volando voy, volando vengo

Sala de máquinas

Oltra empieza a despegarse de la desabrida gestión, donde no sale bien parada, para volver allí donde brilla: la movilización y la agitación

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Publicado en la edición impresa del 9 de julio de 2017.

Manolo Mallol, el bombero viralizado por el incendio de la Calderona y el fuego agraz de Mónica Oltra, podría devolver a la lideresa de Compromís sus críticas una semana después sólo con parafrasearla: «¿qué hace la vicepresidenta del Consell por Gaza mientras sus compañeros se dejan la piel apagando los problemas de la Comunitat?». Los viajes, incluso los viajes low cost, suelen acabar con muchas carreras políticas, que se lo pregunten al senador Pedro Agramunt: años peleando por beneficiarse un chollo internacional y lo tira por el desagüe con una impresentable visita al presidente sirio. Los viajes tienen mala reputación cuando lo disfrutan los políticos. De manera injustificada, porque viajar está sobrevalorado y, en general, resulta un peñazo; cansan, son caros, se gasta demasiado tiempo y se saca poco provecho. Con las nuevas tecnologías y las videoconferencias, viajar tiene menos sentido que nunca. Como en casa en ninguna parte, eso ya lo sabían los mejores sabios, pero un Pío Baroja en el sillón orejero de la salita con una manta sobre las rodillas o un Pla con boina y chato de vino junto a la campana del Mas ampurdanés carecen de estética tuitera. Los vejestorios están reñidos con el mínimo glamour de nuestro tiempo hiperconectado. Viajar es para gente joven, más joven que Oltra, como la que sale en esos alegres programas autonómicos de ‘Paisanos por el mundo’; luego se aprende mucho más en los libros y hasta en ciertas películas o documentales. La gente viaja aborregada y por lo común no se entera de nada, y lo resuelven con el gatillo del móvil, disparando y robando instantes banales. Nos hemos vuelto todos eso de lo que tanto nos reíamos, japonesestontosdelculo. La memoria del teléfono es la única que permanece tras la experiencia turístico/viajera. Entonces, ¿por qué se viaja? Por el selfie. Por la foto. La imagen es la máxima expresión de nuestro tiempo, también en política. Quién logra una foto pertinente, no necesita enfrentarse a sus vacíos en un discurso de treinta folios, y luego aprendérselo, como si estuviera al alcance de cualquiera o Churchill no fuera otro carcamal.

Sr. García

La foto de Oltra hace un año con aquel Falciani que denunció a los defraudadores fiscales de medio mundo es un fin en sí mismo. No necesita más desarrollo. Una foto publicitada con voluntariosas declaraciones para colaborar en la lucha contra la corrupción... y hasta nunca Hervé. Hasta el siguiente photocall, ¿mañana qué toca? En política la foto vale su peso en oro. Hace años, los dirigentes del PP buscaban retratarse con Urdangarin o con Bernie Ecclestone y ahora igual, sólo que como los referentes han cambiado, son otros, lo que funciona en estos momentos es juntarse con Falciani o un paseo por los campos griegos de refugiados o por la franja de Gaza. Por eso María José Català, la diputada más desaprovechada de Les Corts, ha respondido eso de que «alguien debería decirle a Oltra que no es Angelina Jolie». Bingo, una expresión acorde con el contexto.

Dieciséis semanas estará la vicepresidenta sin dar cuentas a la oposición. Y la oposición cree que es una manera de esconderse. Del lío en los centros de menores, del centenar de reparos de la Intervención a su conselleria, de la lista de espera de los dependientes o incluso del último mazazo de los tribunales, que acaban de tumbar el decreto contra el copago farmacéutico porque estaba escrito con los pies, plagado de lagunas. Con lo cómodo que sería suplantar un farragoso texto jurídico por una imagen de Oltra y Montón junto a un grupo de ancianitos con sus medicinas; todos sonrientes. Pero la gobernanza presenta estas complejidades. Una foto no sirve para sustituir un decreto. De ahí el error de juicio del PP cuando asegura que Oltra viaja para huir de sus problemas. No. Oltra viaja porque sus problemas le aburren; no es un asunto de cobardía. Dos años después de llegar al gobierno, ha reparado que eso de rescatar a los valencianos es mucho más complicado de lo que parecía. Y que puede pasar la legislatura sin lograrlo. Así que ha decidido traspasar a otros el rescate de los valencianos y ponerse ella en faena de rescatar a los refugiados sirios o palestinos, o lo que vaya viniendo; precisamente porque no está entre sus competencias ni en su mano conseguirlo, justo porque nadie podrá afearle que no resuelva algo que en realidad queda fuera de su alcance, pero resulta fácil reivindicar. En síntesis, Oltra empieza a despegarse de la desabrida gestión, donde no sale bienparada y le faltan facultades ejecutivas, para volver allí donde brilla: en la movilización, en la agitación, removiendo conciencias vista su limitada capacidad para mejorar el bienestar de la gente desde la gestión de los recursos públicos. Vamos, que se le está poniendo cada vez más cara de tertuliana y de dirigente nacional en la oposición. Otra cosa es que todavía no sea consciente de ello y resulte más obvio percibirlo desde fuera.

La mutación de la jefa de filas de Compromís viene a coincidir en el tiempo con una ofensiva de los jóvenes coroneles del Bloc una vez controlan el partido. Ha dicho Àgueda Micó que «Oltra es la líder pública de Compromís, pero no lidera Compromís». Una afirmación nada espontánea ni casual, detrás de la cual están también Fran Ferri, Vicent Marzà, los tenientecillos de las comarcas y hasta un Morera necesitado de alinearse con el nuevo poder. Creen que Oltra les podemiza, los alinea con Pablo Iglesias y les resta discurso nacionalista. Consideran que su margen de ascenso está bloqueado, que no podrán rebasar al PSPV, que la próxima legislatura será similar y Puig mantendrá la jefatura del Consell. Adiós a aquel sueño de verano de Mónica viéndose presidenta. Con estas expectativas, importa poco bajar algo electoralmente si a cambio pueden reforzar su ideario, sus convicciones, para lo que toca limitar el poder personal de Oltra, estabularla, obligarla a entrar en el redil y quitarle autonomía. No es ni será una pelea despiadada, sino a la manera rara como discuten en Compromís. Piensan que el tirón de Oltra sigue siendo fuerte, pero no tanto como en el pasado («ella sabe que su mejor momento ya acabó»). Alguno ha llegado a fabular con la idea de aprovechar su fuerza para encabezar la lista a las generales; ganar visibilidad en Madrid dejando al mismo tiempo libre el espacio de la candidatura autonómica. Conociendo los episodios compromiseros previos, asistimos a meras fantasías que no pasarán de conversaciones de café. No ocurrirá, parece descabellado. Porque no tienen nadie a la altura de Oltra para relevarla sin arriesgar la bolsa de los votos.

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