Las Provincias

Diseccionando a Paula Bonet

Paula Bonet delante de uno de los muros pintados por ella misma en su casa de Valencia. :: irene marsilla
Paula Bonet delante de uno de los muros pintados por ella misma en su casa de Valencia. :: irene marsilla
  • Más tenebrista y menos preciosista, la ilustradora de Vila-Real reivindica la capacidad de equivocarse y la necesidad de desprenderse de la culpa

  • La artista valenciana se enfrenta a sí misma en 'La sed', un viaje telúrico bajo la influencia de grandes escritoras

Parafraseando a Clarise Lispector, Paula Bonet (Vila-Real, 1980) no se pregunta quién es, sino que ella es entre las páginas de 'La sed' (Lunwerg Editores). Página a página, la artista va perdiendo el pelaje de protección. Se despluma, por dentro y por fuera, como las aves que pueblan la publicación. Con crudeza y con dolor. Muere. Deja atrás otra Paula Bonet, sin traiciones, sin infidelidades. La ilustradora habla de evolución artística y personal. Todo queda reflejado en 'La sed', tanto en los textos, plagados de referencias literarias (Anne Sexton, Victoria Ocampo, María Luisa Bontal, Teresa Wilms Montt, Sylvia Plath y Virginia Woolf, entre otras), como en las ilustraciones (aguafuertes y óleos). «Me atrevo a publicar textos míos porque hay imágenes en los que se apoyan. No soy ni me siento escritora», comenta. Las autoras mencionadas, a las que Bonet se refiere como las 'despertadoras' (término acuñado por Kate Bolick en 'Solterona'), «fueron capaces de ser ellas mismas» luchando contra los clichés, las imposiciones y los prejuicios en una época más complicada para la mujer que la actual. Bonet no oculta su feminismo, al revés, lo hipervisibiliza. «Se nos agrede y no tenemos las herramientas para defendernos», lamenta y enumera experiencias propias, como cuando un medio de comunicación le propuso una sesión fotográfica en biquini con motivo de la promoción de uno de sus libros anteriores.

'La sed', a la que ha dedicado dos años, es el resultado de buscar la libertad y la verdad, a las que llega tras estallar en sus desencuentros, sus desequilibrios, sus delirios, sus miedos y su soledad. Bonet se refiere a a esta serie de asaltos personales como terremotos. Es un viaje telúrico de «toma de conciencia de la realidad». Abandona la zona de confort, se olvida de la culpa y ejecuta una radiografía personal, que también se refleja en la presencia de órganos y huesos del cuerpo que transitan por 'La sed'. «Reivindico el fracaso, la capacidad de equivocarse y la necesidad de soltar lastre», apunta.

'La sed', más tenebrista y menos preciosista que sus trabajos anteriores, también traza una cartografía vital: Vila Real, Santiago de Chile y Barcelona. Tres ciudades que sirven para diseccionar a Paula Bonet. Ella vive desde hace años en la ciudad condal: «Barcelona me alimenta y me da de beber». Santiago de Chile es uno de sus refugios: «Me desdoblo allí. Sé que tengo una familia. El realismo mágico es Santiago de Chile, donde todo se puede venir abajo inmediatamente». Y Vila-Real, dice, «es mi pueblo y mi raíz, donde vive la gente a la que más amo». De su abuelo Alfonso, que falleció hace tres meses sin ver publicado 'La sed', aprendió lo que significa entregarse a un oficio: «Él trabajaba la madera. Me hacía los bastidores cuando estudiaba Bellas Artes. Él me ayudaba a montar las exposiciones. Me enseñó a respetar todo aquello que se hace con las manos», recuerda. Bonet dedica sus manos y todo su cuerpo a la pintura, al dibujo y a la escritura.

Referencias a Bolaño, Truffaut y Camus figuran en 'La sed', que se presentó el pasado jueves en Valencia. 'Qué hacer cuando en la pantalla pone The End' y '813' son las otras publicaciones de Bonet, que volverá a publicar si el proyecto de Aitor Saraiba, «mi hermana», dice, prospera, y otro con la banda The New Raemon. «Mi compromiso con mi obra es el mismo que cuando empecé en Bellas Artes'», señala. Quienes no comulguen con evolución de la artista que recuerden la frase de Anne Sexton: «No sé ser lo que tú preferirías que fuera».