Las Provincias

Pinazo y Goerlich, creadores valencianos de la modernidad

Pinazo, Goerlich y Pérez Puche, en LAS PROVINCIAS.
Pinazo, Goerlich y Pérez Puche, en LAS PROVINCIAS. / TXEMA RODRÍGUEZ
  • LAS PROVINCIAS se suma al Año Pinazo con una mesa redonda en la que abordará los nexos en común entre el pintor de Godella y el arquitecto de la ciudad

Reunir a un grupo de personas, dejarlas dialogar y que fluya una conversación tamizada por un profundo conocimiento del arte, la arquitectura y la historia y aderezada por el respeto y el cariño infinitos a Valencia resulta menos frecuente de lo que cabe imaginar. Este fue el ambiente que se destiló en el encuentro entre José Ignacio Pinazo y Andrés Goerlich, una cita que se abrirá al público el próximo jueves en Aula LAS PROVINCIAS. Los descendientes del pintor Ignacio Pinazo (1849-1916) y del arquitecto Francisco Javier Goerlich (1886-1972) son los principales valedores del legado cultural de sus ilustres antepasados. La herencia artística y patrimonial de Pinazo, más allá de los múltiples actos previstos con motivo de la conmemoración del centenario de su muerte (18 octubre de 1916), y de Goerlich, de quien se cumplirán 130 años de su nacimiento el próximo 29 de noviembre, está hoy plenamente vigente en la ciudad y al alcance de la ciudadanía.

Pinazo y Goerlich no fueron coetáneos. Sus caminos y los de sus descendientes se juntaron años después. «El hijo de Pinazo, mi abuelo, tuvo relación con Goerlich», cuenta el bisnieto del pintor de Godella. De ahí que el arquitecto conserve la publicación de una conferencia de Goerlich de 1946, dedicada a su abuelo Ignacio Pinazo Martínez y titulada 'Cómo entendemos la reforma de nuestra provincia' en la academia de San Carlos. El sobrino nieto de Goerlich, abogado de profesión y al frente de la fundación homónima, apunta que los fondos artísticos de la familia incluía obra de Pinazo. La colección Goerlich-Miquel Domingo fue donada por los descendientes del prestigioso arquitecto al Museo de Bellas Artes, cuyo director actual es Casar Pinazo. La ocasión se presta para la reivindicación amable y con sentido del humor: «La colección se merece una sala propia», bromea Andrés. «Cuando se monte el discurso del XIX en el nuevo Bellas Artes estará más presente», responde rápido José Ignacio.

Trayectoria

En Aula LP se reivindica la trayectoria de ambos en tanto que abrieron los caminos de la modernidad en la Comunitat cada uno en sus disciplinas y cada uno en su contexto. «Pinazo peleó por cambiar la forma en la que se pintaba en su época. Se enfrentó a esa incomprensión respecto al pequeño formato y a lo inacabado. En su producción artística no da testimonio de cómo es la ciudad sino que pretende a través de sus representaciones explicar cómo funciona la sociedad valenciana desde distintos prismas. Así, en las escenas urbanas no prima la escenografía sino la actuación de la gente porque huye del paisaje inerte. También la huerta resultó fundamental porque en ella, a su juicio, el ser humano estaba menos contaminado y menos sujeto a la presión de la competitividad y del dinero», afirma José Ignacio.

«Pinazo lo dejó escrito: 'Doy el fruto de mi tiempo y no soy oportunista'. Él iba a la suya», remarca uno de sus herederos, quien recuerda los insultos que propinó el pintor en su ingreso en San Carlos a los académicos tildándolos de «mercaderes» y «vendidos».

La aportación de Goerlich, también sucede con Pinazo, no se entiende sin el contexto histórico. Goerlich se encuentra «una Valencia, donde la burguesía demandaba cambios importantes, que va creciendo y creciendo pero que tiene un casco histórico casi medieval. Una ciudad en la que Blasco Ibáñez gana las elecciones de 1905 con un programa regeneracionista que dibuja una trama urbana con grandes avenidas, potabilización, alumbrado público, extensión de la electricidad a las casas...», recuerda el sobrino nieto del arquitecto. A final de los años 20, Goerlich logra la plaza de arquitecto municipal y «apuesta por abrir la ciudad. Sienta las bases de la Valencia que hoy conocemos, con la alineación de calles, como San Vicente, y apertura de María Cristina, avenida del Oeste y Poeta Querol».

«Goerlich se la jugó. Sorteó la presión de los gobernantes y las estrecheces económicas. Quiso hacer una Valencia mejor y para todos», recuerda Andrés, quien admite que su ilustre familiar fue «denostado» durante una etapa. Su obra no siempre fue del gusto reinante: «Fue tremendamente moderno en el sentido de crear edificios modernistas y racionalistas, pero también fue conservacionista».

«Los dos eran enamorados de Valencia. Uno atrapa la ciudad que adora en dibujos y pinturas. El otro tiene la suerte de que le dan las herramientas para hacer la Valencia que le manda el poder, primero la República y luego el Franquismo», interviene Francisco Pérez Puche, cronista de la ciudad.

Los descendientes de ambos maestros echan la vista atrás y observan carencias imperdonables en la Comunitat. En el caso de la arquitectura, el presidente de la Fundación Goerlich no encuentra justificación para explicar la pérdida de la plataforma elevada «que le daba la vida» a la Plaza del Ayuntamiento, «un lugar que hoy no tiene personalidad propia», o el club náutico, «al que se le podría haber dotado de otros usos y hoy alberga contenedores». En este punto, el presidente de la Fundación Goerlich insta a buscar una solución para el Colegio Luis Vives, que desde hace cuatro años permanece cerrado y «ha estado a punto de perderse».

De Pinazo «hay pocas obras perdidas o desaparecidas, en su mayoría religiosas», remarca José Ignacio, quien asegura que como valenciano no entiende cómo 'Últimos momentos del rey don Jaime el Conquistador' no está permanentemente expuesto en un museo de la Comunitat y como director del Bellas Artes no comprende cómo dicho cuadro está en los almacenes del Prado sin exhibirse en la colección».

Fue decisión de ambos permanecer en Valencia y hacer ciudad. Goerlich la amaba, quería vestirla de forma multidisciplinar, se implicó en el terreno social y cultural (impulsó el Conferencia Club, premios de pintura, etcétera), más allá del urbanístico. Diseñó en 1915 un palacio de la ópera en los antiguos terrenos de los juzgados Navarro Reverter y otro de Bellas Artes para que los artistas expusieran aquí y no tuvieran que irse a Italia, recuerda Andrés. «Podían haber dejado la Comunitat y no lo hicieron», según José Ignacio, algo que no se ha valorado suficientemente en ellos.

A vueltas con el legado

Pérez Puche recuerda que «el primer homenaje a Pinazo en Valencia lo realizó el Círculo de Bellas Artes, una institución hoy prácticamente desaparecida». El exdirector de LAS PROVINCIAS reivindica el papel de la sociedad civil a la hora de ponderar y posicionar el legado de ambos ilustres. «Hay poco reconocimiento de los valencianos por el talento de los valencianos. No nos vanagloriamos de nosotros mismos», lamenta el responsable de la Fundación Goerlich.

Andrés Goerlich y José Ignacio Casar Pinazo coinciden sin fisuras: «No nos sentimos maltratados por las instituciones públicas, pero sí un tanto incomprendidos». Asumen que defender la herencia de ambos maestros es «una batalla». La sociedad civil, matiza Andrés, siempre responde bien ante las iniciativas de la fundación Goerlich, pero no se puede cargar toda «la servidumbre en la familia».

El bisnieto del pintor de Godella dice sentirse «incomprendido» cuando aprecia «un reconocimiento exacerbado hacia otro tipo de figuras que no han hecho de su vinculación con la 'terreta' una opción vital, o bien, se detecta un papanatismo hacia las figuras de fuera». El arte y la Valencia de 2016, ¿gustaría a Pinazo y Goerlich? «Si mi bisabuelo entrara en el IVAM separaría la paja del trigo, pero sería de su agrado, sentiría curiosidad por las nuevas disciplinas», imagina José Ignacio. Goerlich, que «sufrió al ver desde el balcón de su casa cómo se destruyó la plataforma elevada de la Plaza del Ayuntamiento» y soportó una sentencia inculpatoria sobre la aluminosis de la Escuela de Magisterio, «sabría encontrar la belleza de la Valencia actual, aunque sea mejorable en muchos aspectos».