Las Provincias

De El Gallo a Morante, inspiración o derrota

Los toreros de arte también tienen sus detractores. Seguramente más entre los profesionales afectados que entre los públicos, que por mucho que se enfaden en las tardes negras cuando los artistas se sienten inspirados, acaban dándole la vuelta a sus opiniones con extrema facilidad y gran alborozo. «El arte es la excusa para no arrimarte», suelen repetir jocosos, también interesadamente, los toreros más laboriosos hartos de la permisibilidad que los públicos tienen con los toreros considerados de arte y que piensan no tienen con ellos. También puede que lo pronuncien muy seguido, elarte dicen, y entonces lo traducen como «una manera muy frecuente de morirte de frío» y en algunos casos se podría llevar más allá el eufemismo y añadir «y también de hambre», porque en esa versión de la Tauromaquia la compensación económica no suele estar, salvo excepciones, a la altura de su categoría torera.

En esa variante del toreo los más representativos fueron El Gallo, el de las espantadas y las supersticiones, tan capaz de negarse a enfrentarse a un toro por cualquier motivo, haber visto un gato negro por ejemplo, como todo seguido cuajar una faena memorable. Madrileño de raíces sevillanas, tenía en Valencia, donde le conocían como el Pollastre, uno de sus principales baluartes, hasta el punto de que en esta ciudad transformaron las tradicionales peñas de partidarios en gallineros, donde se ponía la categoría del Divino Calvo por encima de la de su hermano José, un talento de la lidia considerado como el rey de los toreros.

Cagancho, también gitano, hombre de ojos verdes y de apolínea figura en su juventud, al que Corrochano le dedicó aquella célebre crónica titulada 'La talla de Montañés' en alusión al célebre imaginero, también fue objeto de grandes devociones y algún escarnio como aquella viñeta de Blanco y Negro en la que aparecían dos ratones en un calabozo y uno de ellos comentaba extrañado «Las nueve y Cagancho sin llegar». Más cerca en el tiempo cabe recordar a Curro Romero, capaz de lo mejor y de lo otro, que el San Isidro de 1967 se negó a matar un toro en Madrid y le hicieron pasar la noche en los calabozos de Sol, Dirección General de Seguridad, en una decisión que se convirtió en el gran acontecimiento mediático de su tiempo, al punto que nuestro paisano Julián García Candau, en una acción muy osada que entonces se podía calificar de heroica, se disfrazó de camarero de un establecimiento próximo y con la excusa de llevarle la cena entró en la celda y le pudo entrevistar. Puesto en libertad la mañana siguiente, por la tarde pudo torear en la misma plaza de la que esta vez salió por la Puerta Grande. Rafael de Paula, también gitano y muy artista, no les anduvo a la zaga en los contrastes.

En la misma línea, capaz de mezclar las más increíbles hazañas con inhibiciones clamorosas, está Morante de la Puebla, que a diferencia de los anteriores ejemplos en los que las deficiencias físicas y técnicas les condicionaba mucho, él tenía recursos lidiadores a la altura de los diestros más poderosos que le permitieron mantener en largos periodos de su carrera una regularidad impropia de los de su clase. La última temporada se dejó llevar y las tardes fuleras primaron sobre las gloriosas que en su caso no hicieron otra cosa que aumentar su leyenda.