EL VIEJO DE LA DISCO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La oscuridad de las discotecas, apenas amortiguada por los relámpagos de los focos, supuso la iniciación a la vida de mi generación. Allí dentro no había padres y se respiraba atmósfera de nicotina o de porro, según el antro. Primeros besos furtivos, primeras copas de garrafa, primeras imbecilidades, primeras peleas contra los de otra pandilla que se saldaban con muchas demostraciones de pavo real y pocos mamporros, en fin, esas cosas...

En el caos de ese batiburrillo de discoteca estallaba cierta armonía, sin embargo, a veces, irrumpía en aquel rito de fin de semana una presencia que chirriaba, la de un viejo solitario que no formaba parte del paisanaje habitual. ¿Y qué hacía ahí ese viejo? Ah, misterio. Ignorábamos si era un pasma camuflado, un camello de menudeo perdedor, un mirón recalcitrante o un simple triste que aliviaba su soledad rodeado de adolescentes disparatados. Ese viejo, en el fondo un tipo pacífico que bebía apoyado contra la barra con aire disciplente, nos obsesionaba mucho. ¿Y qué querrá ese viejo? ¿Habéis visto al viejo de aquella esquina justo a la izquierda de la pista de baile? Ese viejo tenía la edad que nosotros gastamos ahora, o sea la cincuentena. «Si estás en una timba de póquer y a la media hora no sabes quién es el membrillo de la partida, el membrillo eres tú», nos apunta una conocida máxima del póquer. Del mismo modo, bien podríamos afirmar que, si estás en una discoteca y no descubres al viejo del garito, eso significa que el viejo eres tú. Me encanta comentarles esto a los amigos de mi quinta que todavía gustan de acudir a las discos para trasegar esa última copa pues con esa sentencia les destruyo. Empalidecen como si fuesen a desmayarse tras recibir el mazazo. Recuperados del shock, luego comprenden que su tiempo, ay, ya pasó. Dignidad, esa es la clave.

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