Venezuela, el bocazas y los diplomáticos

INOCENCIO F. ARIAS DIPLOMÁTICO

Los diplomáticos tienen mala prensa. Para mucha gente son haraganes distinguidos, frívolos, pedantes que mariposean de cóctel en cóctel y que se solazan en mansiones lujosas pagadas por el contribuyente.

Jubilado yo, después de 44 años haciendo así el vago y mantenido por el contribuyente, recibo frecuentes llamadas de amigos de la prensa que inquieren sobre algún hecho 'escandaloso' protagonizado por uno de esos compañeros míos que pastan en el paradisíaco diplozoo.

La última fue con la designación de Moragas, jefe de gabinete durante años de Rajoy, para el bonito puesto de embajador en la ONU. Pero ¿cómo?, ¿ese chaval, palmero de Rajoy, «se va a una mansión neoyorquina por la que el contribuyente va a tener que pagar 80.000 dólares de alquiler?». Con paciencia, repliqué que no se paga nada por la tal mansión porque pertenece al Estado español desde hace más de sesenta años. Además, Moragas no es precisamente un chaval, ¿50 años?, y haber estado bastante tiempo como jefe de gabinete del presidente del Gobierno en los tiempos tormentosos que vivimos te da experiencia y recámara. Los amigos periodistas me creyeron aunque alguno se quedó con las ganas de darle una patada a Moragas en el culo de Rajoy o viceversa.

A fines de verano, me llegaron otras llamadas inquietas mientras, con mi mujer al volante, sorteábamos las curvas de una carretera jiennense. El ministro de Asuntos Exteriores, un diplomático llamado Dastis, había tenido el tupé de ir a pasar las vacaciones a casa de un amiguete también diplomático, Carlos Abella, nuestro embajador en Quito. «Pero, Chencho», me acuciaban, «¿eso se puede hacer?. ¿Se puede pegar así la gorra a costa del contribuyente?».

Yo no podía creer la estulticia que me presentaba mi interlocutor y pedí a mi mujer que detuviera el coche por si la recepción era defectuosa. Pero no lo era. El PSOE iba incluso a presentar en el Senado un rosario de preguntas para ver si era cierto que el ministro se había alojado en la residencia oficial del embajador.

«Sería un hecho grave que el ministro utilizara recursos públicos para viajes privados», exclamaba sentenciosamente un senador socialista. Contesté a los periodistas que imaginaba que si eran vacaciones, el ministro, como sus predecesores socialistas, se habría pagado el billete de su bolsillo, pero que, en lo tocante a la estancia en la residencia, tanto el periodista como el portavoz del PSOE estaban tocando el violón. Expliqué que yo había sido embajador, que vivía en una residencia del Estado pero que al mismo tiempo era mi casa y que, en consecuencia, en épocas en que no había invitados oficiales, yo podía invitar a quien me saliera... de dentro. A ministros, personas de la oposición, periodistas, artistas, mis hermanos... (lo hice). Por la sencilla razón de que el mantenimiento de esos invitados corría de mi cuenta, no del contribuyente. Algún diplomático del PSOE, embajador en uno u otro momento, debió comentar en el partido que con la que estaba cayendo en España debían dedicarse a hacer preguntas más serias. Se dio carpetazo al asunto aunque ya bastantes españoles habían leído que ministro y embajador gorroneaban con dinero público.

Y ahora viene el caso de Silva, embajador en Caracas. Las dos primeras preguntas que me llegaron hace días eran las de que qué habría hecho ese embajador para que lo declararan «persona non grata», es decir, para que el Gobierno venezolano lo expulsara, algo rarísimo en la práctica diplomática. («¿Tan manazas eran los diplomáticos españoles extralimitándose gratuitamente?»). Probablemente nada, repliqué sin vacilación. «Me estás hablando de Maduro, un parlanchín demagogo que tiene que crear cortinas de humo cuando tiene un problema y ha de encontrar un culpable, puede ser Estados Unidos, puede ser España, puede ser la OEA, etc...».

No me equivocaba; el bocazas, zafio e incontinente, había recibido un rapapolvos de toda la Unión Europea, no ya de España, de 27 países. Se le imponían sanciones focalizadas en diversos capitostes de su régimen. Maduro, que tiene una obsesión con Rajoy y que sabe que los ataques a España pueden serle más rentables en su país que unas puyas dirigidas a Londres o Bruselas, decidió expulsar a nuestro embajador que no había hecho nada malo. Antes había expulsado a los de Canadá, Brasil y Estados Unidos. En la práctica y en los convenios internacionales un Estado puede declarar persona non grata a un embajador «sin tener que explicar los motivos de su decisión». (art. 9. de la Convención de Viena de 1961).

Por supuesto que el presidente venezolano ha intentado vestirlo con la acusación de que España ha azuzado a los demás países europeos. No hacía falta; aunque España, el Gobierno y una buena parte de la izquierda, sabe de las penalidades del pueblo venezolano y de la incompetencia y sectarismo de su Gobierno, los europeos también. Hace un par de días, el francés Macron, recibiendo a su colega argentino, manifestaba que hay que aplicar aún «más sanciones a Caracas y aumentar la presión a la vista de los acontecimientos recientes». El argentino Macri añadía: «no veo solución a la crisis. La deriva autoritaria prosigue. Hace tiempo que Venezuela no es una democracia».

Maduro continúa reprimiendo a la oposición, en su país faltan los productos más elementales, la harina, las medicinas, los pañales, la inflación es quizás la más alta del mundo... pero él lo ataja expulsando a un diplomático español. Dentro de poco añadirá que era un conspirador que cenó con tres políticos opositores. Penoso.

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