero me encanta revisitar la película con Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Vanessa Redgrave y una bellísima Jacqueline Bisset a la que, curiosamente, se parece mucho la joven de mi izquierda.

El tren suelta un silbido a modo de anuncio. Acabamos de pasar la frontera. Nadie se percata. Cierro los ojos y me dejo llevar por el balanceo de los sueños.