VELLUTERS

Cap i casal

El que podría ser mejor barrio del centro sólo es noticia por un crimen o si sus vecinos sacan las pancartas

Paco Moreno
PACO MORENOValencia

Imaginen el trozo del mapa de Valencia que va desde las torres de Quart hasta el Museo de la Ilustración y desde la calle Guillem de Castro hasta la avenida del Oeste. Todos esos edificios, escasos jardines, bellos monumentos y sufridos vecinos podrían formar una de las mejores zonas del centro de Valencia, un lugar privilegiado porque desde la devastación registrada a partir de los años 80 por la despoblación, los urbanistas y gestores de la cosa pública han tenido campo libre para hacer prácticamente lo que les ha dado la gana.

Pero Velluters, que de eso barrio hablo, no ha tenido suerte de momento. Los hispters prefirieron Ruzafa, las familias no volvieron y las inversiones públicas no han sido suficientes. Lo que se quedó fue la maldita prostitución, el tráfico de drogas en las esquinas y el submundo que arrastra la delincuencia de los proxenetas y camellos.

La empresa municipal Aumsa construyó varios bloques de edificios. Los que están más cerca de la calle Viana, me dicen los vecinos, son los más difíciles de alquilar. Y no es para menos porque el paisaje es desolador, como de una película donde se relate una historia de podredumbre donde lo que más asombra son esos grupos de jubilados quietos, en corros, mirando.

Es el lugar donde el sábado apuñalaron a un joven hasta matarlo. Noticia segura para Velluters, aunque como siempre en negativo, incluyendo en el titular las palabras crimen, drogas o prostitución. Pese a las posibilidades que tiene un barrio que acoge el Colegio de la Seda, las Escuelas Pías o la plaza del Pilar, los vecinos no salen del barro.

Y son vecinos agradecidos. El que suscribe es socio honorario de la asociación La Boatella de Velluters, concedido cuando era presidente hace más de 15 años Denis Tsasouglou, hostelero que se embarcó en una cruzada hace dos décadas para denunciar la prostitución y el tráfico de drogas desde su bar en la plaza Juan de Vilarrasa. Hace tiempo que le he perdido la pista, pero en su puesto hay personas con la misma tenacidad.

La ordenanza contra la prostitución callejera se presentó como el instrumento idóneo para espantar a los clientes y calmar un poco las calles, aunque la situación actual requiere medidas de mayor calado, con patrullas de la Policía Local plantadas en los morros de los que aspiran a ese mercadeo indigno para las mujeres.

Y en la parte urbanística lo dicho. Las promociones del Ayuntamiento y la enorme plaza abierta en mitad del barrio, ríanse de la prolongación de Blasco Ibáñez, para levantar un conservatorio de música y otro de danza han servido, pero no son suficientes. Faltan vecinos y comerciantes.

Para que ocurra eso es vital que mejore la seguridad ciudadana. Aquí no se tiene la confianza que muestran algunos en el Cabanyal y el Canyamelar de que el 'problema social' desaparecerá. Es más, alertan de que va a mayores.

De ahí que no les guste por ejemplo pedir permiso a una toxicómana para que se aparte del descansillo del accedso al garaje para poder pasar, lo mismo que encontrarse una jeringuilla entre la suciedad de un jardín en la calle Guillem Sorolla. A tres minutos andando de la plaza del Ayuntamiento, que se dice pronto, donde por cierto acaban algunos policías asignados a Velluters por falta de agentes para el resto del centro de Valencia.

El regalo de la Fundación Hortensia Herrero al Colegio de la Seda sacando el talonario y facilitando el rescate (la resucitación diría) de un edificio tan singular y de la entidad por extensión, debería haber sido seguido de un plan integral desde el Consistorio para recuperar Velluters, aunque fuera por dignidad y para demostrar que desde la Administración pública se hacen cosas.

Han tenido que sacar pancartas a sus balcones los vecinos de Juan de Vilarrasa para que desde el gobierno tripartito se fijen en la necesidad de reparar el jardín, lo que por fortuna van a hacer. Lo que no está claro es lo que pasará con los indigentes y okupas que acuden a diario a las fuentes a lavarse y frotar con algo de jabón la ropa. Sí, eso está pasando a tres minutos de donde tiran las mascletaes.

Hace poco me enviaron una foto de un indigente cocinando en la avenida del Oeste. Con un hornillo, una botella de aceite y un salero, removía algo en una sartén en la acera mientras a su lado pasaban los clientes de los comercios. Quizás deberían hacer lo mismo los vecinos, mostrar en la calle todo lo que sufren para que la opinión pública se dé cuenta de que vivir en el centro no es ningún premio en algunos barrios.

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