Las Provincias

El diestro Curro Díaz, en un momento de la faena de la tarde en la Feria de Otoño de Madrid en la que ratificó su gran temporada. ::
El diestro Curro Díaz, en un momento de la faena de la tarde en la Feria de Otoño de Madrid en la que ratificó su gran temporada. :: / APLAUSOS

El arte no tiene reloj

  • Curro Díaz irrumpe en la élite del toreo cuando ya no se le esperaba

Entre los hitos de la temporada 2016 destaca el rescate y exaltación a los altares de la tauromaquia de Curro Díaz, torero de los llamados de arte, de los que aparecen de tanto en tanto y tan necesarios son, al que las exigencias del sistema actual y sus propias irregularidades estaban a punto de engullir en el foso del anonimato de los que pudieron ser y no fueron. Ahora, apenas unos meses después, en lo que va de Ramos al Pilar, se ha convertido en una de las piezas más codiciadas por los empresarios y apoderados, ahora todos son amigos y cómplices del nuevo Curro.

El triunfo le ha llegado, como bromea el propio torero, «en el minuto 93», en los albores de los cuarenta años, veinte de los cuales los ha vivido como matador de alternativa, cuando la cofradía de sus leales languidecía peligrosamente y hasta él mismo, tan convencido siempre de sus cualidades, comenzaba a desesperar. Más de una noche, cuando no había contratos, casi ni siquiera tentaderos y los empresarios miraban hacia otro lado, pensó rendirse. «Tenía decidido abandonar. 'Aquí ya no pinto nada', me decía. Aquellas dudas me duraron poco tiempo, pero las tuve», ha declarado. Todo cambió el Domingo de Ramos en Madrid. Dos buenas faenas, dos orejas a pesar de fallar a espadas y la consiguiente Puerta Grande, se convirtieron en el parteaguas de su carrera. Comenzaron a llegar contratos, encontró una regularidad en el triunfo que no había tenido hasta ahora, le redescubrió la prensa y los fieles volvieron a creer en su arte. El año en que todos apostaban por los veinteañeros, un veterano se convirtió en la gran novedad. El arte, en este caso el toreo, una vez más demostró que no sabe de modas ni de reglas ni siquiera tiene reloj.

Al final ha toreado veintisiete corridas y ha cortado treinta y seis orejas, cifras desconocidas hasta ahora en su carrera. Mató muchas corridas de las consideradas duras sin que ello supusiese hándicap alguno para triunfar, si acaso le añadía méritos y desmontaba el tópico del torero medroso que siempre acompaña a los de su estilo. Entró en ferias como la de Bilbao, donde todavía no había debutado, y cerró la temporada en Madrid, su plaza talismán, con una tarde que pasará a los anales de la épica en la que reafirmó todo lo bueno que se venía diciendo de él.

Aquel día los toros de Puerto de San Lorenzo le cogieron en varias ocasiones y de todas ellas se levantó transfigurado en el papel de los héroes clásicos. Muy entero, alejado de cualquier aprecio a la vida, exhibió una ambición que no se le conocía. Los ponderados aficionados de la sombra y los agrestes moradores del siete, se le entregaron sin distinción de sexo o condición. Nadie puede saber lo que depare el futuro, pero ese día hubo motivos para ello, toreó como los ángeles y peleó como los demonios.

De Linares, tierra de carácter

Como escribí en la revista Aplausos, Curro que es de Linares, tierra que para estas cuitas imprime carácter, ese día resumió todas las cualidades que hicieron famosa a su patria chica, la que tanto nos quitó y tanto nos ha devuelto como ya dijese El Pipo: le afloró la casta de Palomo, la técnica de Fuentes y el arte del Curro rubio, Curro Vázquez al que como a él también bendijo Madrid, todo maridado por un toque de personalidad exclusiva, desmayo y gitanería que le han elevado a los altares del arte.

La ascensión de Curro tiene su secreto y también su casualidad. No es otro que a los misterios del arte le ha añadido el soporte de la ciencia. Ofuscado hasta ahora en que los toros se adaptasen a su idea sin más concesiones, se estrellaba habitualmente contra un imposible. Un buen/mal día una lesión del tendón de Aquiles que a punto estuvo de apartarle de los ruedos, le restó movilidad y le obligó a tener que prolongar los muletazos para poder irse del toro, justo lo necesario para que su toreo no sólo fuese posible sino que adquiriese una dimensión más allá de lo bonito que no había alcanzado nunca. Los espectaculares resultados le despertaron seguidamente una ambición que no se le había visto hasta ahora. El resto ya se lo he contado. Ahora sólo resta que no desista.