LA VENTANILLA

Cap i casal

El acceso ferroviario a Valencia ofrece la peor postal al viajero, con ruinas, huerta abandonada y barrios olvidados

Paco Moreno
PACO MORENOValencia

De camino a Barcelona es inevitable echar un vistazo por la ventanilla del tren y que te invada la tristeza. Las pintadas en los vagones aparcados en lugares olvidados se confunden con la ruina de las fábricas, solares y viviendas a los lados de las vías. La postal de Valencia sigue agrietada en el Parque Central, ajada más bien, cuando han pasado tantos lustros desde que alguien tuvo la idea del soterramiento que ni me acuerdo.

El tren llega puntual, eso sí, y el vagón puede considerarse el más seguro del mundo, repleto de policías que marchan a una manifestación por la equiparación salarial. La metáfora sirve para una ciudad que negocia todavía proyectos, reparto de costes y alternativas para completar lo que otras ya disfrutan.

La primera fase está en marcha y el reto del Ayuntamiento es estar al nivel que se merecen los vecinos para abrir lo antes posible los equipamientos públicos en las naves restauradas. Un reto difícil a la vista de los retrasos que acumula la Mesa de Contratación donde los socios del tripartito se miran con recelo a un año y medio de las elecciones por los concursos que van más rápido y los que se duermen en los cajones a La espera de trámites interminables.

Justo antes de pasar por el pontón del bulevar sur, un coche de la Policía Nacional intentando ahuyentar un nido de botellón, justo al lado de los restos de la cervecera parcialmente derribada. El ruido es un problema en todos los barrios, sobre todo el nocturno y está por ver la efectividad de la reorganización de la Policía Local, con el refuerzo de los servicios nocturnos. La oposición lo tiene claro al criticar que se ha parcheado una situación asfixiante por la falta de plantilla.

Pasa el tren la zona ruinosa y la postal se estropea aún más. La primera luz de la mañana no mejora la estampa de una huerta degradada donde se alternan alquerías ocupadas ilegalmente con campos que han conocido tiempos mejores. La zona de La Punta es la única que se ha incluido en la nueva revisión del Plan General para que se edifiquen viviendas, pocas en comparación con lo que se hizo en la periferia de Valencia los años de la eclosión inmobiliaria.

Y da la impresión de que ocurrirá lo mismo que en el Parque Central. Se llega tarde para rescatar un trozo de Valencia que empeora un poco más al cruzar el viejo cauce y entrar en el túnel de Serrería. Tantos miles de millones que ha prometido el Ministerio de Fomento y no se sabe nada de la prolongación de estas vías para permitir el desarrollo del nuevo Grao.

Es con diferencia la infraestructura más barata de todas las anunciadas, pero la pelea está en el rechazo del gobierno tripartito del Ayuntamiento a la ampliación de la V-21 y sus objeciones a que se haga lo mismo en la Pista de Silla, todo con un aroma de postureo ideológico que no tiene en cuenta las necesidades de muchos de los que viven en la ciudad.

Parece que no se trata de una prioridad pese a las grandes posibilidades que presenta una zona donde los inversores privados han tomado posiciones, pero que necesita el empuje público. Tampoco se sabe nada de la construcción del colector que permitirá ajardinar el tramo del cauce que llega hasta Nazaret. ¿Si no se hace eso cómo van a llegar los vecinos?

En el barrio de las Moreras hay cuatro fincas mal contadas y no se tiene noticia de que la cosa vaya a prosperar. Sólo son noticia cuando denuncian una ocupación ilegal o se produce otro saqueo en los restos del circuito de Fórmula 1, donde lo único que luce estos días es la noria que todavía permanece de la feria de Navidad. La puesta en marcha de la Harinera como vivero de empresas marcha a paso de tortuga y tiene la pinta de que se sumará a la lista de tareas pendientes del Consistorio el próximo mandato.

La misma tarea que Fomento con el tren ovejero que sale de Valencia a paso de tortuga, en una marcha que me recuerda el traqueteo del trenet de mi infancia, cuando íbamos en el estribo hasta la playa de la Malvarrosa. Algunas cosas no cambian como la inauguración de lo que llaman ya el NO-AVE hasta Castellón. Del que voy ahora sentado sólo diré que en una parada un grupo de viajeros se ha bajado a echar un pito rapidito.

La lista no acaba pese a mirar la ciudad sólo desde una ventanilla. Atrás ha quedado el barrio del Cabanyal, donde se amontonan las prórrogas a las empresas de la reurbanización mientras los vecinos se preguntan de vez en cuando qué pasa con las viviendas que siguen ocupadas ilegalmente pese a que han pasado ya dos años de mandato.

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