El mar es la vida... si la basura no lo impide

Aunque su extensión y su volumen son formidables, todos los océanos del planeta se ven afectados hoy por la contaminación que producen nuestros residuos y basuras de todo tipo. Un mal que pone en grave riesgo su función de soporte esencial de la vida, que los mares han ejercido durante miles de millones de años.

Los humanos sumamos ya 7.500 millones de individuos. Casi 1.500 millones gozamos de una opulencia casi insultante; pero desperdiciamos buena parte de los bienes y recursos que consumimos y utilizamos. Y además, ese veinte por ciento de humanos consumimos casi el 80 % de los recursos naturales del planeta. Y los malgastamos.

Desde luego, el desarrollo económico del Primer Mundo ha supuesto ventajas muy considerables en todos los órdenes, especialmente en dos parámetros esenciales: la calidad y la cantidad de vida. Pero ha sido a costa del desprecio absoluto por el entorno natural, sobre el que hemos producido impactos que son ya insostenibles. El desarrollo, el progreso económico e industrial que ha conducido a los actuales países ricos a cotas inimaginables de bienestar, se está convirtiendo ahora en toda una civilización... del desperdicio.

Los residuos que desechamos alcanzan tal volumen que comienzan ya a ahogarnos, además de amenazar gravemente al conjunto de la Biosfera, muy especialmente al medio marino.

Claro que el mar es enorme: ocupa el 71% de la superficie del planeta. La Tierra es un planeta mal bautizado, debiera llamarse planeta Agua puesto que este compuesto ocupa más de 360 millones de km2, con una profundidad media de casi 4 kilómetros: en total, casi 1.400 millones de km3. Cifras impresionantes, sí. Pero nos dicen poca cosa porque nuestra imaginación no da para tanto.

Pues a pesar de semejante volumen inimaginable, los mares del planeta están dando ya señales de alarma generalizadas por la cantidad de desechos que van a parar allí, dañando a menudo irreversiblemente la vida marina de la que directa o indirectamente dependemos todos los seres vivos del planeta. Esa agresión de nuestros impactos residuales es ya prácticamente global. Sobre todo para dos grandes grupos de desechos: los vertidos de petróleo y los residuos plásticos.

Los vertidos de crudo están directamente relacionados con la extracción, el transporte y el uso de los hidrocarburos por parte de las industrias del mundo entero. Llama mucho la atención su efecto en la costa por accidentes de petroleros; pero ese chapapote -que, para mayor inri, es negro como el betún y contamina casi indeleblemente- supone apenas la quinta parte del total del petróleo que va a parar al mar. El resto procede de las explotaciones petrolíferas, las actividades navales de todo tipo, el lavado ilegal de los tanques de los petroleros y muchos otros procesos que implican directa o indirectamente al mal llamado "oro negro". Son más de cinco millones de toneladas de crudo, costoso de obtener, tóxico en cuando a su incidencia sobre el entorno, aparentemente imprescindible para el desarrollo humano... y lo tiramos al mar.

La contaminación por plásticos y, lo que a largo plazo es aún peor, su degradación en minúsculos fragmentos, es aún más grave que la del petróleo, aunque también más sutil, porque su visibilidad social es más reducida. Una playa sucia, con restos de botellas, vasos, embalajes, bolsas y otras basuras plásticas o no resulta estéticamente inaceptable; pero pocos imaginan el gravísimo impacto del plástico sobre la vida marina. Y, en contra de lo que pudiera pensarse, no es un problema local de las playas turísticas, por ejemplo; porque la dispersión de los residuos plásticos tiene alcance global. Y ya es muy clara incluso en los océanos polares.

La producción mundial de plástico es del orden de 400 millones de toneladas anuales; un tercio se sigue usando durante años, casi otro tercio acaba quemándose, casi siempre parcialmente y produciendo productos muy tóxicos, y el resto acaba en el suelo, en los ríos y, finalmente, en los mares. En total, casi diez millones de toneladas anuales llegan al mar cada año... Es como si estuviéramos fabricando una especie de planeta cubierto de plástico...

Algunos de esos plásticos sabemos ya reciclarlos, incluso reutilizarlos; pero son procesos incipientes que por ahora afectan a una reducida cantidad de esa enorme producción total. Y aunque no es cierta la existencia de esas «islas de plástico» de los océanos a las que aluden algunas informaciones, eso no significa que no existan en todas partes. No se ven, pero están y crecen en cuantía año tras año.

Una pequeña parte de ese plástico es biodegradable, aunque a largo plazo. Pero la mayoría se descompone muy lentamente en el mar, sobre todo a causa de los ultravioletas solares, generando fragmentos cada vez más pequeños que acaban siendo incorporados a los organismos marinos, que sufren así daños metabólicos de diversa gravedad. Si son peces destinados al consumo, el problema se traslada a los humanos.

La ciencia viene denunciando esta situación desde hace años; y aunque la respuesta oficial sigue siendo casi inexistente, al menos comienza a despuntar cierta preocupación global, como la campaña 'OurOcean' de la Unión Europea, auspiciada por los mejores acuarios europeos, entre ellos el Finisterrae de A Coruña y el Oceanogràfic de València.

Urge tomar medidas drásticas para proteger el mar; la vida nació en su seno, hace casi 4.000 millones de años. Pero hoy gran parte de la solución depende de la concienciación de la población sobre nuestra insensata conducta como consumidores. No podemos seguir considerando al mar como el vertedero inagotable al que pueden ir a parar impunemente los desechos de nuestro quehacer doméstico e industrial. La capacidad de aguante de los océanos, puesta a prueba por nuestros residuos, está ya al borde del colapso. Y nada puede ser más grave: el mar es, directa e indirectamente, la fuente de toda la vida que existió, existe y existirá en nuestro planeta.

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