Pedagogía y proselitismo

José Antonio Marina y Josep Bou han señalado serias deficiencias educativas de las que derivan problemas actuales mientras el Estado miró a otro lado

VICENTE LLADRÓ

Ves un anuncio publicitario que parece buscar lo contrario de lo que debe pretender quien lo paga, que será vender más, y te preguntas: ¿pero esto es así, y funciona?, y alguien te explica que sí, que esas estridencias que chirrían, estas tendencias de banalización, son las que estimulan a comprar, que por eso proliferan, y te resignas, qué remedio, pues vale, será que estrellar un piano contra el techo de un coche nuevo es el colmo de la sensibilidad, por ejemplo, y te entran unas ganas locas de preferir la marca de ese vehículo que ha quedado esclafado.

Pero en estas acude a socorrernos el sociólogo José Antonio Marina, que nos habla de pedagogía, de la falta que está haciendo en la sociedad española. Acaba de sacar el libro 'El bosque pedagógico y como salir de él', en el que arremete contra las 'innovaciones' pedagógicas y las prácticas de adoctrinamiento en la escuela. Naturalmente liga esto con el 'procés' independentista catalán, y de una entrevista en 'El Mundo' podemos quedarnos para el cuadro de honor al menos con dos de sus frases destacadas: «O la pedagogía se pone las pilas o no está en condiciones de asumir las responsabilidades de una sociedad del aprendizaje, y entonces las asumirán las grandes compañías que están pugnando por hacerse con el negocio educativo». Y ésta: «El Estado no ha aprovechado los recursos que tenía para cohesionar la educación, y ha mirado para otro lado cuando le interesaba no enemistarse con partidos nacionalistas porque después les iba a pedir ayuda».

Desde otra tribuna, en este caso empresarial, se ha coincidido también en hablar de pedagogía días atrás. Josep Bou, presidente de la organización 'Empresarios de Cataluña', ha encabezado una delegación de la misma que ha acudido al Parlamento Europeo para ofrecer a sus señorías otra visión de la realidad que se vive-sufre en tierras catalanas y tratar de contrarrestar así «el lenguaje que el populismo nacionalista ha impuesto en Europa».

Bou ha reconocido que «estuvimos demasiado tiempo siletes y lo pagamos con creces». Con doscientos alcaldes -y sus varas- fuera de la Eurocámara, los empresarios catalanes tuvieron que esforzarse para explicar a los eurodiputados que ellos mismos son catalanes y no están por la labor de lo que otros pretenden imponer con malas artes; que no se trata de un conflicto España-Cataluña, que nada de represión ni falta de democracia, sino bien al contrario...

Los empresarios catalanes intentaron desmontar en Bruselas «el discurso victimista del secesionismo» y advertir de «la terrible sangría económica que provoca», para concluir que «tenemos que hacer mucha pedagogía y proselitismo, como hace el independentismo». Lo que deja un regusto amargo, porque, entonces, ¿a qué se vienen dedicando los organismos del Estado?, y ¿hace falta tener que explicar algo tan básico a eurodiputados que deberían conocer mejor, sin dejarse engañar, para justificar sus muy nutridos sueldos?

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