El viejo Museo

Tienda de campaña

Valdés, en su entrevista, subraya su respeto por la colección de Bellas Artes, tan olvidado porque no es fácil de manipular

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Qué estupenda entrevista la que Carmen Velasco le hace a Manolo Valdés en el periódico de ayer. Con qué tino el maestro es capaz de despejar las dos o tres grandes incógnitas que sobrevuelan las cabezas pensantes de la cultura valenciana... cuando logran superar los problemas «de la llengua». Qué salero el del artista para opinar sin herir a nadie, y qué gracia la suya para vivir en Nueva York y estar al tanto de lo que aquí se cocina, como si estuviera cada noche en las tertulias de Ruzafa.

Una idea principal me parece que flota en el conjunto de la entrevista: Valencia tiene que quererse más, tiene que seguir avanzando en la tarea de respetar y estimar a sus artistas. Porque como concepto cultural, Valencia tiene sitio, tiene espacio, sin soberbia pero sin timidez, en el ámbito del arte. Y después de eso, un recital de sentido común, de sabiduría ordenada que se convierte en enseñanza académica: no os empeñéis en hacer un Museo Sorolla especial, no caigáis en la trampa de mirar solo a don Joaquín y caer embelesados a sus pies, como siempre os pasa. Sorolla existió porque antes estuvo Domingo. Y Domingo, porque antes hubo un Maella y un López. No se puede hacer una jaula de oro para Sorolla sin poner en ella esculturas de Benlliure, óleos de Pinazo, paisajes de Rusiñol y retratos de Sargent. Porque las obras se hablan y relacionan y, como pasa en la exposición que ahora hay en Bancaja, también pueden fatigar como plato único. No se trata de ver muchas, sino de asimilar las justas.

Y después de esa lección de uno de los fundadores del histórico Equipo Crónica, el subrayado especial al Museo. El que lleva cuarenta años sin terminar, el que él quisiera ver «floreciente», el que la nueva administración estima menos porque no se convierte en un escenario de ferias, fiestas y propaganda de partido. El clásico museo académico de Bellas Artes donde es el espectador el llamado a hacer la mayor parte del esfuerzo de revisión, aprendizaje y relación de unas escuelas con sus antecesoras y seguidoras. El Museo de toda la vida, el que no se entiende sin la Academia de San Carlos (250 años viva), el museo imprescindible para la investigación y el aprendizaje, el que mejor resume todo lo que Valencia ha venido expresando en el campo de las artes plásticas durante ocho siglos de civilización y búsqueda de la belleza.

El maestro Valdés no titubea: le gustan los museos basados en fundaciones y mecenazgos, fuertes como castillos, contra los que el poder tiene que plegarse con humildad. Su olfato de artista le lleva a donde sabe que necesita ir para alimentarse. Y del mismo modo que Antonio López acude con devoción al Museo del Prado, a contemplar a los clásicos, él sabe dónde el arte valenciano está obligado a acudir como fuente de meditación y necesario resumen: un viejo Museo «dejado de la mano de Dios».

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