Las Provincias

Cuando el problema es Calatrava

Cuando el problema es Santiago Calatrava
  • La publicación recoge los primeros aciertos del valenciano, sus posteriores polémicas y las controvertidas opiniones de sus colaboradores

  • Un libro describe los sentimientos encontrados, entre la seducción y el repudio, que despierta la obra del autor

El mundo amaba a Calatrava. Lo asegura el periodista Llàtzer Moix y lo atestiguan los cientos de reportajes que alrededor de sus obras se realizaron durante años y años. En ellos se desprendía admiración y respeto por todos los costados. Más tarde el tono de esos reportajes varió. El arquitecto valenciano seguía acaparando espacio en los medios de comunicación pero por razones bien distintas. Por ejemplo, porque sus edificios acumulan demoras durante la fase de construcción y generan cuantiosos sobrecostes. O porque no satisfacen las expectativas creadas y sus promotores se ven forzados a renunciar a algunos de sus rasgos que en su día se anunciaron como definitorios del proyecto. O por el costoso mantenimiento, o porque necesita reparaciones, o porque representan gestiones erráticas...

¿Qué ha hecho Calatrava para suscitar primero tanto encomio y luego tanto oprobio? Eso es lo que se ha preguntado el que fuese subdirector de 'La Vanguardia', columnista y crítico de arquitectura, que examina esta extraña evolución en 'Queríamos un Calatrava', que Anagrama lleva a las librerías el próximo 19 de octubre. La obra contiene decenas de casos y unos cuantos testimonios que no dejarán indiferente a nadie que esté interesado en el tema y, sobre todo, al propio autor valenciano, protagonista de una publicación que no hubiese querido protagonizar.

Moix ha recorrido algunas de las construcciones emblemáticas de este profesional nacido en Benimàmet y ha hablado con clientes que le encargaron esas obras, así como con colaboradores de sus proyectos, promotores y técnicos.

Hay una voz que, sin embargo, se echa en falta en la obra para que resulte completa del todo, la del propio interesado. Calatrava, al parecer, tuvo opción de defenderse, pero declinó hacerlo, según indica el autor del libro. «El arquitecto, me dijeron sus representantes, estaba muy ocupado y poco dispuesto a responder críticas. En consecuencia este es un libro al que podría aplicarse el marchamo de 'no autorizado'», señala Moix en el prólogo.

El caso de Valencia

Valencia, por supuesto, ocupa un lugar importante en estas páginas en dos capítulos con títulos que reflejan con exactitud la relación entre la ciudad y su célebre hijo. El primero habla de cómo comenzó la colaboración con los distintos gobiernos de la Generalitat, primero en manos socialistas y después populares. Se titula 'Sembrar vientos' y, por supuesto, relata cómo se gestó esa concentración de Calatravas que hay reunidos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. El segundo episodio con Valencia como escenario es el penúltimo y lleva por nombre 'Sembrar tempestades'. Bastante descriptivo. En él se recoge una selección de reproches que ha cosechado el arquitecto en su tierra y, por supuesto, se describe la caída del trencadís del Palau de les Arts.

El caso de Valencia es paradigmático, por supuesto. Y refleja muy bien el modo en que ha virado la percepción hacia este profesional en todo el mundo.

Sobrecostes, errores de cálculo, retrasos. Ninguna de estas cuestiones sorprenderá al lector porque han sido bien difundidos en los medios. Plasmadas todas juntas impresionan más, eso sí. Más sorprendentes son, sin embargo, las declaraciones de los que han trabajado con él.

«No le gustaba dar clase y lo dejó en cuanto pudo. El Instituto Federal de Tecnología de Zurich le ha hecho repetidas ofertas para que se sumara a su claustro, pero él siempre ha dicho que carecía de paciencia para enseñar», indica uno de los empleados de su primer estudio. «La jerarquía estaba clara y todo orbitaba alrededor del gran creador, el resto éramos meros subordinados», narra otro. No se dan nombres de estos.

«Recibíamos con alguna frecuencia llamadas de Santiago a horas intempestivas. 'He tenido una gran idea, levantaos y venid inmediatamente al estudio, así empezáis a dibujar y cuando lleguen los otros, a las ocho o las nueve, ya tendremos trabajo adelantado'», recuerda la arquitecta Elena Fernández. «El problema era que esas jornadas que empezaban a las cinco o seis de la mañana podían acabar a las once de la noche. Era agobiante y agotador», confiesa el arquitecto Josep Maria Serra, que también ejerció, brevemente, como becario de Calatrava en Zúrich.

Todos coinciden en describirle como un «trabajador infatigable» y en destacar su capacidad para dedicar horas y horas a sus proyectos. «He aprendido mucho con Santiago, sé mirar y entender la arquitectura gracias a él. Pero debo añadir que sólo vive para su obra. Aunque estuviera lejos de la oficina, siempre estaba presente. No tiene sábados ni domingos. Si fuera por él no haría vacaciones, pero su esposa le obliga a tomarlas», indica la arquitecta Ana García, durante años su estrecha colaboradora. «Santiago es exigente y duro. Yo he pasado épocas en las que no sabía en qué ciudad iba a dormir; a veces aterrizaba en una y el personal de tierra de la compañía aérea me decía que me habían cambiado el billete y que tenía que volar a otra. He aprendido lo que sé de él, pero he sufrido lo indecible», aporta otro colaborador que no se identifica.

Moix cita también a dos personas determinantes en la carrera del arquitecto valenciano. Por un lado, Robertina Marangoni, que se convirtió en gestora principal de las empresas del arquitecto, «que ha dirigido desde el principio con gran sentido comercial, mano de hierro, y a la vuelta de los años, pingües beneficios». Es además su esposa y la madre de sus cuatro hijos.

Por otro lado está Dumeng Raffainer, figura clave en los inicios del valenciano. Era maquetista «y quien daba las hechuras reales, a escala, a las futuras obras del arquitecto». «Fue el único colaborador que Calatrava llegó a valorar como imprescindible -dice una de sus asistentes-, el único al que mencionó en los créditos de algunas obras. Uno de los problemas de Santiago es que nunca ha querido reconocer las aportaciones de las personas de su equipo. Algunas se lo pedimos. Pero no hubo manera. 'Vosotros sois sustituibles', nos replicaba. '¿Por qué voy a mencionaros?'».

Señala la obra que la inclinación artística del creador quizá fue heredada de su madre, que era muy creativa. Desde niño el valenciano dibujaba cuanto veía a su alrededor. Le Corbusier contribuyó años más tarde a su elección por los estudios de arquitectura. Para la concepción de su estilo fue determinante la figura del ingeniero suizo Robert Maillart y su admiración por Gaudí. Su primera obra reconocida fue la estación de Stadelhofen, «que descubre a un arquitecto cultivado, sorprendente y muy prometedor». «Cuando uno visita Stadelhofen lo primero que llama la atención es lo bien que funciona. Me sorprendió la amabilidad de su gesto curvo, definido por el voladizo de hormigón, que cobija a los viajeros y sostiene un paseo superior. Sorprende su carácter de estación abierta y urbana, perfectamente transitable», comenta Moix.

Después llegaron proyectos más problemáticos, mucho más conocidos, como la pasarela Zubi-Zuri de Bilbao, que le provocó un contencioso con el Ayuntamiento de esa ciudad; el puente de Venecia (con una desviación presupuestaria del 300% que también acabó en pleito), o el Palacio de Congresos de Oviedo, por cuyos defectos el Tribunal Supremo le condenó a pagar 2,96 millones de euros. ¿A qué se deben los sobrecostes en sus obras? «Santiago siempre quiere revisar sus proyectos, mantenerlos en continua evolución. A menudo eso comporta modificados y, por tanto, un incremento de la factura», señala la arquitecta Cristina Martínez. «Durante la construcción del Palacio de las Artes paseamos a muchos músicos -cuenta Fernando Olba-. Uno de ellos se detuvo ante el foso de la orquesta, que estaba separado por un muro de hormigón (con funciones estructurales) del patio de butacas, y comentó que le parecía insuficiente para alojar al alto número de profesores que requieren determinadas obras de Wagner. A Calatrava le faltó tiempo para ordenar su derribo».

El ejemplo sirve para que se entiendan algunos descalabros en proyectos posteriores. Pese a esto Calatrava sigue contando con gran consideración en Zúrich o Nueva York. «El propósito de este libro no es derribar a Calatrava de su elevado pedestal», dice el autor. El caso es que muy bien parado no sale.