Las Provincias

Cervantes acoge a su hermano Mendoza

  • El autor, un clásico vivo, gana por mayoría el premio grande de las letras hispanas tomando el testigo del azteca Fernando del Paso

  • El premio valida la raigambre cervantina del cáustico humor del escritor catalán y la gran altura de su genio

Cuatro siglos después de su muerte, Miguel de Cervantes se reencuentra con su hermano Eduardo Mendoza. El gran escritor barcelonés, nítidamente cervantino, un clásico vivo, ligó ayer su nombre al del padre de la novela. Con plena justicia pero sin unanimidad, se hizo con el premio Cervantes, el mayor de las letras hispanas. Lo ganó por mayoría, tras cuatro votaciones y sobre candidatos de tanto fuste como Luis Goytisolo, Fernando Savater, Álvaro Pombo, Antonio Muñoz Molina o Emilio Lledó. «La deliberación y la votación fue muy cordial, pero nada fácil, dado el inmenso número de candidatos. Se ha decidido dar el premio a un novelista puro», explicó el académico y presidente del jurado, Pedro Álvarez de Miranda.

«Soy objeto de un error», dijo «agobiado» desde Londres y con urgencia un irónico Mendoza al saberse ganador de un premio que consagra como un grande de las letras a un caballero que se tiene «por un escritor residual» y cuyo sueño es reencarnarse en Dickens. No en vano, fijó su residencia en la capital inglesa hace unos años, trasmutándose en 'gentleman' y manteniéndose, como ha hecho siempre, al margen del ruido mediático y el veneno de los elogios, el éxito y la popularidad.

Autor de hitos de nuestra novela como 'La verdad sobe el caso Savolta', 'La Ciudad de los Prodigios' o 'El laberinto de las aceitunas', es Mendoza un portentoso cronista de la Barcelona de principios del siglo XX y de la contemporánea. Un genio del humor que ha descrito en sus novelas más cáusticas el cambio de piel de su ciudad, de la era preolímpica a la del pelotazo, el 'disseny' y la corrupción.

Socio número 43 del selecto 'club' Cervantes, el Nobel de las letras hispanas, Mendoza se embolsa sus 125.000 euros de dotación y certifica el lugar de privilegio que ya ocupaba. Con 73 años cumplidos, este elegante, cordial y educadísimo caballero de las letras hispanas tomó el relevo del mexicano Fernando del Paso. Un año más se cumplió la ley no escrita que alterna el galardón entre las dos orillas de nuestro idioma. En su fallo el jurado situó a Eduardo Mendoza «en la estela de la mejor tradición cervantina». «Posee una lengua literaria llena de sutilezas e ironía», decía el acta, «que el gran público y la crítica siempre supieron reconocer». Recordó además la extraordinaria proyección internacional de este narrador de múltiples registros que, como su maestro y hermano Cervantes, ha hecho del humor y la sátira una de sus más poderosas armas narrativas. Admirador también de Baroja, ha dejado dicho Mendoza que «el humor tiene mucho que ver con el lenguaje del desencanto».

Mendoza «renovó el panorama literario español desde su primera novela y reivindicó el placer de la lectura», destacó el ministro Íñigo Méndez de Vigo, encargado de comunicar el fallo. Recordó cómo 'La verdad sobre el caso Savolta' «inauguró una nueva etapa de la narrativa española». Cómo «devolvió al lector el goce por el relato y el interés por la historia que se cuenta», mantenidos a lo largo de «su brillante carrera», en la que ha sumado quince novelas, dos libros de relatos, dos obras de teatro y cuatro ensayos.

Cervantes habría disfrutado de lo lindo con la vena satírica y esperpéntica que Mendoza luce en 'El laberinto de las aceitunas', 'La aventura del tocador de señoras' o 'El asombroso viaje de Pomponio Flato'. Don Miguel habría adoptado como propia a la atrabiliaria criatura sin nombre protagonista de estas novelas. Un Quijote moderno, descacharrante y descabalgado, con el que se carcajearon sucesivas generaciones de agradecidos lectores que no conocerán jamás el nombre del desquiciado y desquiciante detective accidental, carne de manicomio y lumpen, amante de la 'Pepsi' y 'desfacedor' de entuertos como Alonso Quijano. Mendoza lo alumbró para 'El misterio de la cripta embrujada' y lo retomó en las recientes 'El enredo de la bolsa y la vida' y 'El secreto de la modelo extraviada', quinta y última de la saga y que supuso su regreso a los locos años de la Barcelona preolímpica. Es un relato canalla y bufo, a caballo entre el pasado y el presente. Un jocoso viaje de la pela al euro con la corrupción al fondo.

Hijo de un fiscal, Eduardo Mendoza Garriga nació en Barcelona el 11 de enero de 1943. Tras licenciarse en Derecho y ejercer una corta temporada como letrado, fue intérprete para la ONU en Nueva York entre 1973 y 1982. Fue profesor en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Pompeu Fabra mientras se labraba libro a libro su sólida carrera como narrador.

En 1975, con 32 años, irrumpió con 'La verdad sobre el caso Savolta', premiada por la crítica y reconocida como un clásico contemporáneo. Debía titularse 'Los soldados de Cataluña', pero lo impidió la crepuscular censura franquista. Tras esta lúcida y apasionante crónica sobre la Barcelona anarquista y gansteril de principios del siglo XX, cambió de registro. 'El misterio de la cripta embrujada' (1979) y 'El laberinto de las aceitunas' (1982) revelaron el registro corrosivo y escatológico de un gran narrador, autor de novelas tan ambiciosas como 'La ciudad de los prodigios' (1986) sobre la Barcelona entre las exposiciones universales de 1888 y 1929, o 'La isla inaudita' (1989).

En 'Sin noticias de Gurb' (1991) retoma su vena cómica antes de publicar 'El año del diluvio' (1992) y 'Una comedia ligera' (1996), 'La aventura del tocador de señoras' (2001), 'El último trayecto de Horacio Dos' (2002), 'Mauricio o las elecciones primarias' (2006), 'El asombroso viaje de Pomponio Flato' (2008) y el libro de relatos 'Tres vidas de santos' (2009). Cerraba un decenio brillante con 'Riña de gatos' (2010), su visión de la Guerra Civil, esta vez en Madrid y que inscribía el nombre de Eduardo Mendoza en el palmarés del Premio Planeta.