Volvamos a los libros

MIKEL LABASTIDA

No disparan, ni amputan, ni ahorcan. Son armas pero no matan. Ni blancas ni de fuego, ni cortas ni largas, ni de inyección ni de avancarga. No esconden balas, ni pólvora, ni cápsulas. Solo páginas. Su munición son las letras, si los detonan salen ideas, no provocan lesiones físicas. No al menos si se usan correctamente y no como objetos arrojadizos. Están ahí, son los libros. Y ellos lo explican todo. Lo que ocurrió, lo que ocurre, lo que puede ocurrir. Los conflictos más graves y los nimios están en ellos contados. Tienen poder, aunque se usen poco. Belén Gopegui los carga. Pero no la relacionen con ninguna industria de rifles o de revólveres. Ella los escribe, que no es poco. A nosotros nos toca apretar el gatillo, abrirlos, leerlos. «Su poder es pequeño pero incontrolable, esa es su fuerza», ha asegurado la escritora estos días mientras andaba de gira promocionando su última novela, 'Quédate este día y esta noche conmigo'.

Los tenemos algo abandonados, hablo por mí. Otras narrativas se han cruzado en nuestras vidas. Y les hemos sido infieles, al menos en la asiduidad. Que también importa. Es casi imposible no caer en la tentación. Son más llamativas, más accesibles, más efectistas, o están más de moda. Excusas de mal lector. Luego llegan las periodos vacacionales, te reencuentras con ellos y la pasión revive. Y da gusto. Recuerdas los buenos ratos, los placeres, las exaltaciones. Los ríos de tinta. Siempre hay que volver a los libros. Para intentar no equivocarse, para respetar las diferencias, para descubrir lo que ignoramos. Para entender al que no nos quiere. Para buscar soluciones. Para conocer palabras. Para dejar sin palabras.

No deberíamos olvidarlos, ni desestimar su potencial. En el franquismo censuraron 'La Regenta' por lasciva, por anticlerical. Una moralista Inglaterra prohibió en los años 20 'El amante de lady Chatterley'. En regímenes comunistas no han sido bien recibidos '1984' o 'Rebelión en la granja' por razones ideológicas. Hasta Harry Potter encontró candados en varios estados americanos y en territorios árabes acusado de promover la brujería. Sobran ejemplos. Temen a los renglones.

Las restricciones les otorgaron eco, les acercaron a más lectores, les reportaron publicidad, les adhirieron motivos de curiosidad. La prohibición en ocasiones causa la reacción contraria a la que persiguen sus promotores. Y les sale el tiro por la culata, continuando con el (cuestionable) símil armamentístico.

Son libros. Curan heridas, despiertan conciencias, formulan preguntas, proponen respuestas, generan dudas. Son libros. Abren mentes, tumban fronteras, enseñan caminos, plantean viajes. Son libros. Se convierten en trampolines, escaparates, divanes, manuales. Son libros. Proveen de argumentos, desmontan mitos, reparten lecciones. Son libros. Son amantes, son cómplices, son confesores, son espejos. Son principios y son finales.

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