LA VISITA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando el líder español marcha hacia el Imperio para citarse con el César resulta inevitable ese aire de pariente pobre que se le adhiere contra la piel. La foto con el César produce nervios, mareos, cierta angustia y una leve empanada mental fruto del jetlag y de la emoción. Pero nuestros presidentes de ayer, hoy y siempre adoran esa foto que les causa gozoso burbujeo en la retambufa porque supone, en teoría, un espaldarazo universal. La dulce Leire Pajín, desde Benidorm hasta la fama gracias a Zetapé, en un exceso de ilusión pronunció aquello, tan inolvidable, del encuentro interplanetario o intergaláctico entre Obama y Zapatero, la lumbrera de la alianza de las civilizaciones. Con las palabras de Leire el ridículo estaba asegurado y el pobre Zapatero tuvo que tragarse su ateísmo en aquel pío desayuno de oración presidido por fray Obama. Y mejor no hablar de aquella foto con las niñas góticas que era como la foto de los cruceristas que chupan cola para retratarse con el capitán del barco durante la cena de gala. La derecha, en estos trances tampoco se luce y además flota sobre ella una especie de gafancia que la emparenta con aquel pollito negro llamado Calimero. Poca fanfarria mana del actual encuentro pues este yace devaluado en vista de la personalidad del actual César. Con Trump cualquier acto destila tono de circo decrépito de Buffalo Bill y, encima, nunca sabemos si estamos viendo al verdadero Trump o a su imitador Alec Baldwin, lo cual despista. Las palabras de Trump respecto a lo de Cataluña igual las podría verter un escolar de ocho años que una miss llorosa: «Creo que Cataluña debería seguir en España porque es un país muy bonito e histórico». Si llega a esforzarse, con suerte, menciona la paella, los encierros de San Fermín y la Tomatina. Pero sería, me temo, demasiado pedir.

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