Adiós a dos toreros valencianos

Fallecen Paco Peris, que recorrió todos los estamentos de la Fiesta, y Paco Marín, muy próximo a los Montoliu

J. L. BENLLOCH VALENCIA

El toreo en Valencia está de luto. Estos días de Fallas, entre tanto movimiento y tanta pasión, se han ido en silencio dos de nuestros mayores. Dos toreros, nada menos. Personajes muy queridos ambos. Se podría decir que dos clásicos. No fueron toreros de feria pero sí llevaron el sentimiento de la gente de coleta en el alma hasta el último suspiro de sus vidas. Paco Peris y Paco Marín.

Peris recorrió todos los estamentos de la Fiesta: novillero con cartel en las plazas importantes, empresario de caballos, empresario de plazas, entre ellas de su Valencia, su imagen en el burladero de picadores, pelo plateado, perfectamente maqueado -vestido, en caló-, pedazo de puro, sus bromas a punto...

Y sus recuerdos de Félix Rodríguez: «Xiquet, eixe va ser el millor de la història», me explicaba siempre; y seguía: «El millor en la capa, en les banderilles, en la muleta... i el més guapo». Y si no, te contaba cuando dobló a Manolo Granero chiquillo en aquella película de Cifesa, «Gloria que mata», que biografiaba al matador caído.

Pero donde triunfó a lo grande fue como presidente del Club Taurino y sobre todo del Montepío de Toreros, la última entidad asistencial con la que contaron los toreros antes de incorporarse al régimen de la Seguridad Social, desde donde se ayudaba a los toreros con menos fortuna a echar fuera las convalecencias y los duros inviernos.

A Marín, en los carteles de su tiempo Curro Marín, como a Paco, ayer Valencia y las figuras les guardaron un minuto de respetuoso silencio. Él fue banderillero, anduvo siempre con los chavales que comenzaban y, una vez retirado, fue asesor de las plazas de toros de la provincia, donde se ganó fama de hombre justo y cabal. Lo que era.

Muy próximo a los Montoliu, siempre contaba las aventuras montaraces y serranas con su matador, Tomillo, con el que recorrió las plazas de Cuenca y Albacete. Muy sensibilizado con las cuestiones asistenciales de sus compañeros de profesión, se le veía constantemente ayudando a resolver los trámites administrativos de la seguridad social y demás papeleos en los que se convirtió en un auténtico experto.

A los dos me hubiese gustado sacarles al tercio una tarde de toros y darles una ovación. No ha podido ser. Vaya desde estas líneas mi cariño y el de sus muchos amigos.

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