Las Provincias

Niños sin infancia

  • La Nobel Svetlana Alexiévich relata en 'Últimos testigos' la invasión nazi de Bielorrusia

En su discurso de aceptación del premio Nobel, Svetlana Alexiévich recordó que Flaubert se consideraba una «pluma humana»; a continuación, ella se definió como un «oído humano». La periodista bielorrusa resumió así su manera de trabajar, que consiste en la minuciosa superposición de testimonios orales hasta componer unos particularísimos relatos polifónicos. En ellos escuchamos a gente corriente contar cómo vivieron hechos excepcionales: la Segunda Guerra Mundial, la caída del comunismo, Chernóbil. Lo hacen con sus propias palabras y perspectiva. Todo rebosa verdad. Muchos de los testimonios destacan la clase de detalles cuya pervivencia en la memoria es tan intensa como inexplicable.

Alexiévich dijo en Estocolmo que esas voces destinadas a perderse han hecho de ella una «prisionera». Las voces que escuchamos en 'Últimos testigos' pertenecen a gente que en el verano de 1941, siendo niños, vivieron la invasión nazi de Bielorrusia y vieron cómo su mundo se derrumbaba. Bajo su nombre, la periodista apunta solo su oficio: profesores, obreros, artistas, ingenieros. Sin embargo, todos se transforman en niños al recordar una experiencia brutal. Esa distorsión es la clave del libro. Muchos de los protagonistas recuerdan que recibieron la guerra como un gran juego. Otros recuerdan que no sabían lo que era la muerte cuando sus padres murieron, así que se pasaron la guerra esperando a que regresasen. «Ya he cumplido 51 años y tengo mis propios hijos», explica una mujer que perdió a sus padres en un bombardeo con ocho años. «Y sin embargo todavía sigo queriendo que venga mamá».

La muerte no es el único tema que se repite en los testimonios. También lo hace el hambre, el frío, los desplazamientos, la crueldad de los soldados alemanes o la vida en las instituciones donde acabaron muchos de los 30.000 huérfanos que la guerra dejó en la zona de Minsk. La otra cara de la moneda tiene que ver con la solidaridad de la gente. La población civil se esforzaba por salvar a los niños que se quedaban solos, los escondían, los alimentaban, incluso los incorporaban a sus propias familias. Lo explica de un modo impactante una cocinera que perdió a sus padres con seis años: «No entiendo lo que son los desconocidos porque mi hermano y yo crecimos entre gente desconocida. Vivo con esa sensación, pero a menudo me decepciono. La vida en tiempos de paz es otra cosa».

Alexiévich no interrumpe, no matiza, no interpreta. Su única intervención tiene lugar en una cita que abre el libro: «Mucho tiempo atrás, Dostoievski formuló la siguiente pregunta: ¿Puede haber lugar para la absolución de nuestro mundo, para nuestra felicidad o para la armonía eterna, si para conseguirlo, para consolidar esa base, se derrama una sola lágrima de un niño? Y él mismo se contestó: No. Ningún progreso, ninguna revolución justifica esa lágrima. Tampoco una guerra. Siempre pesará más una sola lágrima».