LA VELA Y SUS ÉPICAS BATALLITAS

Hay pocos deportes con historias personales más fascinantes, pero también me maravilla su habilidad para venderse

FERNANDO MIÑANA

Siempre me ha gustado escribir sobre historias épicas de vela. Después de un reportaje, no recuerdo cuál, un compañero me preguntó, dando por hecho que era así, si me gustaba este deporte. La verdad es que no me vuelve loco. Salvo en formatos como el de la Copa América, con regatas breves salpicadas de mil datos e imágenes desde ángulos inverosímiles, veo muy complicado que me coja de las solapas y me mantenga frente a la pantalla. A mí me gustan sus historias, las de rudos navegantes surcando el océano contra viento y marea.

Hace varias semanas que voy por las librerías de toda Valencia buscando 'El largo viaje', de Bernard Moitessier, que cuenta la historia de este regatista que, en el verano de 1968, emprendió la vuelta al mundo junto a otros ocho veleros. Cuando ya tenía el triunfo a su alcance pensó que cruzar la meta equivalía a acabar con su aventura, así que giró el timón para seguir navegando varias semanas más hasta completar una vuelta y media al mundo y diez meses embarcado.

Eso es lo que me fascina de la vela. Esas historias irrepetibles. O ese amor por un deporte, por una pasión, que trasciende la competición. Moitessier descubrió que era más atractivo surcar los océanos en solitario con poca más ayuda que un sextante que alzar un trofeo. Para mí la lectura de esta proeza es que alcanzar la esencia del deporte, saborear el tuétano hasta consumirlo, es una de sus grandes virtudes. Que no todo es ganar o perder. Encontrar la belleza y enroscarse en ella es tan valioso, o más, en el caso de Moitessier, que el palmarés.

Ahora dan la vuelta al mundo en unos veleros despampanantes. Anoche se reanudó la Volvo Ocean Race desde Auckland, en la Antípodas, para iniciar la séptima etapa hasta Itajaí, en Brasil. Es la más larga, con 7.600 millas teóricas (los barcos no van, ni mucho menos, en línea recta), unos 14.000 kilómetros, y la más dura. Los navegantes pasarán por el punto Nemo, el lugar más remoto del planeta, donde, dicen, los astronautas están más cerca que la tierra más próxima. Y doblarán el mítico cabo de Hornos, donde chocan brutalmente el Pacífico y el Atlántico, la gesta náutica que distingue a los navegantes que lo han hecho de los demás.

El cabo de Hornos está en el paralelo 56 Sur y los barcos lucharán contra vientos salvajes y olas gigantescas. Al sur tienen la Antártida y, como el mundo es una esfera, cuanto más se acerquen al Polo Sur, menos distancia recorrerán. Pero eso entraña un peligro: cuanto más cerca de la Antártida, mayor es la probabilidad de estamparse contra un iceberg.

Para evitar una tragedia, la Volvo Ocean Race establece en cada edición un límite de exclusión, una línea imaginaria que los competidores no pueden atravesar porque supone forzar la suerte en exceso. Este año parece que el deshielo del verano austral no ha minado el mar de excesivos obstáculos y este cinturón se ha fijado en el paralelo 59.

Leer las historias de la Volvo Ocean Race, las biografías de los navegantes oceánicos, sirve para destrozar el tópico de que la vela es un deporte de niños pijos. Algunos han muerto en el agua, otros se han roto algún hueso y, quien más quien menos, las ha pasado canutas en medio de un temporal.

La vela, además, como descubrimos durante la Copa América en Valencia, sabe venderse de maravilla. Bilbao acogió del 1 al 4 de marzo el Sail In Festival, unas jornadas en las que exhiben sus virtudes por diferentes canales: debates, cine, conferencias y, cómo no, comunicando sus grandes batallitas, las que a mí me encantan. Eso permite a la vela penetrar en revistas como 'Forbes' sin necesidad de hablar de megayates.

Este deporte también ha conseguido algo insólito y digno de imitación por otras disciplinas. Hay un colegio en Alicante, El Faro, que imparte algunas de las asignaturas que estudian los alumnos de 4º de Primaria relacionándolo todo con la Volvo Ocean Race. La regata aplicada a las matemáticas, la lengua, las ciencias y hasta la robótica. Cada semana ven el fabuloso y didáctico resumen que presenta el periodista Nacho Gómez y poco a poco todo les resulta más familiar. En esa clase, por donde han pasado Theresa Zabell, Pepe Ribes o Alex Pella, ya han conquistado a varios adeptos.

Van sembrando poco a poco y creo que muchos deportes deberían aprender su forma de divulgar y comunicar sus atributos.

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