'TRENET' Y MERENDERO

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

A partir de Benimaclet, la ciudad perdía el perfil y el desvencijado 'trenet' se adentraba en el paisaje de la huerta. Las fotografías de hace solo cincuenta años nos muestran un modo de viajar que nada tenía que envidiar a los que vemos en los exóticos reportajes de Calcuta o El Cairo: una juventud decidida a todo, inconsciente en su deseo loco de llegar cuanto antes al mar, se arracimaba en los pescantes y plataformas, esquivaba los postes y ramajes del camino y lograba que los viajeros del exterior fueran más que los que sudaban en el interior.

Aquellos vagones verdes, construidos de madera, eran pesados y amenazaban ruina. Se desplazaban despacio, muy despacio, tanto por falta de fuerzas como por precaución: en su historia, la línea entre Pont de Fusta y el Grao probablemente sea la que atesora el mayor número de víctimas de todos los ferrocarriles españoles. Porque además de cruzar dos docenas de caminos de huerta, el modesto ferrocarril ha tenido que vérselas con las vías que partían desde la Estación de Aragón, las que ascendían a Barcelona desde la Estación del Norte y las que acarreaban rocas para el puerto desde las canteras del Puig. Desde finales del siglo XIX la gente iba a la playa con la sonrisa y la fiambrera sin saber que se jugaba la vida.

Tras la aromática zona de las Cámaras Beccari, el 'trenet' cortaba la huerta con una recta donde incluso alcanzaba los 30 kilómetros por hora. Sin embargo, la ruta tenía una parada obligatoria en el apeadero de la Carrasca, donde los convoyes se cruzaban. Era el momento de dejar la incómoda posición del pescante y estirar las piernas, de comprar una gaseosa o fumar un cigarrillo. En un tiempo de Valencia donde el Paseo al Mar apenas llegaba hasta Mestalla, pensar que aquel sería en el futuro un punto estratégico del mapa universitario valenciano era un sueño; sin embargo esa línea recta trazada para un tren de juguete es ahora el eje del Bulevar de los Naranjos, un desfiladero entre dos campus universitarios.

A la playa, además del 'trenet', se llegaba a bordo de autobuses y tranvías. Desde finales de mayo, y sobre todo desde San Juan, miles de valencianos se desplazaban hasta el borde del mar para pasar el día bajo los cañizos de una institución tan valenciana como el merendero. Y es que, desde abril, el espectáculo playero estaba garantizado: con palos y sombrajos, la playa se poblaba de una extensa colonia de establecimientos populares que permitían pasar el día por cuatro perras. Tenían nombres pintorescos y rótulos de burda caligrafía; llamaban la atención del cliente con toda clase de banderas de colorines. Como es natural, todos lo desaguaban 'todo' en hondas fosas excavadas en la arena misma. Algunos, los más distinguidos, ofrecían espacios dignos para cambiarse de ropa y hasta servicios de duchas y toallas; pero, por lo general, la gente joven se las apañaba para quitarse el bañador rebozado en arena en cualquier parte y tomar posiciones en una barra que despachaba porrones de vino con gaseosa y botellines de cerveza enfriados en un barreño con hielo a trozos.

A la gran mayoría de valencianos no les hacía falta mucho más para alcanzar la felicidad. A la hora 'del parte', la familia se daba cita en torno a una mesa plegable de madera; e incluso lograba que cada comensal tuviera su silla de anea, ganada en duro concurso con otros usuarios del merendero. La abuela, en ese punto, abriría la fiambrera de la ensaladilla y la cacerola en la que de buena mañana había guisado embutido o conejo con tomate. En los días normales, el merendero suministraba a los comensales 'cacau del collaret', vino y gaseosa; en los días extraordinarios, o en caso de celebraciones, los clientes consumirían una ensalada con mucha cebolla, un generoso plato de clóchinas portuarias e incluso una suculenta paella.

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