Las Provincias
Eduardo Mendoza a su llegada ayer a la Universidad de Alcalá de Henares :: Óscar Chamorro /COLPISA
Eduardo Mendoza a su llegada ayer a la Universidad de Alcalá de Henares :: Óscar Chamorro /COLPISA

Quijotesco elogio al poder del humor

  • Eduardo Mendoza lo sitúa «en la esencia de la novela moderna» al recibir el Premio Cervantes

  • Lector «forzado» y tardío del Quijote, el escritor sucumbió «contra mi voluntad» al encanto de la universal novela

Con una reivindicación y un elogio del gran poder transformador del humor cervantino agradeció Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) el premio mayor de las letras hispanas. 'Quijoteó' Mendoza con ironía, sabiduría y agradecimiento al magisterio cervantino en Alcalá de Henares, la cuna del padre de la novela, en el día grande de la literatura española. El último ganador del Premio Cervantes demostró que pertenece por derecho a la estirpe del creador del ingenioso hidalgo de La Mancha cuya peripecia leyó «forzado» en su adolescencia y «encantado» en su madurez. Aún extrae lecciones de la universal novela hoy «que vivimos tiempos confusos e inciertos».

Mendoza recibió ayer de manos del Rey el diploma y la medalla que le acreditan como el ganador número 43 del Cervantes. Fue en la solemne ceremonia celebrada, como cada año, en el centenario Paraninfo de la Universidad de Alcalá y en la que otros galardonados con el premio brillaron por su ausencia. Un acto al que tampoco asistió Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, que delegó en su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría.

En un discurso planteado como «una lección no magistral» plagada de citas a Cervantes y plena de admiración hacia la obra de don Miguel y su irónico humor, este 'gentleman' barcelonés residente en el Reino Unido que es Eduardo Mendoza desgranó su relación con un libro que leyó «por obligación» en su adolescencia y al que vuelve con agrado y provecho. Rompió varias lanzas para reivindicar el poder del humor de estirpe cervantina como un género mayor «que ha dado nombres ilustres a la literatura española». «Quiero pensar que el jurado al premiarme a mí premia al género del humor, que a menudo y de un modo tácito, se considera un género menor», lamentó. «Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia», planteó.

Es hoy Mendoza un «asiduo lector de El Quijote». Tras leerlo a la fuerza en los años «de incienso y plomo», admitió que cayó rendido a su encanto «casi contra mi voluntad» cuando presumía enfrentarse a «una tortura dividida en dos partes». Lo leyó «de cabo a rabo» una década más tarde, cuando era un joven «ignorante, inexperto y pretencioso» que llevaba «el pelo revuelto y lucía un fiero bigote».

Pero no sería hasta la tercera lectura, «de madurez», cuando admiró en su plena dimensión «el humor que preside las novela». Un humor de profundo calado «que camina en paralelo al relato, que reclama la complicidad del lector» y «que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo». «Una vez establecido ese vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma», aseguró. A su juicio es ahí donde radica «la esencia de la novela moderna».

Hoy acude Mendoza a las páginas de la universal novela de Cervantes «como quien visita a un buen amigo, a sabiendas de que siempre pasará un rato agradable». Lo volvió a leer «de un tirón» en los días previos a la ceremonia para constatar «que don Quijote esta realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que se le pase por la cabeza».

«La lectura del Quijote fue un bálsamo y una revelación. De Cervantes aprendí que se podía cualquier cosa. Relatar una acción, plantear una situación, describir un paisaje, transcribir un diálogo, intercalar un discurso o hacer un comentario, sin forzar la prosa, con claridad, sencillez, musicalidad y elegancia», agradeció Mendoza el magisterio de Cervantes. «Salvando todas las distancias -confesó- yo aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos». «Un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie», dijo.

«Contento y muy honrado», llegó Mendoza a Alcalá «disfrazado» con el preceptivo chaqué y derrochando la misma ironía que destila su obra. «A partir de ahora lo llevaré siempre. El vestuario tiene un sentido. Me gusta disfrazarme porque tengo espíritu teatrero», saludó el galardonado. «He venido con la familia para que me critique, y con la 'cla' para que me aplauda y me haga la ola», bromeó. Le acompañaban su primera esposa, Anna Soler, y sus hijos Ferran y Álex.

Enemigo de la vanidad

«Vivimos tiempos confusos e inciertos. No me refiero a la política y la economía donde lo tiempos son siempre inciertos», denunció Mendoza. Se refería a «un cambio radical que afecta al conocimiento, a la cultura, a las relaciones humanas en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo». «Ese cambio está ahí, pero no tiene por qué ser nocivo, ni brusco ni traumático», dijo.

Como creador se declaró Mendoza «enemigo de la vanidad» que es «una forma de llegar a necio dando un rodeo» y de la que el autor de 'La ciudad de los prodigios' o 'La verdad sobre el caso Savolta' cree haberse librado gracias a la literatura. Recogió su premio con «profunda gratitud y alegría» y declarando ser «el que siempre he sido: Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores».

El Rey repasó la trayectoria de «un trabajador del lenguaje» y recordó su labor como intérprete y traductor. Destacó don Felipe el «talento y la excelencia que caracterizan la obra de un verdadero artesano del lenguaje el cual usa como una herramienta de precisión» en alguien que se define a si mismo como «un relojero de las frases».

Agradeció el Rey la «convivencia natural» del catalán y el castellano en la obra de Mendoza y comparó también su humor con el de Cervantes. «Su influencia puede apreciarse claramente en la narrativa de Mendoza, cuyos personajes concitan asimismo sentimientos de hilaridad y compasión», dijo don Felipe.

El ministro de Educación y Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, glosó la vida, la obra y la trayectoria del galardonado y detectó también cómo «la sombra de Miguel de Cervantes está presente en toda su obra». Alabó su capacidad para moverse en diferentes registros y su utilización del humor, «cumbre de toda inteligencia literaria».

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