Las universidades españolas... a septiembre

La universidad española se ve aquejada por viejos males como la burocracia o la falta de inversión. Sólo 15 están entre las 500 mejores del mundo

JAVIER GUILLENEA

La universidad española no tiene nada que ver con el fútbol. Qué más quisiera ella. Tenemos equipos que ocupan los primeros puestos en el ranking mundial del balón, algo que no ocurre ni de lejos con los sufridos templos del saber -o fábricas de parados, según el punto de vista- esparcidos por nuestra geografía. Claro está que el dinero también cuenta. Dos de nuestros equipos lideran las listas de los que tienen mayores presupuestos en todo el planeta. Si fueran universidades, el Real Madrid y el Barcelona vendrían a ser algo así como Harvard y Stanford. Y tendrían unos cuantos premios Nobel entre sus filas. En realidad, los tendrían casi todos.Hay más diferencias. La universidad no dispone de un nutrido ejército de seguidores dispuestos a ovacionar con fervor religioso cada vez que un profesor publica un artículo en una revista de reconocido prestigio. Sobrarían diez dedos para contar a los peatones que circulan con el escudo de la Complutense en su camiseta, por poner un ejemplo. Faltarían manos para contabilizar a los que pasean ataviados con los colores de su equipo del alma.

En este país de desencuentros que nos ha tocado vivir, uno de los elementos que facilitan nuestra cohesión como sociedad es la certeza de que nuestro sistema universitario es un desastre. El acuerdo en esta cuestión está por encima de nacionalidades, autonomías o ideas políticas. Y, por si fuera poco, año tras año alguien viene desde muy lejos a ratificar nuestros más oscuros pensamientos. Concretamente, del lejano oriente.La noticia llegó el 15 de agosto como la confirmación anual de una calamidad esperada. En el llamado ranking de Shanghái, un listado de las 500 mejores universidades de todo el mundo, las españolas retrocedían posiciones y, con el descenso de la Universidad de Barcelona, se quedaban sin ningún representante entre los 200 más prestigiosos. La información causó alarma, pero tampoco demasiada; no suscitó el mismo revuelo que el que se produce cuando se publica el informe PISA, que mide el nivel de conocimientos de los alumnos de Enseñanza Secundaria y que provoca un aluvión de autoflagelaciones entre las autonomías perjudicadas y de palmadas en las espaldas propias entre las beneficiadas.

Cuando se trata de la universidad, parece que se da por hecho que las noticias van a ser malas, como si después de la ESO no hubiera vida y solo quedara decadencia en el sistema educativo.Es una sensación poco reconfortante para quienes están dentro de una institución a la que muchas veces ni siquiera se mira de reojo. «La sociedad funciona en gran medida porque tenemos universidad, pero en eso no reparamos. La Administración no es consciente de ello; yo no sé hasta qué punto los poderes públicos creen realmente en la enseñanza superior y se la toman en serio», se queja el lingüista y exrector de la Universidad del País Vasco Pello Salaburu, que ha estudiado las diferencias entre los sistemas universitarios de Europa y América. «En Estados Unidos la sociedad siente que la universidad forma parte de ella, pero esto no ocurre aquí», dice.Como siempre, el último ranking de Shanghái está encabezado por la Universidad de Harvard, seguida de una larga lista de centros estadounidenses entre los que se intercalan los ingleses de Cambridge, Oxford y la Escuela Universitaria de Londres.

Hay que ir más allá de la plaza número 200 para encontrar a las universidades de Barcelona, Granada y Pompeu Fabra, por este orden. Entre los 300 y 400 mejores hay cuatro centros españoles y otros cuatro entre los cien siguientes.Puede parecer una debacle pero, según Salaburu, no es para tanto. «¿A cuánta gente dan servicio las once primeras en Estados Unidos y a cuánta las once españolas que aparecen en el ranking?», se pregunta. «Deberíamos andar con cuidado a la hora de azotarnos en público. Es malo no estar entre las 200 mejores, pero es positivo si se piensa que en el mundo hay miles de universidades y 500 no son muchas», puntualiza. Para el exrector, la universidad española tiene mucho que mejorar, pero «no funciona mal para nada».Juan Hernández coincide con esta apreciación. «Estamos bien para el esfuerzo que se realiza», asegura. El profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Jaén va más allá y plantea un escenario «muy positivo en todo el sistema universitario público español». «Entre 2002 y 2015 el esfuerzo público en la enseñanza superior ha bajado un 8%, pero desde el punto de vista docente los resultados son muy similares y la investigación se ha desarrollado con bastante más creatividad que hace quince años. Tenemos una capacidad productiva muy cualificada», afirma.

Las consecuencias

El catedrático de la Universidad de Granada Teodoro Luque, autor de varios artículos sobre rankings universitarios, es mucho menos optimista. «En 2011 se produjo un parón en la inversión en investigación cuyas consecuencias se han visto años después. A partir de 2015 -explica- empezó el declive de las universidades españolas, y es de suponer que, mientras no cambien las cosas, este descenso se mantendrá». El ranking de Shanghái mide básicamente la producción científica de las universidades. Es un criterio cuestionable, pero es el mismo para todos, aunque algunos indicadores son más que discutibles. Uno de ellos es el que hace depender hasta el 30% de la nota final del número de alumnos o miembros del cuerpo de profesores de la institución que hayan obtenido un premio Nobel. Este criterio, que no tiene fecha de caducidad, beneficia a la Complutense de Madrid, que puede vivir de rentas gracias a sus laureados docentes Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa, y a sus exalumnos Camilo José Cela y Mario Vargas Llosa.Por especialidades, la Universidad de Granada es la número 33 del mundo en informática, lo que significa que se codea con las mejores. «El motivo es que tenemos en la facultad a tres autores altamente citados», constata Luque. Es aquí donde el fútbol y la universidad se aproximan. «Hay centros académicos de países árabes que fichan a investigadores muy citados para subir puestos en el ranking», apunta el catedrático andaluz.

Laberinto de impresos

Si todo fuera cuestión de dinero, las cosas serían más fáciles. Pero no lo es. La universidad española arrastra desde hace años una serie de lastres que merman su eficacia. Uno de ellos, largamente denunciado por todos los estamentos y nunca solucionado, es la burocracia. Se suele decir que los despachos de nuestras universidades están repletos de seres que dedican gran parte de sus esfuerzos a rellenar impresos y emplean el tiempo que les queda libre para investigar. No es del todo exagerado.«Presentar un plan de estudios es una auténtica tortura y a veces lo echan atrás por razones absurdas», asegura Pello Salaburu. Aunque admite que «esto está cambiando», el exrector de la EHU/UPV sostiene que la burocracia «es un problema enorme que nos hace consumir muchísimas horas». «No hay suficiente personal de apoyo», recalca Salaburu. Son palabras que corrobora Fernando Vallespín.

«En Alemania, cada dos catedráticos tienen una secretaria, mientras que en mi departamento disponemos de una sola para cinco catedráticos más los veinte miembros restantes del grupo. Tenemos que trabajar con un brazo atado a la espalda». Para Vallespín, catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Autónoma de Madrid, la «hiperburocratización» afecta sobre todo a los profesores jóvenes, que se ven condenados a vagar sin ayuda por un mar indescifrable de papeles y a «enviar cientos de correos electrónicos si quieren concurrir a una plaza».

"Muñeca rusa"

Quizá es que hay muchas universidades, que el afán por contar con una facultad en cada portal ha diluido los esfuerzos y no ha hecho más que repartir mediocridad en lugar de excelencia. Teodoro Luque cree que este argumento tantas veces repetido no es cierto. «A finales de los 90 se abrió la última universidad pública en España, y desde entonces se han creado muchas privadas. Si había tantas, ¿por qué se han abierto estas últimas?», lanza.No se trata tanto de cantidad como de contenido. «Hay demasiadas universidades iguales», reconoce Salaburu. «No es un problema de muchas universidades, sino de títulos. En Andalucía tenemos nueve y eso está bien, pero lo que no tiene sentido es que las titulaciones se repliquen de forma mimética en cada una; no es necesario que en ocho universidades se imparta ingeniería mecánica», sostiene Juan Hernández. «Es como una muñeca rusa -añade-, todas se parecen».Todos echan de menos una mayor especialización en los centros docentes. «No se ha sabido aprovechar los elementos diferenciadores en términos geográficos.

La Universidad de Almería, por ejemplo, no cuenta con un centro puntero en agricultura en zonas áridas. Cada universidad tiene que hacer su apuesta para no ser una más y no convertirse en una especie de contenedor de jóvenes, y eso es algo que no se ha hecho», dice Vallespín.Llegados a este punto, quizá alguien se pregunte dónde queda la docencia, que es, por otra parte, una pregunta que se hacen muchos profesores. Ningún ranking mide la calidad de la enseñanza en las universidades, lo que, según Vallespín, «genera desmotivación, especialmente en los jóvenes». «Nadie sabe cómo se dan las clases; sabemos más o menos quiénes son los buenos docentes por las palabras de despedida de los alumnos cuando acaba el curso, pero nada más». Eso ni siquiera Shanghái lo sabe. Es un misterio.

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