Vuelve el espionaje a la política

FERRAN BELDA

El hallazgo de piezas de un dispositivo de grabación en el despacho de la concejala de Urbanismo del Ayuntamiento de Alicante obliga a volver la mirada hacia Vicent Vercher, quien siendo vicepresidente de la Diputación de Valencia también encontró unos «hilos» debajo de la alfombra del suyo. La pega es que lo hizo dos meses después de que el PSOE se querellara contra el entonces portavoz del PP en el Palacio de la Batlia Juan Carlos Gimeno por insinuar que el escolta de la presidenta de la corporación provincial Clementina Ródenas había instalado un sistema para espiar a los altos cargos de la institución. No le dijo nada a su jefa, con la que se llevaba fatal. Tampoco se lo contó enseguida a la jueza que investigaba las supuestas escuchas denunciadas por el ahora implicado en el caso Emarsa. Tardó aún más en poner al corriente del lío a la dirección de su partido. Al correrse la voz de lo que había ocurrido y estallar el escándalo se desdijo. Arguyó que no fueron exactamente cables lo que halló sino unos «filamentos» que muy bien podían haberse quedado pegados a la alfombra en la tintorería. Y es lo que le faltaba a Lerma para entregarle su cabeza a Ródenas.

Sin embargo, no acabó ahí su carrera política. En un periplo partidista que guarda ciertas concomitancias con el seguido por otro trotamundos como José E. Aguar, en la actualidad concejal y diputado provincial tránsfuga de Ciudadanos y fundador y primer presidente de CSD, Vercher Garrigós abandonó el PSPV pero no se retiró a sus aposentos. Ni mucho menos. Como él mismo escribió años después sin hacer mención a su caso, «la sangría de militantes que se produjo tras la victoria del PP» le llevó a incorporarse a Valencians pel Canvi, agrupación que concurrió a los comicios del año 2000 en apoyo del BNV. El revés electoral que sufrió esta formación a pesar de su ayuda -no superó el 2,4% de los votos- y una plaza de asesor en la FVMP le aconsejaron volver al redil socialista, donde esta vez no encontró cables, pero militó en tantas corrientes como Aguar antes de enrolarse en el PDL. Como recogió avales para Antoni Asunción el vencedor de las primarias, Jorge Alarte, lo puso de patitas en la calle. Se convenció entonces de que la socialdemocracia necesitaba una profunda renovación, si se puede calificar de tal la promovida en Valencia por el jefe de gabinete del delegado de Gobierno en 1983 y del conseller de Trabajo en 1988 José L. Ábalos, y apostó por Pedro Sánchez en el XXXIX Congreso del PSOE. Un acierto táctico que no tardó en empañar al descararse, como los demás sanchistas, en favor Rafa García y perder por tanto ante Ximo Puig. De modo que como no siga tirando de aquellos hilos que encontró en la Batlia aprovechando que el espionaje urbanístico se ha vuelto a poner de moda en el pueblo de Enrique Ortiz lo tiene claro.

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