Y XIMO MANDÓ PARAR

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Algo está pasando. En el sentido de que algo puede andarse tramando. Cualquiera diría que vamos de cabeza a elecciones autonómicas. El domingo lo contamos; distintos referentes con un peso importantísimo en el PSPV y Compromís presionan en este sentido y advierten una clara ventaja para el bipartito en adelantar los comicios a este mismo año, aislándolos del resto de convocatorias para votar en clave estrictamente valenciana. Si uno piensa en la cautela natural de Ximo Puig resulta difícil de aceptar, porque supone asumir una apuesta bien arriesgada y en primera persona. Tiene pros y contras; unas páginas más adelante lo desmenuza Ferriol, pero esa jugada quizá pueda explicar el indudable giro que ha dado Puig como jefe del Consell en los últimos seis meses, con la complicidad de Mónica Oltra. Quizá resulte exagerado hablar de volantazo, pero como poco se está dejando la suela de los zapatos en frenar la velocidad de sus políticas más contestadas. No estamos ante un cambio de dirección, bien, pero sí ante la voluntad evidente de detener el paso, parar en seco, no ir a mayores con los conflictos abiertos. El plan es claro; acuartelar a los suyos, no molestar, aun a riesgo de no hacer, de quedarse en el inmovilismo y la parálisis. Haya elecciones en nueve meses o cuando tocan, en catorce, tienen mucho más que ganar a la defensiva e hibernando a los díscolos que dejándolos sueltos el tiempo que resta hasta las urnas.

Ilustración: Sr. García

Repasemos. En octubre, nada más volver del intermedio veraniego, el Consell rectificó radicalmente y de un día para otro su política educativa, cinco minutos antes de que los tribunales la tumbaran ante el atropello que suponía para los derechos fundamentales de los castellanohablantes. Era una batalla perdida y disimularon como si se tratara de un cambio menor, pero la nueva ley nada tenía que ver con la que suplantaba.

Bien es verdad que el independentista Marzà pensará lo de Romanones, ustedes hagan la ley que yo me encargaré del reglamento», pero ya procurarán no excederse demasiado en lo que queda de legislatura.

Quizá resulte exagerado hablar de volantazo, pero el Consell se está dejando las suelas en frenar sus políticas más contestadas

Marzà no se ha rendido, pero al menos está condenado a suspender el combate de momento. Por esas mismas fechas, la consellera de Sanidad sufrió una desautorización descomunal de la que no se ha repuesto ni ha podido volver a salir a escena; desapareció con toda su bravura.

Puig la relegó y cogió personalmente la negociación con el IVO para abortar la crisis reputacional que se le venía encima; Montón ha seguido pleiteando por detrás con los Llombart, pero también cuidándose de permanecer callada desde entonces. Después le llegó el turno al líder ecologista del Consell.

Julià Àlvaro fue destituido como secretario autonómico, mitad por su actitud rebelde respecto a la superioridad, mitad por su enconamiento a cuenta de los envases retornables, claramente perjudiciales para los intereses de las cadenas de distribución valencianas.

Y el colofón del viernes. Otra puntilla a Carmen Montón y la neutralización del alcalde de Alicante. Sin ruido y con poco desgaste personal, el líder socialista ha logrado la dimisión de Gabriel Echávarri, doblemente procesado y que había perdido incluso el apoyo de sus socios de gobierno. Puig le habrá prometido a Echávarri el oro y el moro si supera sus problemas judiciales, va de suyo, pero lo fundamental es que ha conseguido lo que tanto le costaba a Alberto Fabra, la renuncia al cargo del afectado. Era un trámite absolutamente imprescindible para Puig, para demostrar que su nivel de autoexigencia se corresponde con el que reclamaba al PP valenciano. Un éxito indudable, que refuerza tanto su autoridad interna como su legitimidad exterior.

Puig le ha aplicado un 155 en toda regla a Carmen Montón. Directamente ha intervenido su conselleria

Y no puede ocultarse que Echávarri es el caso más relevante, pero no el único. Las cosas como son. En su momento, también se quitaron de encima otras situaciones insostenibles como la número dos de Sanidad, Dolores Salas, que había enchufado a su hija, y aquella directora general de Economía afectada de incompatibilidad. Si el PP hubiera respondido de igual manera en su momento, sus problemas habrían sido menores.

No obstante, la solución Echávarri puede provocar tensiones futuras en Compromís, puesto que alguno de sus dirigentes padecen del mismo mal que el alcalde alicantino: el troceamiento de contratos. Aquí entra en juego Pere Fuset, acosado en los tribunales por prácticas similares. Veremos si al concejal le toca poner sus barbas a remojar o el alcalde Ribó resulta incapaz de ponerse a la altura de Puig e incluso de sus principios de antaño acerca de los imputados.

Respecto a Carmen Montón, puede decirse que Puig le ha aplicado un 155 en toda regla. Directamente ha intervenido su conselleria. Primero, pilotando desde presidencia las negociaciones con Ribera Salud para proceder a la ya inevitable reversión del hospital de Alzira. Segundo, colocándole a la consellera dos directoras generales de confianza absoluta de Presidencia, para amainar la guerra y recuperar las relaciones de normalidad entre la administración y la concesionaria. No puede olvidarse que el juez archivó aquella denuncia sobre comisiones ilegales, fruto de un anónimo y que tan a punto le vino a la consellera para acosar a la empresa y pedir la cabeza de su responsable, Alberto de Rosa. Ribera Salud seguirá operando en la Comunitat, el IVO también, y Eresa; todos los objetivos a los que Carmen Montón señaló en solitario para hacerse un pedigrí, por mera estrategia personal y política, ignorando cualquier lógica presupuestaria y de gestión. De momento, la propia titular de Sanidad ha anunciado como un hito lo que no deja de ser un lastre: el aumento de la plantilla de Alzira en trescientas personas para poder mantener la actividad hospitalaria. Curiosamente, la que iba a ser la bandera de Montón se ha convertido en la práctica en la excusa propicia del President para arrinconar a una conseller en la que no tenía confianza desde tiempo atrás. A finales de 2016, alguien dijo aquello de que «esta está muerta». Ha tomado su tiempo, toda una legislatura, pero visto el curso de los acontecimientos, no puede decirse que se haya cambiado de opinión ni que aquello fuera hablar por hablar.

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