Las Provincias

Libreros de cabecera

Libreros de cabecera
  • Alodia Clemente, Inma Pérez y Juan Pedro Font de Mora reivindican su figura ofreciendo un trato que no se encuentra en otras plataformas

  • Los propietarios de Dadá, Railowsky y La Rossa han creado espacios en los que se establecen relaciones más allá de las ventas

valencia. El contacto entre Helene Hanff y el librero Frank Doel se estableció cuando ella le solicitó por carta unos cuantos volúmenes complicados de hallar y él se esforzó por encontrarlos. A partir de entonces comenzaron a intercambiar confidencias envueltas en letras. Durante veinte años mantuvieron una relación epistolar que alcanzó cotas íntimas. Los libros unen. Porque no es lo mismo despachar tornillos que historias, relatos, imágenes, dibujos... Eso lo saben bien Inma Pérez, Juan Pedro Font de Mora y Alodia Clemente, acostumbrados a manejar artículos elaborados con un material tan sensible como la cultura.

El argumento de '84, Charing Cross Road' describe los vínculos que provocan los libros y aunque a ninguno de ellos les ha sucedido una historia similar a la de la novela sí son conscientes de que no están al frente de establecimientos cualesquiera. Tampoco lo quieren. Desean que quienes entran en Dadá, Railowsky o La Rossa se sientan cómodos, con derecho a preguntar y afán de sorprenderse y que confíen en su criterio e información a la hora de adquirir un bien tan preciado como es el libro. Si normalmente repetimos lugar para comprar comida, si confiamos en los mismos profesionales para reparar averías, si tenemos médico o psicólogo de cabecera, ¿por qué no establecer una relación similar con nuestros libreros?

«Debemos reivindicar esa figura. Igual que tenemos un peluquero, un gestor o un mecánico por qué no hacerlo con quien nos vende libros», reclama Diego Obiol, que por su profesión -es diseñador editorial- comenzó a frecuentar Dadá, el establecimiento vinculado al diseño que nació hace diez años en el MuVIM y desde hace unos meses también se ha instalado en el IVAM.

La visita a la librería trasciende la simple transacción de compra-venta. «Yo vengo para oxigenarme, porque me gusta este espacio, para informarme incluso. Y una vez aquí hablamos, nos contamos nuestras cosas, sabemos cualquier cambio laboral», comenta Obiol, que se define como «parroquiano» de Dadá.

«Me es muy gratificante que dediquen ese tiempo para visitarme. Ese tipo de gestos te hacen plantearte que estás ejerciendo bien tu trabajo», comenta Inma Pérez. «Mucha gente te considera una mera dependienta que sólo te cobra. El hecho de tener ciertos clientes con los que coges confianza te permite avanzar en tu propio negocio», indica.

«La clave está en el respeto a su trabajo», interrumpe Obiol. «Creo que ellos hacen una labor por la cultura que debemos agradecerles». Dadá se ha convertido también en un espacio de encuentro. «He presentado a muchos clientes con intereses comunes y aquí se han iniciado alianzas y redes interesantes», confiesa Inma Pérez. Su librería ha sido escenario de debates, lugar de peregrinación, germen de nuevos proyectos, muro de lamentaciones...

«He llegado a tener sentimiento de culpa cuando tardo en venir, y a sentir dependencia, como un yonqui, si hacía tiempo que no pisaba la librería», asegura Obiol. «Me ha pasado con más gente, clientes que incluso han venido a contarme que se han quedado sin trabajo, disculpándose por comprar menos. Al final esas personas que has conocido detrás del mostrador se convierten en tus amigos y eso es muy bonito. Yo no sería nada sin ellos», reconoce Inma Pérez.

«Después de treinta años te puedo decir que mi mayor tesoro son los clientes y muchos de ellos son mis amigos». Lo confiesa Juan Pedro Font de Mora, propietario de Railowsky, que reconoce que ha creado un establecimiento especial que se nutre mucho de quienes lo frecuentan. «Aquí nos retroalimentamos. Yo a veces recomiendo un libro y en otras ocasiones son los clientes los que me cuentan a mí lo que puedo pedir o no».

Así lo hizo hace poco José Luis Bernabé, que le animó a que colocase en sus estanterías 'Patria', el último título de Fernando Aramburu. Hace veinte años que acudió por primera vez el establecimiento ubicado en la calle Gravador Esteve. Lo llevó su afición al cine, aunque ahora se acerca para pedir ejemplares de casi cualquier temática. Y eso que no le pilla cerca, porque vive en el Cabanyal.

«Me merece la pena, porque aquí conocen mis gustos y mis necesidades. Yo siempre he sido fiel a determinados lugares, a mi panadería, mi quiosco... Influye mucho el trato. Y que una vez estoy aquí más allá de comprar libros hablo con Juan Pedro de cómo vemos la sociedad o de otros temas. Entendemos la vida de manera parecida y eso ayuda», cuenta Bernabé, que se ríe cuando el dueño de Railowsky califica a sus feligreses como «pacientes y generosos». «No soy rápido con los encargos, lo reconozco». «Es un librero atípico y ese es otro valor añadido», matiza José Luis.

Tanto él como Diego reconocen que no usan normalmente Amazon y lo hacen deliberadamente para salvaguardar un negocio que consideran necesario en nuestros días.

«Nosotros lo que queremos es ser útiles. Quiero cambiar situaciones, que descubran cosas gracias a mi trabajo. Para eso es importante que nos digan qué necesitan y quieren y en la medida de lo posible voy a intentar satisfacerles», explica Inma Pérez. «¿Se os podría llamar 'personal booker'?», propone Obiol, que piensa que el buen librero es también un buen gestor cultural.

Para desarrollar esta labor se precisan ciertas características que reúne Alodia Clemente, propietaria de La Rossa. Así lo piensa al menos Laura Parejo. «Tiene un don para acordarse de qué títulos te has llevado ya, qué tipo de libros te gustan y cuáles te pueden interesar. Todas las recomendaciones que me ha hecho ha acertado», afirma.

«Debemos ofrecer un plus para que el cliente venga, porque si no pueden comprar desde sus casas en la página web de la editorial o en otras plataformas. Si no es posible competir en precio has de hacerlo en calidad de servicio», explica Alodia, que lleva dos años al frente de la única librería exclusivamente de literatura femenina que hay en Valencia. «Yo también tengo librero de cabecera, Miguel Fuentes, de Cosecha Roja», reconoce.

«Gracias a Alodia he empezado a leer géneros con los que no me había atrevido como la ciencia ficción», revela Parejo. «Yo también me aprovecho. Conocer sus opiniones me sirve para luego recomendar títulos a otras personas», añade la librera, que suele apuntarse gustos de sus clientes por si sus amigos les quieren comprar un libro. «Yo les digo que hagan aquí sus listas de boda, de cumpleaños...»

«Establecer estas relaciones forma parte de una filosofía de vida», según Font de Mora. «Lo importante no es sólo que te compren», añade. « Me gusta que pasen aunque sólo sea para saludar o darme un abrazo. Eso sí, yo siempre intento que se lleven algo», cuenta Inma Pérez.