La secuestrada convenció al agresor para que un médico entrara a asistirle

El maltratador tomó cocaína, irrumpió por una ventana de la casa de Requena y bloqueó con muebles todos los accesos

J. A. MARRAHÍ REQUENA.

La calle Vendimia era ayer un recuerdo, casi desierto, de las horas de angustia y tensión que se vivieron el miércoles. Flores en el suelo y algunos cristales daban muestras de la violencia que desató Alberto P., de 32 años, el hombre que secuestró cuatro horas a su expareja amenazándola con un cuchillo. Según fuentes próximas al caso, fue la víctima, Verónica, la que logró convencer a su agresor de que permitiera la entrada de un médico para prestarle asistencia a él. Estaba ya algo afectado por un bajón físico después de horas sin dormir, el largo tiempo de resistencia a la Guardia Civil y el efecto del consumo de drogas.

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Sin embargo, como publicó ayer LAS PROVINCIAS, el facultativo que entró en la casa no era tal. Se trataba de un teniente de la Guardia Civil de Requena que, junto con un compañero de Policía Judicial de Requena y efectivos de asalto del GRS, lograron reducirle poniendo así un limpio final a cuatro horas de tensión y angustia.

Portal cerrado. En la calle Vendimia de Requena.
Portal cerrado. En la calle Vendimia de Requena.

1. Fuerza el patio.Alberto P. rompe uncristal y abre. 2. Segundo piso.No tiene llaves de la puerta. 3. Por la cocina.Accede al piso porun deslunado. / M.M

Entre el jueves y ayer, los agentes de la Guardia Civil han seguido confeccionando las diligencias del caso, que serán presentadas en los juzgados de Requena. Ya han declarado ante los agentes la víctima, sus familiares próximos, parientes del sospechoso arrestado y otros muchos testigos que presenciaron el secuestro de Verónica.

Según las investigaciones, el sospechoso acababa de salir de un centro de desintoxicación poco antes de Navidad. Y todo apunta a que antes de presentarse en la casa, en la mañana del miércoles, iba bajo los efectos de la cocaína. De acuerdo con las mismas fuentes, no actuaba movido por un impulso repentino, sino que lo tenía todo bien planificado. Y supo manejar los tiempos para que la Guardia Civil y la policía, encargados de proteger a la víctima de malos tratos, no pudieran reaccionar a tiempo.

El hombre partió en coche desde Valencia, a donde residía después de que se le impusiera una orden de alejamiento de la población de Requena. Fue en el trayecto, a mitad camino y ya cerca de la población, cuando se quitó la pulsera de seguimiento que llevaba instalada para proteger a la víctima.

Mecanismo de protección

Estos dispositivos funcionan en conexión con otro en poder de la víctima. Si ambos se acercan a determinada distancia, las fuerzas de seguridad reciben una alarma. Igualmente, la alerta se activa si el portador de la pulsera se deshace de ella. Y esto último fue lo que sucedió, aproximadamente unos 20 minutos antes de que el sospechoso llegara a donde estaba su víctima, en su domicilio de la calle Vendimia de Requena.

Una vez en la finca, el hombre se encontró con el patio cerrado. Sin llaves para entrar y consciente de que su expareja jamás le hubiera abierto si llamaba al timbre, optó por la fuerza. Quebró una lámina de la cristalera del patio, arqueó un brazo y, sin dificultad alguna, abrió la puerta desde el interior.

El secuestrador machista estaba ya a pocos metros de su víctima. Subió al segundo piso y, como tampoco tenía modo de entrar en la vivienda, siguió por el rellano, se coló por una ventana del rellano que da al deslunado y trepó hasta alcanzar la ventana de la cocina. Ayer todavía podía verse el tendedero combado por su peso, pues se trata de una persona robusta.

Así sorprendió a su víctima por sorpresa. Los gritos de Verónica desataron las sospechas de una vecina, que avisó a la policía. Casi al mismo tiempo, se activaba la alarma por el arranque de la pulsera de Alberto. La Guardia Civil y los organismos implicados van a abrir ahora un proceso de evaluación para saber si se podría haber actuado más rápido ante la calculada rotura de la pulsera.

Los momentos iniciales del secuestro fueron los más tensos. Alberto tenía muy claro que quería hacerse fuerte en la casa de su expareja, y por eso formó una especie de barricadas tanto en la puerta principal como en ventanas. Empleó muebles, colchones y hasta la nevera de la casa. Todo para que nadie se interpusiera en su planes.

El colocón de droga avivó su violencia, en especial en las primeras horas. Sin embargo, el agotamiento mental le pasó factura. El interés de Verónica para que recibiera asistencia médica fue la clave. El hombre aceptó que entrara un médico, pero el hombre de la bata blanca era, en realidad, un guardia civil. Y no estaba solo. Al teniente de Requena le acompañaba otro mando de Policía Judicial de Valencia y un nutrido grupo de especialistas en asalto. Gracias a ellos, Verónica puede contarlo.

José Ángel Millán, negociador y capitán de Policía Judicial de la Guardia Civil de Valencia.
José Ángel Millán, negociador y capitán de Policía Judicial de la Guardia Civil de Valencia.

El capitán José Millán «Había una vida en peligro y supimos ver la mejor ocasión»

José Ángel Millán, negociador y capitán de Policía Judicial de la Guardia Civil de Valencia, fue uno de los agentes al frente del amplísimo operativo que hizo posible la liberación de Verónica. En su opinión, el éxito de la intervención se basó en el «buen trabajo de todos los miembros del dispositivo» y en saber esperar a que se presentara el mejor momento para actuar. «Había una vida en peligro, pero creo que supimos ver la mejor ocasión», resume el mando de la Benemérita. Nadie resultó herido.

En una situación cómo la del miércoles surge una pregunta: ¿Qué pretendía exactamente el secuestrador? «Nada en concreto», resume Millán, originario de Cartagena y con ocho años al servicio de la Guardia Civil. «Sencillamente, no respetaba la voluntad de la víctima de terminar con la relación. Se negaba a asumir la realidad».

Al principio, describe el capitán, «estaba muy violento». Fue sobre las 10.30 horas, cuando lanzaba a la calle las pertenencias de la víctima, incluida su telealarma de protección, y otros muchos objetos de la casa: una tableta, ventanales, flores, un jarrón... «No quería dialogar. Entraba en la casa, le gritaba a ella, exhibía el cuchillo, pedía que nos fuéramos...», describe Millán.

Muchos vecinos fueron testigos de esas terribles amenazas y alaridos: «¡Largaos, os voy a matar a todos!». En esta tesitura, la Guardia Civil decidió no intervenir. Eso sí, sus gestiones no cesaban: llamadas a familiares del agresor y personas próximas a él o estudio palmo a palmo de la estructura de la casa.

Supieron así dos detalles esenciales: el primero es que no había armas de fuego. Ni Verónica tenía ni el agresor las había llevado. «Si hubiese tenido una escopeta no hubiéramos entrado como lo hicimos», aclara Millán. La segunda clave es que el hombre estaba bajo los efectos de una droga. Y, presumiblemente, pasado su estado inicial de agresividad sobrevendría un decaimiento. Y así sucedió. «Le ponía nervioso la presencia de guardias y policías, así que optamos por no hablar con él y esperar al bajón de las drogas con el paso del tiempo».

Un contacto telefónico con la víctima, ya pasadas las 13 horas, posibilitó la 'trampa' del médico. Dos agentes entraron en primer lugar: un teniente de Requena, el falso galeno, y un miembro de Policía Judicial. «Cabía la posibilidad de que portara el cuchillo, era un riesgo, pero los guardias que entraron estaban preparados para responder si lo usaba». El agresor no empuñaba el arma y cerró la puerta tras su entrada, pero entonces se produjo la sorpresiva entrada de los GRS. Entre todos, lo redujeron limpiamente. «Fue un momento tenso y conflictivo, pero no presentó resistencia».

«No he podido hacer nada por evitar que entrara», dijo la víctima a los agentes que la salvaron. Pero tanto para Millán como para sus compañeros lo más reconfortante fueron las palabras de gratitud de Verónica y su familia. Ese «gracias por vuestra ayuda» se lo llevan en el corazón bajo el uniforme verde.

Celeste Vergara, vecina.
Celeste Vergara, vecina.
Celeste Vergara, vecina «Insultaba, sacaba el cuchillo... Nos sentimos aterrorizados»

Los vecinos de la calle Vendimia y sus alrededores se reponían ayer tras la larga y tensa mañana del miércoles. «Insultaba, sacaba el cuchillo... Nos sentimos aterrorizados», confesó Mercedes Ochando, de 44 años, directora del centro ocupacional que hay justo enfrente de la casa donde se atrincheró el maltratador. «Lo veía a pocos metros desde la ventana, violento, sin camiseta... En algunos momentos pensé que iba a hacer una locura, porque no estaba en sus cabales y anunciaba que iba a matar a todos», recuerda la testigo. «Temí por la vida de Verónica».

Celeste, otra residente, pensó «que era una bomba y por eso acordonaban la zona». Su madre tenía cita en el médico y llegó tarde «porque los vecinos no podíamos salir de casa ni entrar».

Algunos vecinos aseguran que a Verónica se le veía «preocupada y algo intranquila» por las amenazas y acoso del agresor, en especial tras la irrupción de Alberto en el supermercado donde trabaja. «Es algo muy triste que una mujer como ella tenga que vivir con miedo», lamentó Verónica Poveda, una conocida del barrio requenense.

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