ES QUE VIENE MI FAMILIA DE SANTANDER

VICENTE LLADRÓ

Llega un agricultor a su huerto de naranjos, con la cosecha en los árboles, y se extraña al ver que ha aparcado dentro del campo un coche que no identifica como de alguien de su entorno. Da unas voces, por ver si le responden; sospecha que le pueden estar robando naranjas, al oír que alguien mueve o pisa unas ramas; se apresura entre los naranjos, no ve a nadie, pero descubre enseguida dos grandes bolsas de supermercado repletas de fruta recién cogida. Queda clara la jugada: el ladrón se ha escabullido al notar su presencia y se ha dejado el 'corpus delicti'. Pero allí está el coche -piensa-, anotará la matrícula, le hará fotos, irá con ello a la Guardia Civil, o a la Policía Local... o... Duda si le harán caso por la entidad de las pruebas. Quizá le dicen que es poca cantidad. Caray, a poca cantidad como aquella, que debían ser más de diez kilos, multiplicados por varias veces... Y quién es nadie para coger lo que no es suyo.

En estas cavilaciones anda cuando al llegar al linde de la parcela se encuentra a un hombre que aparenta estar cogiendo espárragos trigueros por el ribazo. Sabe que lo aparenta porque él mismo cogió la víspera los espárragos que había por allí y porque la bolsita de plástico que el otro lleva está vacía. Y además cae en la cuenta de que lo primero que hizo nada más ver el coche fue mirar por la orilla, y no había nadie. O sea, que el supuesto buscador de espárragos es el ladrón (presunto), que ha dado la vuelta para tratar de simular que él anda en otra cosa.

Al encontrarse frente a frente, el dueño del campo se percata de que sabe quién es el otro y de que lo ha visto merodeando otras veces, por lo que sospecha que ha venido repitiendo en su reprobable acción. Le pregunta por las bolsas de naranjas, el otro contesta que no sabe nada; se las muestra, le dice que no hay nadie más, que hace dos minutos no estaba por el ribazo, que lo ha visto por allí otras veces, que seguramente siempre fue a lo mismo, que no se lo puede creer, por tratarse de una persona que no necesita hacer tal cosa, y que si no reconoce la fechoría, como lo tiene más claro que el agua, va a tener que obrar en consecuencia, porque si no igual le da por reiterar en lo mismo.

El otro cambia de actitud y reconoce que sí, que él había llenado las bolsas con naranjas, y que se había ido hacia los espárragos porque le daba vergüenza que le pillaran. Y ahora viene lo más sorprendente. Le da la razón al dueño del campo y le pide disculpas, pero le aporta un motivo como si dijéramos atenuante: «Es que esta noche vienen familiares de Santander y me he quedado sin naranjas». El citricultor alucina en colores. «Pero ¿es que no hay fruterías y supermercados donde comprarlas?, con lo baratas que están». Debe tratarse de algún raro tipo de gen mutante que empuja a coger las bolsitas y a surtirse del trabajo ajeno.

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