Isabel y Javier, desempleada y jubilado

«Tengo un piso en primera línea de playa pero aquí estoy mejor»

Javier e Isabel, junto a la casa que han ido construyendo poco a poco./ txema rodríguez
Javier e Isabel, junto a la casa que han ido construyendo poco a poco. / txema rodríguez

A él su etapa como mecánico naval le dejó secuelas y una discapacidad. A ella la despidieron. Coinciden en que prefieren vivir en el pueblo con mucho menos de lo que ganaban en Benicarló

La fachada de su casa da al sol de mediodía, y se agradece. Isabel Orero descarga leña de un pequeño remolque. «Yo es que tengo una discapacidad, por eso es mi mujer quien hace el trabajo duro», se disculpa Javier Queralt. Sabe que en los pueblos si hay algo que no está bien visto es la pereza, no tener ganas de doblar el lomo. Este matrimonio pertenece a aquellos vecinos que no son nacidos en el pueblo, que no tienen raíces allí, y que siempre serán forasteros, por muchos años que lleven instalados. Él está prejubilado. «He sido mecánico naval, y trabajé toda mi vida en Benicarló». Parece que huyera del mar al venirse tan adentro. «Si tengo un piso en primera línea, me encanta, pero lo que no me gusta es la playa -dice-. Aquí estoy mejor».

Isabel lleva una semana empadronada en Castell de Cabres. Ahora es la única mujer que reside permanentemente. «Me echaron, era administrativa en una empresa familiar. Pero a mi edad, ¿quién me va a contratar? La alcaldesa me dijo que si estaba aquí censada podría tener trabajo. Y si es de peón, de peón. Algo de dinero tengo que ganar, pues se me ha acabado el paro, y no me importa hacer lo que sea. A veces cojo la escoba y barro la calle, al menos sentirte útil».

Compraron hace veinte años esa casa, y la construyeron poco a poco. Las lámparas son unas ramas, el bombo de una lavadora parte de una estufa, los sobrantes de una carpintería ya cerrada han ido componiendo la cocina, el suelo. Incluso el casco de un barco está aprovechado. Y el taller es como el paraíso. De ahí ha salido la alacena que les construyó recreando la que salía en la película de Blancanieves o el tobogán de la habitación de sus hijas. «Aquí en invierno no se puede salir, algo tenían que hacer las niñas». Ahora ya son mayores, una trabajando en Almería, otra estudiando en Benicarló. «Llega un momento en el que ya no quieren venir, pero de pequeñas han disfrutado mucho, porque esto es la libertad». Su hermana compró la casa de al lado, y ya están deseando que llegue el fin de semana. «Tiene un hijo de cinco años y me gustaría que vieras cómo baja las escaleras con la bici. Hace cosas que ningún niño en la ciudad puede hacer, pero sobre todo porque aquí tiene la oportunidad de hacerlo».

«Os enseño lo último que he hecho, es una barbacoa». El patio también está lleno de cachivaches con usos inimaginables. Allí se nota un fuerte olor a hierba. «Me viene muy bien para mi espalda», parece disculparse, mientras asoma una media sonrisa.

Isabel fue más reticente a instalarse en Castell de Cabres. Su marido ya había decidido que aquel era su lugar. «Pero yo no me lo imaginaba nunca. Nadie pensaba que María Isabel iba a querer venir. Cobramos una sexta parte y somos más felices, y cuando voy a Benicarló al rato ya deseo volver», asegura. Una de las paredes está decorada con cartas de navegación, como si fuera papel pintado. «Es para recordar de dónde vengo, que yo he sido patrón», dice. «Son las Bahamas, ahí tenemos nosotros el dinero, pero a nosotros no nos pillan», bromea. Un humor sarcástico que permite sobrellevar las injusticias. «Mi médico dice que he trabajado demasiado. 38 años cotizados. No llego a los sesenta y tengo una espalda de un viejo de ochenta. Nos merecemos algo mejor, ¿no? Porque a nosotros esto nos gusta pero está dejado de la mano de Dios».

Preguntamos por soluciones. «Un geriátrico. En los pueblos los mayores es donde mejor están, si les damos servicios. Los jóvenes no tienen mucho futuro». Cuenta que su hija es interiorista. A los quince días de llegar ya tenía empleo, y de lo suyo. «Ha tenido mucha suerte». La pequeña estuvo interna en Morella durante la educación Secundaria, en el Bachiller iba y venía, y eso que es gratuito al estar censada aquí».

El invierno es duro, pero eso no les quita para ir al bar a beberse dos cervezas a mediodía. «Por las mañanas doy una vuelta con los perros, me gusta notar el aire frío. Con José Ramón compartimos recetas, y si preparamos una fideuà, o una paella, les guardamos un plato a él y a su hermano Angelín».

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