Las Provincias

El lector que habita en cada escritor

El lector que habita  en cada escritor
  • Veinte autores abren sus bibliotecas para mostrar sus raíces literarias y personales

  • El periodista Jesús Marchamalo recoge en 'Los reinos de papel' el «privilegio» de adentrarse en un espacio tan íntimo para un novelista

Sus compañeros de Bachiller le llamaban Fedor porque leía con tal fervor a Dostoievski que se las arreglaba para sacarlo a relucir hasta en clase de Biología. Años después, aquel joven que se aburría con la carrera de Económicas descubrió en 'Poemas y canciones' de Bertolt Brecht que la poesía «puede hablar de cosas comunes, de gente corriente» con un lenguaje puro y «sin amaneramiento». Aquel libro fue «una revelación» para Bernardo Atxaga. Le animó a ir a Barcelona a estudiar Filosofía «para leer a los clásicos» y encauzó sus pasos definitivamente hacia la literatura.

Viendo su biblioteca se diría que estaba predestinado a coleccionar palabras, las suyas y las de otros autores, con la avidez que caracteriza a los lectores más curiosos. Ocupa toda la última planta de su casa alavesa de Zalduondo, un edificio del siglo XVII que respira piedra y madera. A Jesús Marchamalo, periodista y escritor, le impresionó el entramado de vigas del techo, los tragaluces, las paredes forradas de libros «como tapices». Con su imagen de «bodega de un viejo bergantín», la de Atxaga es la «más espectacular» de las veinte bibliotecas de escritores que muestra en 'Los reinos de papel' (Siruela/ Fundación Miguel Delibes).

No es la primera vez que tiene el «privilegio» de adentrarse en ese espacio de intimidad, de hecho Antonio Gamoneda ya le ha apodado 'El inspector de bibliotecas'. Asegura que, por imponentes que resulten las estancias, no tarda en surgir la complicidad. El lector que habita dentro del escritor empieza a hablar de libros y acaba narrando episodios que han marcado su vida. ¿Por qué Atxaga tiene en un lugar destacado el retrato de Gabriel Aresti? Cuenta que en aquel Bilbao «yermo» de finales de los sesenta solía acudir a la librería Verdes. Ángel Zelaieta, que era amigo de Aresti, le hizo llegar el primer texto que escribió en euskera y, para su sorpresa, el poeta le remitió una carta en la que le animaba a publicar y a seguir escribiendo. También le dio un «buen consejo» sobre el uso de la lengua. «O es escritor o es purista, no se puede ser las dos cosas».

Si algo prevalece en este recorrido por miles y miles de libros son los clásicos. Cada visita acaba con una recomendación y sólo hay un libro en el que coinciden dos autores: 'La odisea' de Homero, el título más importante para Juan José Armas Marcelo y Ángeles Caso, a quien ya fascinó la historia en una colección de cromos de Nestlé. El bilbaíno Javier Gomá, que a los 17 años dejó estupefactos a unos encuestadores al decir que dedicaba a la lectura 70 horas semanales, se atreve a decir también lo que no le gusta. Se le «cae de las manos» Borges, en cuya obra aprecia «agudezas mentales sin emoción poética». Disfruta de la novela «civilizada, pero con una cortesía inteligente» de Jane Austen, y ahora está recopilando las traducciones de 'El cantar de los cantares' que hizo Fray Luis de León.

Kipling y el abuelo

Muchas de estas estanterías tienen sólidas raíces familiares. Las de Luis Goytisolo se remontan a su tatarabuela, la escritora María de Mendoza. Su librería de madera tallada ha ido pasando de generación en generación, al igual que la vocación literaria que en Luis prendió ya de niño. Con once años llevó dos novelitas, «una del Oeste y otra de Flash Gordon» a la editorial Molino. Le dijeron que esperara hasta los trece.

El niño Lorenzo Silva creció con Joyas Literarias Juveniles -'La isla del tesoro', 'Viaje al centro de la tierra'- que todavía conserva. Pero su libro más valioso es una 'Guía de conversación español-árabe' que su abuelo se llevó con él a la guerra. En su biblioteca hay una zona marroquí «porque Marruecos es parte de mi infancia, de las historias que me contaba mi abuelo. Los niños tenían entonces a Kipling, yo tenía a Kipling y a mi abuelo». El padre de Julio Llamazares era maestro y, aunque asegura que no tiene «vocación bibliófila», colecciona libros antiguos de escuela mezclados con postales y recortes.

El catedrático de Literatura Española José Miguel Caso dejó en herencia a su hija Ángeles el amor a los libros. «Me sabía de memoria toda su biblioteca y he reproducido su forma de ordenarla», cuenta. Siempre de manera «escrupulosa», por secciones y orden alfabético. Félix de Azúa lo hace por año de nacimiento, una manía que le quedó de cuando se cruzaba en el portal con Javier Marías y comentaban sus traducciones. En casa sólo tiene literatura; el ensayo lo donó al Museo del Prado.

Por grandes que sean, ninguna biblioteca parece suficiente. En la última mudanza Rosa Montero donó más de 2.000 libros a una ONG, aunque tiene cuatro o cinco ejemplares de 'Lolita', la novela de Nabokov que le gustaría haber escrito. Es la única que lee con regularidad en ebook «porque es cómodo para viajar». El que mejor ha resuelto el problema de espacio es Vicente Molina Foix, que les ha «puesto un piso» a los libros en el mismo edificio donde vive.

Elvira Lindo se curtió en mudanzas desde su infancia porque su padre era auditor de grandes obras públicas y cambiaba de ciudad casi una vez al año. Se acostumbró a no acumular y a regalar libros, aunque nadie lo diría viendo la biblioteca que comparte con su marido, Antonio Muñoz Molina, y donde duerme, tranquila y con sus juguetes, 'Lola', su perrita yorkshire. El comercial que vendía enciclopedias a domicilio la miró incrédulo cuando en su primer día de trabajo le compró la Británica completa. «Va en serio, nos ha venido fenomenal que vinieras», le dijo.

A su hijo Miguel solía regalarle ejemplares de 'Tintín' con largos mensajes para cuando supiera leer. Las dedicatorias dan para un género literario y Armas Marcelo puede presumir de atesorar firmas ilustres. En la primera edición de 'Cien años de soledad', García Márquez escribió «Para Juan, de viva voz, con todo el afecto, Gabriel». En el «desgobierno» de su biblioteca, presidida por un retrato de Hemingway, también brillan frases de puño y letra de Cabrera Infante («para Juancho, que sabe de puros y del más puro humor») y Vargas Llosa («A Juan Jesús y su rápido abrazo, porque se va en el barco»).

Luis Antonio de Villena, cuyo gabinete de lectura es «desmesurado» por sus dimensiones y sus detalles decorativos, colecciona libros dedicados por Neruda, Josep Pla o Henry Miller, que compra en librerías de viejo, y otros recuerdos más personales como los de Jaime Gil de Biedma, de quien fue muy amigo. El castellonense Manuel Vicent guarda como una joya la edición de 'Ulises' de 1934 con la que posó Marilyn Monroe. A Jesús Marchamalo, aparte de compartir todas estas confidencias, el mejor regalo se lo hizo David Trueba. Su escritor favorito, el checo Bohumil Hrabal, le ha hecho revivir «esa sensación de juventud de descubrir un nuevo autor, de vivir un deslumbramiento». Aunque su propia biblioteca es «un poco desastre», el 'inspector', al igual que los autores que retrata, no deja de alimentarla. «Comprar un libro te arregla el día y, si es bueno, la semana».