Los rostros de la huelga

Los rostros de la huelga

«¿Me voy y los dejo solos?», dice Pili en la barra de un bar de polígono lleno; «que nuestras hijas tengan mejor futuro», subraya Jennifer tras secundar la protesta en su empresa | Así ve la calle un día histórico, entre funcionarios y sanitarios que paran y autónomos que no

ARTURO CHECA

Enrique aguarda su turno en la cola de la frutería entre tímido y desconfiado por la presencia de los reporteros. Se parapeta detrás de su carro de la compra, mientras mira a un lado y a otro, y aprieta nervioso el ticket de su turno. Aún le queda para el número 15. «Ahora me dedico a la bolsa...», apunta antes de interrumpir su discurso porque la dependienta del puesto de frutas y verduras se pone a cantar 'la vez'. «El 11, el 12, el 13...». Al ver que aún le queda, completa su chascarrillo: «Ahora me dedico a la bolsa; a la bolsa de Mercadona, la del Consum, la del mercadillo... ¡hay que repartir las tareas de casa!».

Enrique es el hombre de barba cana, cuerpo enjuto y flamante carro que posa en la foto sobre estas líneas. La suya es una imagen afortunadamente normalizada y repetida en la sociedad actual (siempre menos de lo deseable), pero que en un día histórico como ayer se transforma casi en icónica. LAS PROVINCIAS recorre polígonos industriales, mercados, zonas de oficinas de la administración pública, hospitales, tiendas, bancos y empresas privadas para constatar cómo la realidad se reparte entre las muchas mujeres que paran porque hay mucho que reclamar y las que no lo hacen porque hay mucho por trabajar.

«¿Y qué hago? ¿¿Me voy y los dejo aquí abandonaditos??», se queja entre bromas Pilar segundos después de pasar una tostada de aceite y tomate con una mano, cobrar un desayuno a otro cliente y abrir una botella de agua para un tercer comensal. Y mientras la cola espera en el bar de la Mutua del polígono Vara de Quart. «Ha sido un día absolutamente normal, aquí hemos tenido las mismas mujeres almorzando», sentencia Jose, otro camarero, mientras lleva la tostada que le dio Pili. La espera en una mesa su tocaya Pilar. Junto a cuatro compañeras de una empresa de atención telefónica que tampoco pararon ayer. «Fíjate la altura de mes que estamos y aún no hemos cobrado. Y si te siguiera contando... Sólo hacen huelga los que no les quitan el sueldo, los funcionarios y los que pueden», es su reflexión en voz alta. Sus colegas Sonia y Patricia apuran un pitillo en la puerta de la cafetería. «Tengo demasiado trabajo, y lo que no haga hoy, se me acumula mañana», expone la primera y asiente la segunda.

«Hay mucho léxico equivocado, como el de 'mi marido me ayuda'; no, es su labor también»

No lejos del polígono caminan siete chicas sonrientes, con paso orgulloso. No han hecho huelga pero sí secundan las dos horas de paro convocados por los sindicatos. Portazo en su empresa de software. «Se trata de hacernos notar, que se den cuenta cuando no estamos de la falta que hacemos», apunta Laura. «Por nuestros hijas e hijos, por los que vienen detrás, para que su futuro sea mejor», redondea Jennifer. Y las seis reivindicativas empleadas en huelga siguen el camino en su gran día.

«No nos han educado»

Y volvemos al mercado de Castilla, con Enrique aún aguardando el turno en la frutería, mientras su mujer compra en otro puesto. «Desde que estoy jubilado repartimos más las tareas, aunque siempre lo he hecho. He estado 40 años trabajando fuera de casa, y ella en casa. Llegaba y me sentaba en el sofá, hasta que decía, 'ostras, no, ella no ha descansado'. Entonces me ponía a ayudarla». Y enfatiza una clave, la tan necesaria educación y concienciación, la mayor arma contra el machismo: «Nuestra generación ni ha sido educada ni preparada para la equidad ni las tareas domésticas». A unos metros, Alejandro trocea un pollo, sólo tras el mostrador de la carnicería 'Merche's'. «La jefa no ha venido... Pero porque está mala, y aún está diciendo que igual se presenta», resume. En el mercado queda patente que la huelga entre las autónomas es aún hoy casi ciencia ficción. A Alejandro lo observa desde un puesto cercano Julia, su madre. Educar importa, sí, pero cada persona es un mundo. Su caso lo atestigua: «Tengo dos hijas que son tan machistas que les hacen todo a sus maridos; y dos hijos que le hacen la comida y hasta las rayas del suelo a sus esposas».

Consuelo Chambó, la fotógrafa que firma las instantáneas de esta página, es un vivo ejemplo de la vital importancia de la educación en la lucha por la igualdad. La mayor de cinco hermanos, las miradas en las tareas domésticas en casa se dirigían siempre hacia ella. «Eso me hizo muy reivindicativa». Lo plasmo en su hijo. «Desde pequeño le enseñé a hacer la cama, ocuparse de su ropa... Hoy está independizado y me dice 'qué razón tenías mamá, y qué inútil es mucha gente para estas cosas», recuerda la fotógrafa.

Uno de los epicentros de la huelga son los centros sanitarios. Los funcionarios públicos se echan a la calle luciendo batas blancas y lemas violetas. Como Carmen Pedro, que a las puertas del Hospital General no le caben más banderas en la mano y lleva el pecho forrado con carteles «contra la violencia machista». Enfermera senior, sus 44 años en la profesión le dan una perspectiva más que amplia para discernir cómo han mejorado las condiciones de la mujer. «Lo que me extraña es que las jóvenes no se muevan más, porque yo como aquel que dice estoy al borde del final de mi carrera con 61 años». En la sanidad y en el sector público, las brechas salariales no existen al estar todo reglado por los baremos legales. Pero sí hay aún precipicios de desigualdad. «Los permisos de maternidad y cuidado de niños los pedimos nosotros, las reducciones de jornadas también, y todo eso es luego baja de la cotización».

A unos metros, entre decenas de sanitarios secundando el paro a las puertas del hospital, a Carmen la observa su jefe, Tomás Aparicio, el director de Enfermería. Le abraza Carmen, una compañera. «Hay mucho camino por recorrer en la igualdad. La brecha salarial, que ocupen puestos directivos, o léxico equivocado o confuso, como lo de 'mi marido me ayuda'; no, es parte de su labor», destaca Tomás. Casi a tiro de piedra, la Ciudad Administrativa 9 de Octubre es otro bastión de la huelga. Un centenar de trabajadores públicos claman por los derechos femeninos a los pies de la 'Torre 1'. Ana Bernabéu, funcionaria desde hace más de 30 años, subraya la importancia del 'día de la dona' de este año, «en el que todo se ha magnificado mucho, sobre todo a raíz de las quejas de las artistas y los casos de Hollywood», subraya en referencia a los muchos casos de acoso sexual destapados y el movimiento 'me too'.

Ana sabe que el sector público es un 'oasis' de desigualdades al estar bastante reglado, aunque falten mujeres en puestos directivos. Ella gira su vista más a las futuras generaciones, «a las jóvenes que tienen más difícil trabajar, embarazadas que van a la calle o con más carga de trabajo entre el empleo y la casa». En la cercana avenida del Cid, tras los mostradores de atención de dos sucursales de La Caixa y Bankia hay mujeres. Ni rastro de huelga ni de valoración de los directores. «No podemos hablar», se justifica uno de ellos. En la otra acera, una farmacia, también con una dependienta tras el mostrador. «Hemos venido todas a trabajar». Y no mucho más allá, el centro del jubilado de Nou Moles. Atestado de hombres, cuesta encontrar a las mujeres. Aunque destaca una mesa con una decena de jubiladas. «Hoy han venido más que otras veces, a almorzar, y han coreado cosas a favor de la igualdad», explica Toni Gómez tras la barra del bar. «A comer ya me han dicho que no venían, que iban a la manifestación en el centro». La igualdad no entiende de generaciones.

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