Vengan, vengan...

En mi pueblo, un lugar corriente, se puede ver lo que los políticos ignoran en materia forestal y ciclista

F. P. PUCHE

Venga usted a mi pueblo... Venga, señor presidente, venga señor conseller. Les invito a tomar un refresco. Nos sentaremos cerca de la carretera, a la sombra, y veremos bajar como exhalaciones, desde las cimas de la Calderona, a ciclistas que vuelan yo calculo que a 60 por hora...

Sería bueno, sí, que viniera también el delegado del Gobierno, y el presidente de la Diputación. Acompañados de quien haga falta: ingenieros de Caminos, técnicos de Seguridad Vial, e incluso altos mandos de la Guardia Civil. Sería bueno que lo vieran de cerca, de modo experimental, que comprobaran el estado de la carretera sobre el que las ruedas de las bicicletas parece que echan humo cuando bajan.

Donde yo les llevaría no hay arcén. Cada calzada dispone apenas de poco más de dos metros y luego de las líneas exteriores vienen ya las basuras, los hierbajos y el barranco. Los vecinos, allí mismo, se reúnen a veces para disertar sobre cómo será posible eso del metro y medio de espacio que manda la ley para adelantar... Pero el caso, vengan a verlo, es que los ciclistas tienen tanta afición, tanto amor a su deporte, que imitan a los profesionales de la televisión y se hacen un ovillo en el descenso, apenas sin dejarse resquicio para ver nada entre el casco y las manos. Silenciosos, solo se hacen detectar a veces por los gritos; porque se animan y jalean cuando bajan, en grupos de seis u ocho, hasta de doce o más, llenando en ocasiones todo el angosto espacio de la calzada.

En mi pueblo hay muchas cosas interesantes que merecen una visita de cortesía. Vengan, vengan y verán. Les puedo llevar al lugar del barranco donde quedó abandonada la maleza y la broza de una poda que se hizo no se sabe si tras el incendio de 2003 o causa de la inundación de 1997. Tengo localizados árboles muertos en cuatro décadas diversas y cortafuegos que trazó el ICONA. Da igual, no hay etiquetas, desde que en los setenta se dejaron de cultivar los almendros y algarrobos, desde que la gente dijo que a los olivos que les den, campos y barrancos están tan abandonados como los de las lunas de Saturno y los pinos, que ya tienen doce metros, lo han invadido todo, sin control, mientras se desmoronan los márgenes.

De modo que por mi pueblo, qué quiere que les diga, se está hablando mucho de ponerle un monumento al bombero pepero, ese hombre providencial que ha venido a decir en «las redes» lo que todo el mundo anda diciendo desde hace veinte o treinta años, da igual que gobiernen los ecologistas radicales de ahora que los ecologistas de imitación de antes, todos atrapados por el complejo de decir que el monte y el campo, o son rentables o son sencillamente combustibles.

Por eso, ya les digo, vengan a mi pueblo, vengan. Vengan ustedes y verán. Porque el milagro, puro milagro, es que no pase más. Vengan, vengan y verán.

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