La buena gente

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Entre la moralla brotan las palabras limpias de Patricia, la madre del pequeño Gabriel, cuando pide seguir confiando en la buena gente. Sorprende semejante cordura precisamente en la persona que podría exigir a pleno pulmón la ley del ojo por ojo y del diente por diente, de ahí que admiremos a esta mujer que sufre una pérdida irreparable rodeada por una nube de moscardones que buscan su ración de fama esgrimiendo el micrófono de los santísimos índices de audiencia. España, salvo cuatro carroñeros, es un país de buena gente. Desde luego la buena gente que todos conocemos no conviene confundirla con ese nebuloso concepto de «gente» fertilizado por la izquierda radical que se otorga el poder de hablar en el nombre del prójimo porque la naturaleza les concedió esa extraña gracia. Los que hemos atravesado este país así a la aventura hemos comprobado que, ante un peligro, un pequeño accidente, un breve desastre o cualquier traspiés, la buena gente ayuda siempre o bien arrastrándote hasta la gasolinera más próxima, o bien prestándote habitación y lecho, o bien suministrándote botellas de agua y bocatas sin cobrarte nada. Somos buena gente porque practicamos solidaridad de cercanía, porque nos apiadamos ante la desgracia ajena y porque entendemos los marrones del otro. España fue durante demasiadas épocas una tierra devastada por las violencias y eso, además de curtir, fortalece lazos fraternales. En el prólogo de su formidable libro 'Tres días de julio', Luís Moreno cuenta que nos encanta recordar las escabechinas de la guerra civil, pero sin embargo obviamos los actos heroicos de genuino perdón en uno y otro bando, y esos arrebatos nobles superaron ampliamente las traiciones sangrientas de los matarifes. Sí, tiene razón Patricia, necesitamos seguir creyendo en la buena gente. Es lo que abunda.

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