Viejos pero efectivos

Más dura será la caída

Esa falta de inteligencia práctica es desconsoladora; se te cae el alma a los pies ante tanta indigencia mental

VICENTE GARRIDO

Al margen de cómo termine el llamado «desafío independentista», lo que está claro es que habremos asistido a dos fenómenos de psicología social que ya son clásicos en esta ciencia, y cuyos resultados son bien conocidos. El primero de ellos tiene que ver con la conformidad de grupo, y dice que cuando los que ostentan el poder generan pautas de comportamiento prescritas, aquellos que las rechacen se enfrentan al ostracismo y a la pérdida de privilegios. Para que esa presión coercitiva del grupo pueda imponer su interpretación de la realidad y las conductas que la afirman (por ejemplo, Cataluña fue «invadida por los españoles»), son necesarios dos cosas. Primero, una presión mediática que sea abrumadora y sin contestación (véase TV3), y segundo, que la desobediencia conlleve castigos sociales («los mal catalanes», «los fascistas») y materiales (ausencia de encargos y contratos).

Se entiende así que solo a última hora, catalanes insignes como Juan Marsé (este último siempre un apestado por los ultras al escribir en la lengua del opresor) o Joan Manuel Serrat hayan levantado la voz agriamente en contra de tanto abuso, probablemente estimulados por las recientes declaraciones de gente de tanto peso como el Letrado del Parlament o el presidente de la Cámara de Comercio de Cataluña y la purga que se acaba de hacer con los cargos políticos moderados en torno a este espinoso asunto. Por desgracia es demasiado tarde, el experimento de coerción grupal hace tiempo que se completó con gran éxito: los que se sienten españoles y catalanes a un tiempo son fachas, y punto.

El segundo fenómeno trata de la deriva del pensamiento a manos del fanatismo o la incultura: hay sujetos cuyas creencias arraigadas son tan fuertes que todo el proceso mental de comprensión de la realidad ha de pasar ese filtro. De este modo, las decisiones devienen progresivamente en más irracionales, sin que importen sus consecuencias. El ejemplo más reciente es lo que dijo Puigdemont cuando se le preguntó qué haría si el Tribunal Constitucional le inhabilitara: afirmó que no aceptaría la inhabilitación por el Constitucional «aunque le «echaran» de su despacho.

Vamos, es como si yo dijera que «no acepto» que el juez embargue mi sueldo si me obstino en no pagar a Hacienda. Esa falta de inteligencia práctica es desconsoladora; se te cae el alma a los pies ante tanta indigencia mental. El nacionalismo, como todo movimiento social regresivo, vive de alimentar mitos y falsedades que satisfagan las necesidades psicológicas del pueblo a quien van dirigidos. Así, si Cataluña fuera independiente, el Barça jugaría la liga española, y Europa y luego el mundo la reconocería en un ambiente de prosperidad y justicia social. La misma música que hizo ganar a Chávez o a Trump con diferente letra. Todo es viejo y manido, pero sigue siendo efectivo.

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