Germán del Valle: «No podía salir de la isla ni decir que estaba vivo»

El ingeniero valenciano llega al aeropuerto de Manises, ayer, entre sus familiares, que enarbolan una bandera norteamericana. / j. signes

El valenciano superviviente del huracán María, que quedó incomunicado en Dominica, relata su odisea hasta que fue evacuado por Marines con un helicóptero

J. A. MARRAHÍ VALENCIA.

Cuando Germán del Valle encaró la puerta 2 de Llegadas del aeropuerto de Manises se encontró con otro huracán. El de una madre emocionada. El de los incesantes estrujones y besos de tíos, primos, amigos... El ondeo de una bandera norteamericana, la de sus salvadores, otra española y la valenciana. Al fin en su tierra. «¿Qué famoso llega», preguntaban curiosos otros viajeros. «No es famoso. Es un superviviente del huracán María», aclaraban los periodistas.

El valenciano llegó cansado tras un largo vuelo desde Martinica con escala en París. Pero también radiante, sonriente y agradecido. Atrás deja unos vientos «brutales e imposibles de explicar» y casi una semana de incertidumbre entre «teléfonos que no funcionaban, carreteras cortadas, falta de electricidad...». Y lo más angustioso: «No encontraba la manera de salir de la isla, ni podía decir a mi familia que estaba vivo».

Poco antes del ciclón, Germán, ingeniero agrónomo de profesión, había estado en España para la boda de su hermana. Pero tuvo que regresar de nuevo a la isla caribeña de las Antillas Menores por sus obligaciones laborales: la construcción de un resort hotelero en la zona de Portsmouth, en el noroeste del país.

Y así fue como tuvo que lidiar con el paso del huracán María, una bestia con vientos de hasta 280 kilómetros por hora que devastó Dominica y Puerto Rico. Su estela, más de 30 muertos. A diferencia de otros muchos habitantes de la república antillana, al ingeniero le salvó su vivienda, una construcción robusta. «Fueron cuatro horas de vientos con una fuerza imposible de describir», asegura. «Con una casa de hormigón armado fuerte no hubo problema. Las dificultades llegaron el día después», confiesa.

Ese día, el lunes 18 de septiembre, Germán acabó completamente incomunicado por los daños en infraestructuras esenciales. Y los suyos, en Valencia, sumidos en «un infierno de incertidumbre» que duró cinco días, llamando una y otra vez a su teléfono sin obtener respuesta. «Necesitábamos saber, al menos, que estaba vivo», resumía su madre Pilar, que ya respira tranquila.

Tras el durísimo zarpazo de María, Germán se vio convertido en habitante de una isla aniquilada. «Cuando me desperté y salí a la calle, de lo que había un día antes ya no quedaba absolutamente nada», describe. «Las carreteras estaban cortadas, las gasolineras no funcionaban, no había electricidad, en coche no te podías mover...»

En semejante tesitura, la única opción para el valenciano fue dejar su casa y caminar. Deambular a pie en busca de auxilio. Primero para agenciarse un teléfono con conexión vía satélite con el que transmitir a los suyos que había sobrevivido al desastre y, en segundo lugar, «lo más duró, conseguir algún contacto para poder salir del país».

Para su objetivo de ser evacuado de la isla, buscó el auxilio de la Ross University School, un centro de enseñanza de Medicina norteamericano con sede en Portsmouth. Fueron varios días de gestiones. Mientras, en plena incomunicación, su familia se desvivía desde Valencia por obtener una ayuda del Gobierno español o la embajada «que no ha llegado», como lamentó una prima suya en el aeropuerto.

Fue Germán quien tuvo que labrarse, paso a paso, la huida del desastre. «A través de un mayor del Ejército de Estados Unidos, contacté con el Departamento de Estado norteamericano». De ese modo, el Tío Sam le tendió la mano con la opción de viajar en un helicóptero de evacuación de los Marines. Al mismo tiempo, logró en la universidad el deseado teléfono satelital y lo usó el viernes: «Soy Germán. Todo bien», rezaba el SMS más tranquilizador que jamás ha recibido su madre. Sólo así los suyos supieron que había sobrevivido.

Ya el domingo por la mañana, el rugir de las aspas trajo esperanza al ingeniero. El helicóptero militar lo llevó de la universidad al aeropuerto de Dominica. Y, de ahí, a la vecina Martinica, al sur. Ese punto de la odisea, cuando al fin dejaba la isla, «fue hasta divertido, de película». «Sabía que iba a lograrlo, que había solución. Era cuestión de días», reflexiona. Su mayor sufrimiento «era por mi familia y su preocupación. No tenía modo de decirles que estaba bien».

Ahora le esperan unos días de descanso junto a los suyos, pero su voluntad de acabar la construcción del hotel en Dominica es más fuerte que el miedo por el huracán. «Ha habido daños, pero hay que terminar el trabajo. En cuanto me reorganice esto un poco, me vuelvo para allá».

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