Comisarios, los cerebros del arte

Los 'curators' Juan Lagardera, Javier Pérez Rojas y Mac Diego (izquierda a derecha)./
Los 'curators' Juan Lagardera, Javier Pérez Rojas y Mac Diego (izquierda a derecha).

Los responsables de las exposiciones abordan el futuro de su profesión sin escatimar críticas

CARMEN VELASCOValencia

Críticos de arte, catedráticos de universidad, poetas, diseñadores, periodistas Cualquiera puede responsabilizarse de una exposición, pero los curators profesionales no son tantos. Ni tan buenos. Ni tan al alcance de los centros culturales. Adentrarse en el comisariado es como pisar tierra de nadie. Sólo una concepción se mantiene inalterable: es un intermediario necesario. A partir de aquí, la tipología se extiende sin límites y surge un sinfín de etiquetas: comisario de gabinete, de tesis, de encargo, de autor, que ejerce de relaciones públicas, simple montador... Pese a las etiquetas, el curator es el cerebro que rige una exposición.

Es difícil "estructurar el acceso al comisariado", apunta Juan Lagardera, gestor cultural y licenciado en Historia por la Autónoma de Barcelona, porque, a diferencia de los países anglosajones, España está lejos de haber impuesto en sus centros "la independencia en la gestión artística". Ésta, apunta, se vincula a patronatos formados por profesionales incuestionables y fuertes políticas de mecenazgo. "Aquí no hay nada de eso", apostilla.

Una corriente de "pensamiento políticamente correcto", continúa, promueve la aplicación de un manual de buenas prácticas en los museos que pretende establecer unos emolumentos fijos para los curators, un planteamiento que rechaza el comisario de Dueñas del arte, que se exhibe actualmente en las Atarazanas. "No todas las exposiciones son iguales. Cada una de ellas entraña diferente grado de dificultad. Algunas muestras exigen dos años de estudio al comisario y otras implican un trabajo de confianza si el artista está vivo. Es una tarea que no se puede tasar", señala Lagardera, quien considera que el curator es "un productor ejecutivo" y nunca debe ser el protagonista de la muestra. El triunfo del comisario "se mide por el éxito de la exposición".

"A nivel económico el comisariado viene cobrando lo mismo desde hace 15 años. Se han bajado las tarifas, salvo en los centros de prestigio", asegura Javier Pérez Rojas, catedrático de Historia del Arte de la Universitat de València y codirector de la cátedra Ignacio Pinazo junto a José Luis Alcaide. Pese al ajuste económico de las instituciones artísticas, "el comisario no es una profesión en riesgo de extinción ni va a desaparecer, pero sí se tiende a racionalizar las exposiciones. Se ha abusado de las muestras y, por extensión, de los curators, es decir, algunas no estaban justificadas, no tenían razón de ser o se han hecho por llenar", sostiene Pérez Rojas, para quien una muestra debería estar al menos tres meses en cartel para compensar el trabajo de estudio previo.

Pérez Rojas, que ha comisariado una treintena de iniciativas, se plantea cada proyecto como "una investigación sobre un autor y un tema o como una reflexión o propuesta para estructurar un capítulo determinado". Es un modo de transmisión del conocimiento y de puesta al día, por ello "da importancia a los catálogos, que son la memoria del trabajo realizado".

"Si no se va a decir o plantear algo nuevo, o dar a conocer materiales inéditos no veo mucho sentido realizar una exposición", mantiene. En esta línea prepara una muestra sobre Antonio Fillol, que se inaugurará en abril en la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Valencia. "Es uno de los artistas más singulares de fin de siglo. Pintaba diferente al resto de valencianos del momento, se sale de los tópicos, resulta más conceptual Es una de las figuras del arte valenciano a recuperar y merece ser rescatado para la historia".

Mac Diego, con una veintena de exposiciones a sus espaldas, marca distancias con Lagardera y Pérez Rojas porque la materia prima del diseñador valenciano no se ciñe a las directrices del arte académico. Tiene claro que la exposición es uno de los modelos más claros de manifestación cultural pero amplia el campo a "la cultura popular o subcultura generada durante los últimos 25 años, es decir, la que no suele entrar en los museos. Todo vale para organizar una muestra, sin exceso de solemnidad pero con reflexión".

Cuando se enfrenta a una muestra, Mac Diego busca huir de lo evidente y encontrar otros caminos para compartir conocimientos sobre las cuestiones que le gustan, como los cómics, la ilustración, los videojuegos, la animación stop-motion Ahora quiere sacar adelante una muestra sobre camisetas como elemento de comunicación. Pretende hacer un recorrido por esta prenda, desde la mítica que lució Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, hasta aquellas que convierten al portador en un emisor de mensajes políticos o anuncio andante, relata el diseñador valenciano.

Mac Diego es tajante: "Un comisario puede hacer que una exposición sea buena o mala. Tiene más responsabilidad que el artista porque de él depende que se recuerde con o sin éxito la muestra. El curator es como el director de orquesta, que ha de hacer que todo suene bien: la aportación del artista, la reflexión o el entretenimiento que transmite la propuesta, la selección de piezas, el montaje...". Pérez Rojas añade que el montaje es siempre "decisivo", de él depende la puesta en escena del trabajo expositivo y también puede ser una creación en sí mismo".

Los montajes a veces guardan alguna sorpresa, como ha sucedido recientemente en el Museu dArt Contemporani de Barcelona (MACBA), donde el director Bartomeu Marí dimitió después de su polémica decisión de cancelar una exposición que exhibía una pieza "ofensiva" para el Rey Juan Carlos I y por la cual el patronato cesó a dos comisarios. "Uno debe saber dónde está y no ha de pasar determinadas fronteras. El show por el show enmascara el propio discurso del arte. La provocación ha de medirse y más en un espacio público", sostiene Lagardera. Mac Diego, que comisarió hARTo de sexo en La Rambleta, apunta que el centro ha de ser siempre conocedor de todas las piezas que se exhiben: "No hay que romper las reglas, sino alcanzar consensos".

Toda exposición es una negociación entre el curator, el artista (si se da el caso), el responsable y el equipo del centro. Es normal que surjan todo tipo de fricciones y controversias. Lagardera es contundente: "Estoy en contra de pagar a los artistas porque estos se benefician directamente de la acción de ser expuestos en un espacio público. Si se paga, se adultera uno de los procesos más democráticos y libres que existe en el mundo del arte que es la irrupción del mercado". El comisario censura a los creadores que viven de una "carrera estructurada sobre instituciones e iniciativas públicas" porque, considera, "es el mercado el que debe aceptar o no a un artista".

La relación del creador con el curator tampoco es fácil. Mac Diego, que se hace cargo de proyectos de artistas a los que admira, no se conforma sólo con conocer la obra sino que busca "una implicación personal y de confianza" con el autor que enriquezca el resultado final. Lagardera habla de "complicidad": "El comisario es el espejo necesario para que el artista vea cómo valorar su propia obra. El curator es la voz del exterior que ayuda al creador a jerarquizar su producción".

Fotos

Vídeos