Las Provincias

El indomable Román la arma en Utiel

Román y Arcila salen a hombros en Utiel.
Román y Arcila salen a hombros en Utiel. / CARLOS ALARCÓN
  • El valenciano corta tres orejas y sale en hombros acompañado de Arcila

Román la armó. Tres orejas, una voltereta de las que impresionan, buen toreo y carácter, mucho carácter. Frente al toro y frente así mismo cual estuviese en plaza de las de ringo rango. Ingredientes todos ellos, incluida su anarquía, que hacen pensar que el valenciano puede ser torero de feria. Un tipo indomable este Román. Lo bueno sucedió en su primero, al que expuso, pudo y dominó. Lo logró cuando aplicó la cabeza y el buen sentido lidiador y también cuando se desmelenó en los alardes finales. Sólo su empeño en matar en la suerte de recibir a su primero, justo lo contrario de lo que estaba pidiendo el toro, ya para entonces muy aplomado, le privó de un premio mayor. Nada, en cualquier caso, que le restase un ápice de importancia a lo que le había hecho a ese toro. Alberto Gómez por su parte se mostró fácil y solvente y otro tanto cabe decir del colombiano José Arcila que cortó dos apéndices por dos faenas de aseo, buenas maneras, mucha asepsia y poca emoción. Munera, rejoneador albaceteño que abrió plaza, anduvo vibrante en banderillas y con excesiva demora en la suerte final.

Sucedió en Utiel, capitulo dos de su feria septembrina. Otro baño de costumbrismo. Los cobertores de siempre luciendo sobre las balconadas de la calle del Remedio, el mismo camino desde el Vegano a la Utielana, ese paseo que ayuda a rebajar las ágapes patronales -ya saben que no hay tarde de toros sin una buena comida previa-, los Cuarenta Pavos que no envejecen, la Peña el Redondel enganchada al periodismo, la banda de la Unión atacando el Gato Montés. El equipo médico del doctor Carbonell, que por estas fechas es más utielano que la propia bajada de la Virgen, en el burladero de los galenos cruzaban los dedos para que no hubiese incidencias que atender ni motivos para mostrar su sapiencia. Era Utiel puro con el tiro de rocines que dirige Javi, hijo del legendario Tomás, el mejor mulillero que tuvo esta plaza, el colega Ramírez, siempre alcalde y siempre periodista aunque no ejerza, como anfitrión, la reina de las fiestas, la corte, mi amigo, el delegado Alvir, poniendo orden… tú aquí, tú allá, era Utiel y su liturgia, también sus personajes. Se lo cuento porque el toreo son las cosas de la tierra propia y la cultura de cada cual y mucho se equivocan quienes se quieren limitar a los dogmas canónicos. Ayer estaban todos los que les he contado. Tampoco muchos más, esa fue la decepción de la tarde, que el cartel merecía más audiencia.

Se lidiaron toros de hierros diversos, uno de Quiñón, para rejones, tres de Torrehandilla y dos Torreherberos que viene a ser lo mismo, más un sexto que fue quinto de lidia ordinaria marcado con la omega de los hermanos Lozano. Ninguno ofreció dificultades insalvables como tampoco ninguno fue rematadamente bravo. Todos estuvieron presentados, el de los Lozano con los cinco años cumplidos tuvo armazón de plaza de primera y no incluyo en ese capítulo al de rejones, al que más que un despunte reglamentario le habían aplicado una mutilación infame. Los incidentes de la tarde se limitaron esta vez a un par de sustos, el del piquero del quinto que tras un tumbo, caballo y jinete rodaron por los suelos, comprobamos con terror que su humanidad no podía escapar por la tronera del burladero. Y la cogida de Román que se saldó con un estropicio indumentario y una visita a los doctores que se limitaron a darle ánimos.

Lo más triunfal corrió a cargo de Román como queda dicho. Recibió a su primero toreando a la verónica de rodillas, pero donde de verdad lució fue con la muleta cuando bajó la mano y muy atolonado en la arena, obligó al toro a seguir la muleta con pausa y pulso. Cuando la faena estaba hecha quiso rematar la obra con la espectacularidad del toreo genuflexo. Lo hizo con mucha verdad, como si estuviese de pie, le aguantó parones y miradas y naturalmente la plaza se enervó de emoción. Fue entonces cuando se le ocurrió, vaya ocurrencia, matar recibiendo, misión imposible en toro tan aplomado. Su segunda faena, al toro más deslucido de la tarde, tuvo oficio y corrección y esta vez fue la demora con el descabello lo que le rebajó la cosecha de trofeos.

El colombiano Arcila despejó su anonimato con un toreo muy correcto. El lote de Alberto Gómez no le ayudó a que sus faenas levantasen vuelo y el rejoneador echó a perder con el descabello todo lo que había arriesgado en el tercio de banderillas. Sucedió en Utiel, tierra de acogida y muchos valores.