Alfred y Amaia fueron felices y comieron perdices

Alfred y Amaia fueron felices y comieron perdices
Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Es curioso cómo pase el tiempo que pase y estemos en las circunstancias que estemos al final caigamos rendidos siempre ante un final feliz. No podemos evitarlo. El príncipe y la princesa rendidos al amor, la madre separada de su hijo que se reencuentra con él, los hermanos que nunca se entendieron y terminan fundidos en un abrazo. Pese al cinismo, al pesimismo y todos los ismos los 'happy-end' son nuestra debilidad. Y así lo ha demostrado de nuevo el último 'OT' que ha tenido a todos sus seguidores pendientes de la relación entre dos de sus concursantes, Alfred y Amaia, a los que han mantenido juntos hasta la final y a los que van a enviar a Eurovisión a defender una canción pasada de almíbar.

Todos estos seguidores (y los más escépticos) fueron los que anoche se alzaron en pie cuando Alfred (de una manera casi improvisada) le declaró su amor a su compañera y le dijo a ella y a toda la audiencia que llevaba enamorado de ella tres meses. Muchos esperaban hasta que le pidiera que se casara con él (¿no estaba esto pasado de moda?). El resto de participantes aplaudieron entusiasmados, los profesores se hicieron los sorprendidos y el presentador orquestó un final de gala a la altura del momentazo. Descreídos del amor, ahí tenéis la prueba de que todo es posible, de que la pasión mueve montañas, de que los sentimientos son poderosos... Y así Alfred fueron felices, comieron perdices y cantaron 'City of stars'... Un colofón sobresaliente. ¿Estaba dentro del guión? ¿No? Quedémonos con la duda. Y pensemos en positivo, fue un bonito desenlace de una edición de 'OT' que se ha caracterizado por primar el buen rollo a las broncas, el saber al aparentar, la fraternidad frente al enfrentamiento. Y eso es una buena noticia, un aviso a navegantes de que hay muchas formas de hacer tele. Y de que debemos tener presente a una generación joven y preparada dispuesta a salirse del estigma que les han colocado.

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La gala también demostró que los verdaderos protagonistas de la edición han sido los concursantes. Cuanto más improvisaban mejor salía el fin de fiesta. Y cuanto más quedaba en manos de la organización más lento se hacía todo. Volvieron a poner vídeos archirrepetidos y a deshacerse en loas los unos con los otros. Luego llegaban ellos subían al escenario, se dejaban llevar (dándose sustos o cantando canciones que no les correspondían) y aquello recuperaba el ritmo y el sabor auténtico. Moraleja: hay que improvisar más (aunque sea dentro del guión). Dicho esto, OT ha muerto. No estiremos más el chicle. No más revival, no más homenajes, no más especiales.

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