Las Provincias

Aramburu y una novela necesaria

  • El escritor plantea la necesidad de una víctima de ETA de volver al pueblo que abandonó para dejar de ser una exiliada de sí misma

Novelar la tragedia que el terrorismo de ETA ha causado en el País Vasco no es una tarea fácil. A la incomodidad social y política que conlleva pronunciarse honestamente sobre esa cruda cuestión se añade el deber de hacer verdadera literatura con ella. Dicho de otro modo, al compromiso ético se suma el estético. Fernando Aramburu ha sabido hallar un equilibrio entre esas dos exigencias. Lo hizo en su novela 'Años lentos' (2012) y en los cuentos de 'Los peces de la amargura' (2006) y de 'El vigilante del fiordo' (2008) así como lo vuelve a hacer ahora en 'Patria', su nueva entrega novelesca, un texto que no rehúye ninguno de los aspectos espinosos que rodean a ese doloroso tema sino que los busca y los encara con absoluta naturalidad y un valiente realismo en el que la compasión humana en ningún momento se convierte en sinónimo de oblicuidad moral, omisión o escapatoria relativista.

'Patria' es una novela que tiene como personaje central a una víctima del terrorismo llamada Bittori, que es la viuda del Txato, un modesto empresario, propietario de un negocio de transporte de camiones, que fue asesinado por ETA por negarse a pagar lo que llamaban el «impuesto revolucionario». Dividida en 125 breves capítulos, el texto, que ronda las 650 páginas, sigue a esa mujer en todos sus pasos desde aquel 20 de octubre de 2011 en el que la banda terrorista anunció el cese definitivo de los atentados. La sigue en su visita al cementerio donostiarra de Polloe en el que se encuentra enterrado su marido, en la revisitación del pasado y en la decisión de volver al pueblo que dejó atrás después de soportar un insufrible ritual de desprecios, indiferencias, silencios ominosos y episodios infames como el del cura que le pidió que celebrara el funeral en San Sebastián con el argumento de que así asistiría más gente.

La Iglesia católica no sale muy bien parada en este libro en el que el párroco del pueblo finge no comprender la decisión de la protagonista de reencontrarse con el escenario donde tuvo su hogar y remover en las circunstancias que confluyeron en el asesinato para que su herida pueda cerrarse y dejar de supurar. En lugar de entender su decisión, trata de disuadirla con razones tan delirantemente ofensivas como que debía «dar una oportunidad a la paz», «esperar a que las aguas se calmen» y renunciar a ese reencuentro con el pasado que sólo serviría para «entorpecer el proceso de reconciliación». Pero por donde sangra más la herida interior de la heroína del libro es en lo que toca a su relación o, mejor dicho, su distanciamiento con Miren, su antigua amiga, una mujer fanatizada cuyo hijo, Joxe Mari, cumple desde hace diecisiete años una condena de cárcel por participar en actividades terroristas nada ajenas al propio asesinato del Txato. Miren decidió identificarse con su hijo y con la ideología de su hijo así como aborrecer a su antigua amiga y no permitir siquiera que la tragedia de ésta la comprometiera.

La novela de Aramburu está llena de escalofriantes aciertos, que aluden a lo más hondo del corazón.