«A Siria volveré de vacaciones»

Joseph posa junto a la Estación del Norte
Joseph posa junto a la Estación del Norte / LP

El joven y sus padres pasaron de una vida más que cómoda en Siria a dos habitaciones en el Centro de Acogida de Refugiados de Mislata La familia de Joseph llegó a Valencia con 500 euros y 24.000 kilómetros a cuestas

TEO PEÑARROJA

VALENCIA. Joseph Sahdo, a sus veintiún años, es un hombre alto y fornido. Conoció a Teresa, su novia, en una fiesta. «Lo que más me sorprendió -cuenta con esa sonrisa boba de los enamorados- es que no le importara que fuera sirio. Cuando le digo a la gente que soy de Siria ponen cara rara, dicen que encantado de conocerte y se van». Se conoce al dedillo esta zona de Valencia y habla un español casi perfecto. Llegó el verano de 2013 huyendo de la guerra civil siria, y en septiembre empezará a estudiar Odontología. Quiere quedarse para toda la vida. «¿Dónde iré si no?», se pregunta. «Si regreso a Siria me meterán en la cárcel por desertor. Si alguna vez vuelvo, será de vacaciones».

Es el mayor de tres hermanos. En 2013 tenía 17 años, y al cumplir los 18 sería llamado a filas, a morir en el frente, como buena parte de la juventud siria. Su padre, agrónomo de formación, tenía dos campos, una pastelería, una academia y una joyería. En Camishli, la ciudad donde vivían al norte de Siria, tenían cuatro casas. Pero era un mal momento para tener dinero.

«Siria es como la selva. Un grupo de indeseables puede comprar unas cuantas pistolas y salir a la calle a robar y matar», explica. Una mañana, un coche con cuatro hombres armados secuestró a su tío. Pedían un rescate de 70.000 dólares. La Policía se encogió de hombros y dijo que no podían hacer nada. El padre de Joseph reunió esa suma y pagó el rescate de su cuñado. Después de doce días secuestrado, el tío de Joseph estaba en los huesos. Le daban para comer un trozo de pan cada tres días; le dieron palizas constantes y descargas eléctricas. Cuando volvió del secuestro avisó a su cuñado: «Ahora saben que tienes dinero. Si no te vas, van a venir a por tí o a por tus hijos».

En ese momento la familia de Joseph decidió emigrar a Europa y dejar atrás las casas, los campos, la pastelería, a su familia y sus amigos. Y tan atrás... Un día, cuando ya estaban en España, vibró el móvil. Llegaban fotos de la pastelería. Habían puesto una bomba. Ya no quedaba nada para Joseph y los suyos en Siria.

Era imposible conseguir un visado, así que urdieron un plan. Vendieron uno de sus campos por 75.000 euros, el dinero con el que emprendieron el viaje. De Camishli volaron -con retraso por una bomba en el aeropuerto- hasta Lataquia, en la costa, una zona donde había una paz relativa. Desde allí emprendieron un viaje en automóvil de 1.228 kilómetros hasta Estambul; más o menos la distancia de ir desde Valencia a París. Allí estuvieron tres meses intentando conseguir pasaportes turcos falsos. La mafia del lugar les cobró por cada uno la friolera de 10.000 euros.

Viajaron a Brasil con unas cuantas maletas vacías y la esperanza de parecer unos turcos pudientes de turné. Querían llegar a Alemania, donde tienen familia y las ayudas a los refugiados son más generosas, pero no podían volar directamente desde Turquía: era demasiado sospechoso. De Brasil volaron a Uruguay, no sin pasar un mal trago con un traductor de turco que casi hace que los descubran.

«Todo el viaje lo hicimos con el miedo en el cuerpo», recuerda Joseph. Un miedo fundado de que los descubrieran, cosa que ocurrió al llegar a España, la última escala antes de pisar Alemania. «A ver, vosotros no sois turcos», les dijo la Policía en cuanto pusieron un pie en Madrid. «¿De dónde sois?». «Nosotros insistimos en que éramos turcos, pero no coló», relata Joseph. Después de pasar tres días detenidos en el aeropuerto los llevaron a un hostal donde se les explicaron las condiciones de su acogida, que había de ser en España. Les preguntaron en qué ciudad querían vivir. «Yo dije Valencia», especifica Joseph, «porque Madrid es muy grande y en Barcelona hablan catalán. ¡Entonces ni siquiera sabía que en Valencia se habla valenciano!», dice soltando una risotada.

Casi 24.000 kilómetros después de salir de su casa llegaron a Valencia con sus mochilas y 500 euros en el bolsillo. Los llevaron al Centro de Acogida de Refugiados (CAR) de Mislata, donde vivieron un año y medio con una pensión de 157 euros al mes y la ayuda de un hermano de su padre que vive en EEUU. «Si no, estaríamos en la calle», reconoce Joseph. Hoy han vendido su casa por menos de la mitad de su precio para alquilar un piso. Su padre sigue sin trabajo. Su madre hizo cursillos en el CAR, y ahora trabaja cuidando a una niña. Si le preguntas por el futuro de Siria, Joseph mira detrás de ti y se pregunta: «¿Qué futuro?». El suyo -eso lo tiene claro- está aquí, en Valencia.

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