«Los ríos llevan sus aguas al mar, sin que nadie piense en aprovecharlas»

Caudal. Vista parcial de la desembocadura del río Ebro. / Jaume Sellart/EFE

HACE

150

AÑOS

Teodoro Llorente Olivares no firmó la crónica que publicó el periódico que dirigía el 12 de agosto de 1867, pero es evidente que era suya, puesto que narra, con su estilo inconfundible, una parte de sus vivencias en la Exposición Universal de París de aquel año, en la que repartió críticas al respetable público que visitaba las vastas instalaciones del Campo de Marte, porque la mayoría de la gente pasaba de largo de las cosas de verdadero interés, como las relacionadas con los grandes avances en agricultura e industria, y también a los empresarios y agricultores españoles, por su escasa iniciativa a la hora de modernizarse.

Don Teodoro fue testigo de una gran demostración de modernas máquinas 'guadañadoras', las primeras segadoras, y valoró el distinto grado de rapidez y eficacia en el trabajo realizado. Destacó entre las diversas marcas la mayor perfección de las estadounidenses Wood, Perry y Mc Cormick.

También reconoció, con amargura, que aquellos artilugios quedaban muy lejos de los campos españoles, «donde apenas hay prados ni riegos; los ríos llevan tranquilamente al mar el tesoro de sus aguas después de atravesar calurosas regiones sin que nadie piense en aprovecharlas». Y a pesar de lo mucho corregido, siglo y medio después sus palabras siguen teniendo bastante vigencia.

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