El valor de conciliar

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El término conciliar se ha usado y se usa para expresar la dificultad de hacer compatible la vida laboral con la familiar, especialmente en el caso de las mujeres, que son quienes habitualmente, y a pesar de los avances en la materia, siguen cargando con las tareas del hogar y con la educación de los hijos. Pero conciliar tiene una acepción genérica -de la que deriva ésta- que es la de poner de acuerdo a los que estaban en desacuerdo. Sebastián Tabernero, un letrado valenciano recientemente fallecido, fue un maestro en esta especialidad, en la de tratar de conciliar a las partes enfrentadas en procesos traumáticos en los que se veía implicado por su profesión de abogado de familia. Así se puso de manifiesto el pasado lunes en el homenaje que se le tributó en el Ateneo y al que asistieron más de 300 personas, una cifra que da idea de la huella que ha dejado un hombre que siempre huyó del protagonismo, que nunca buscó la notoriedad y que se habría ruborizado al saberse el centro de un acto multitudinario. De profundas y auténticas convicciones religiosas, no se dedicó a hacer proselitismo sino que fue su vida, su actividad diaria, la que sirvió de ejemplo para muchas personas, especialmente para sus clientes. En asuntos tan complicados y personalmente desgarradores como divorcios y custodias, apostó por llegar a acuerdos que evitaran concluir con vencedores y vencidos, en defensa siempre del interés de los hijos.

Conciliar. La política española es hoy cualquier cosa menos conciliadora. Los partidos políticos basan su estrategia no en la búsqueda del interés de la parte más desfavorecida -jóvenes, ancianos, parados, familias en riesgo de exclusión social...- sino en el suyo propio, en la de la organización, sus cuadros, sus dirigentes, sus militantes. El otro, el resto de partidos, es visto no como un rival que lucha noblemente por los mismos objetivos aunque con distintos métodos y diferente ideología sino como un enemigo, un tumor maligno que hay que extirpar a toda costa. Los parlamentos, los hemiciclos, no son espacios de conciliación sino escenarios para el lucimiento teatral y para martillear hasta machacar al contrario. La radicalidad se ha impuesto en el fondo y en la forma, extendiéndose a través de las redes sociales desde arriba hacia abajo. La moderación, la sensatez, están mal vistas, se creen sinónimos de dejadez, de pasotismo, casi de cobardía. No, conciliar¡ no es un verbo que se conjugue entre nuestros representantes políticos, que tal vez crean que sólo se refiere a la relación entre el horario laboral y las ocupaciones familiares. Deberían aprender del ejemplo de Sebastián y entender que para el conjunto de sus representados, para el pueblo, para «la gente», sería mucho mejor que actuaran tratando de alcanzar acuerdos.

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