La violencia y la fuerza

JUAN CARLOS VILORIA

La utilización o no de la violencia a lo largo de los meses que desembocaron en la proclamación ilegal de la independencia se ha convertido en el centro del debate judicial que afecta a los inspiradores y gestores del procés de Cataluña. De momento ya ha habido colisión entre el punto de vista del tribunal provincial alemán y el Tribunal Supremo español. En una primera definición muy genérica violencia se especifica como el «uso de la fuerza para conseguir un fin». Eso obliga también a desguazar el concepto fuerza y ponerlo en relación con los acontecimientos. Lo evidente es que las progresivas exigencias éticas y morales de la sociedad han ampliado los supuestos del uso de la fuerza y de la violencia a situaciones que tiempo atrás se consideraban soportables. La amenaza de palabra o la desobediencia a los altos tribunales han pasado ya a formar parte de las circunstancias consideradas inaceptables e intolerables desde el punto de vista tanto ético como legal.

Pintar la sede de un partido político con la palabra traidores o fascistas, antaño deporte cotidiano sobre todo en el País Vasco, no se consideraba para nada violencia. Era la expresión de un estado de ánimo de algunos hiperventilados de brocha y panfletillo. Concentrar un grupo vociferante ante la casa de un juez o convocar a los comités de lo que sea ante la sede de una institución judicial era un escrache, sin más, no un acto de fuerza. Pero las apreciaciones más precisas sobre la violencia también contemplan «la interacción entre sujetos que se manifiesta en conductas o situaciones que de forma deliberada provocan o amenazan con hacer daño a un individuo o a una colectividad». La teoría llega a precisar que la violencia puede producirse a través de acciones y lenguajes pero también de «silencios e inacciones».

De modo que si a un president de la Generalitat el jefe de los Mossos le advierte que celebración de un referéndum ilegal puede generar violencia y éste se hace el sueco, su conducta puede encajar con una presunta acción de violencia. Desde las filas propagandísticas del 'puigdemontismo' y todas sus terminales mediáticas, con TV3 a la cabeza, no han dejado de emitir imágenes de las fuerzas de seguridad intentando disolver y o impedir la colocación de urnas y la entrada en colegios. Invariablemente las voces en off hacen hincapié en «la violencia» ejercida. O la «desproporcionada violencia» o, incluso, «violencia salvaje». Sin tener en cuenta que el monopolio de la fuerza en sociedades democráticas reside exclusivamente en el Estado. Y por lo tanto, no es violencia, sino fuerza disuasoria. Paradójicamente son los mismos que no consideran violencia las acciones de los llamados CDR. ¿Tomar la calle no es violencia? ¿La fuerza de los votos legitima para asaltar por la fuerza las normas parlamentarias o constitucionales? La línea que separa la violencia física de la violencia moral es cada vez más delgada.

Fotos

Vídeos