Los turistas en las plazas

MIQUEL NADAL

No hay otro espacio igualable al recuerdo de la Plaza Redonda de los domingos de mi infancia. Ese recorrido de la mano de mi padre, entre charlatanes, cambio de cromos, lotes de tebeos y mascotas que nunca me compraron. Debe ser una de las pocas plazas reales de la ciudad. Más allá de la Plaza de la Virgen, no tenemos suerte con las plazas. Da igual que sea la de la Reina, la del Ayuntamiento, Alfonso el Magnánimo, Porta de la Mar, América, Cánovas, España o San Agustín. Salvo las del centro histórico, la del Carmen, la del Árbol, el resto son plazas por exclusión. No son calles o avenidas. Desde el siglo XVI que no sabemos hacer plazas acompasando su creación a la evolución de la ciudad, como con los puentes. Las nuestras son meras confluencias o intersecciones de calles, espacios ganados por la picola, pretextos para conformar una rotonda. En cierto modo somos una ciudad con un defecto sensorial, como esos pacientes del neurólogo Oliver Sacks, con agnosia espacial al ágora, incapaces de percibir la virtud del lugar de encuentro. Puede que no sepamos pensar en espacios colectivos, o quizá tenga que ver con una Hacienda municipal marcada por la penuria. O una metáfora de las dificultades en percibirnos con orgullo. Para hacer buenas plazas, bulevares, hermosas grandes vías y barrios en los que vivir, hacen falta buenos políticos y buenos ciudadanos que no se peleen por cualquier cosa. Las plazas antiguas son inesperadas, fruto de la sorpresa. Las plazas modernas necesitan verse con distancia. Durante décadas no prestamos atención ni a unas ni a otras, ni al pasado ni a la Modernidad. La Alameda, la plaza Sanchis Guarner, todas ellas acaban en horrendas rotondas con esos espantosos parterres de vegetación, que no sirven para expandir ningún pensamiento. Hay que hacer la relectura de las plazas, porque con ello volvemos a pensar una ciudad que tiene tantos atractivos que solo hace falta que los hagamos sensatamente visibles. Alejándonos de la tentación arbitraria del todo o nada. Cuando veo a los turistas por nuestras plazas, me alegro porque es un síntoma de que la ciudad vale la pena. Hace solo unos años, con los primeros móviles con cámara de fotos, veías un grupo de turistas y te entraban tentaciones de inmortalizar la escena, como pensando, con cierto auto odio, sobre el extraño atractivo que encontraban en nosotros. El cartel de la entrada, con las Cámaras Beccari, y la visita en 3 horas, se ha transformado en visita de 48 horas con noche de pernoctación, vuelo low cost, patria del Trolley. No nos quejemos de lo que aquí pasa, idéntico a lo que nosotros hacemos en visita a Budapest, Florencia o Roma. Todos somos ya irremediablemente turistas, hasta los que se manifiestan en contra del turismo, y exhiben esa estúpida pintada de Tourist go home. Pensemos con mesura y equilibrio en atemperar los defectos y engrandecer su impacto positivo. Estamos a tiempo.

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