La zapatilla

Arsénico por diversión

Violencia es una patada pero también un insulto, una ofensa gratuita y consciente o el incumplimiento de las normas

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Juan y Pedro son dos niños que juegan en el salón. Juan quiere que Pedro salte pero Pedro no tiene ganas de broncas. Juan insiste, le coge del brazo, le tira del pelo, le provoca una y otra vez. Y su madre que los oye y sabe lo que pasa dice eso de «como vaya yo con la zapatilla...». Juan sigue, ignorando la advertencia materna. Total, siempre lo dice y nunca viene. Y Juan dale que te pego, chinchando a Pedro. La madre, que entra y sale tendiendo la ropa, va asomándose y repite cada vez: «al final, vas a cobrar». Y, en efecto, después de un buen rato, Pedro, harto de tonterías, se queja: «mamá, Juan no me deja vivir». Entonces llega la zapatilla y Juan termina llorando y sin poder sentarse durante un rato. ¡Violencia!, gritan los populistas. ¡Qué vergüenza de madre que resuelve el conflicto por la fuerza!

Que los antidisturbios iban a Barcelona a cortar por lo sano allá donde pudieran lo sabíamos. Que iban a tener que actuar por la fuerza, también. Que los Mossos iban a mirar a otro lado y soltar la lagrimita con los claveles y besos de sus conciudadanos, era un dejà vu. Y que, al final, el malo iba a ser el de la zapatilla era más que conocido. Aquí y en Corea del Norte.

Violencia es una patada pero también un insulto, una ofensa gratuita y consciente o el incumplimiento de las normas. En Cataluña se ha violentado el orden constitucional mucho antes de que las botas de los antidisturbios hayan golpeado una puerta o su porra haya dañado una espalda. Los del derecho a decidir no han respetado ni su propio Estatut ni la dignidad que merecen los catalanes que no votan nacionalista y estaban representados por los diputados que se ausentaron del Parlament. Se les ha advertido reiteradamente, pero han actuado como los niños provocadores que aún se ríen cuando el padre le dice que ni hablar de volver a meterse en el agua a riesgo de cobrar. Se sueltan, van corriendo a la orilla y se ponen perdidos de arriba abajo. Entonces llega el azote y el lloro. ¡Maldito Estado opresor!

Y nos quedaremos con eso porque, como decían los de Omnium Cultural hace unos días, el referéndum ya está ganado. Desde mucho antes de que comenzara octubre. No necesitan ni censo universal e intergaláctico; ni observadores miopes que, al parecer, solo han visto porras; ni urnas mágicas, llenas antes de meter una sola papeleta. La pregunta es qué podía haberse hecho antes de llegar a este punto, no con Puigdemont que solo buscaba el choque de trenes sino con los grupos y sectores de la sociedad catalana menos sectarios. En eso conviene trabajar a partir de ahora, pero hacerlo en plena fiebre, con unos y otros alterados, no parece lo más conveniente. Si mérito de Puigdemont es haber roto los complejos de muchos españoles respecto a lucir su bandera que no veía tanto desde el Mundial de Sudáfrica, el riesgo está en el renacer del extremismo en defensa de España. Eso también hay que vigilarlo.

Fotos

Vídeos