Winston Churchill en la intimidad

Brian Cox y Miranda Richardson en una escena de la película 'Churchill'.
Brian Cox y Miranda Richardson en una escena de la película 'Churchill'. / LP

La brillante composición de Brian Cox en la piel del mandatario inglés es lo más destacable de un previsible 'biopic'

BORJA CRESPO

Si algo hay que destacar de entrada de un filme como 'Churchill', retrato de una de las figuras más importantes de la política británica y europea, es la interpretación de Brian Cox, caracterizado hasta el más mínimo detalle como el primer ministro de Reino Unido, un hombre de estado cuyas decisiones fueron cruciales en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Un líder en tiempos de guerra, ejemplar para muchos, no tanto para otros, que, como todo ser humano sometido a fuertes presiones a la hora de tomar decisiones, tuvo sus titubeos y contradicciones.

Jonathan Teplitzky, artífice de 'Un largo viaje', dirige una propuesta más convencional de lo esperado que brilla en su apartado interpretativo y se queda en tierra de nadie a nivel narrativo. No se moja demasiado el guión firmado por la historiadora británica Alex von Tunzelmann, aunque hay atisbos de querer reivindicar la importancia de la mujer del mandatario, Clementine Hozier, a quien encarna sabiamente Miranda Richardson.

Supuestamente, el apoyo de su esposa, aportando serenidad, fue vital para que el sufrido político no se bloquease a la hora de señalar el camino a seguir a sus acólitos. El legendario Día D, el famoso desembarco en junio de 1944, y sus movimientos preliminares gozan de especial importancia en un drama al uso que puede resultar tedioso si ya nos sabemos el desarrollo de los acontecimientos, punto de inflexión en el gran conflicto bélico.

Con un parecido físico encomiable, Cox aglutina la energía de 'Churchill'. Además de Richardson, le secundan John Slattery, defendiendo el papel del general Eisenhower, comandante en jefe de las fuerzas aliadas, y Julian Wadham, en la piel del famoso mariscal Montgomery. Con ambos Winston Churchill tuvo sonadas discusiones. No es para menos. Un millón de soldados permanecen a la espera de órdenes en la costa sur inglesa.

Con los errores de la batalla en las playas de Galípoli de la Primera Guerra Mundial planeando sobre su cabeza, el líder británico debe aceptar las posibles consecuencias sangrientas de su decisión, una presión salvaje en términos de notoriedad: si falla será recordado como uno de los terribles culpables de uno de los mayores horrores de la historia de la humanidad.

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