Tan valenciano como español

Sala de máquinas

«El fallo no viene de la reivindicación de la identidad más cercana, sino de la desaparición del sentimiento nacional»

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Publicado en la edición impresa del 16 de julio de 2017.

No resulta fácil ejercer de español. Ni ahora ni antes. Ser español va de suyo con la nacencia, pero sentirse español sin aspavientos ni complejos carece de reputación. Una anormalidad entre las naciones que nos rodean. Pero una anormalidad que va a más porque la Transición no adquirió para la democracia un patriotismo de base. En parte por el abuso franquista de este sentimiento, hasta moldearlo conforme a la arquitectura del régimen, y en parte también por la deserción previa de la izquierda respecto a cualquier idea nacional, dejándole a la dictadura el monopolio de la españolidad. En consecuencia, se instaló la falsedad de que sentirse español equivale a sentirse franquista. La realidad de la calle olvidó hace tiempo tal prejuicio, pero sigue vigente en ciertos ámbitos interesados.

Nos conocemos poco los españoles y cada vez nos tratamos menos, en especial las jóvenes generaciones. Desaparecieron algunos mecanismos que servían para interrelacionarnos: la emigración interior que movía abundante mano de obra de unos puntos de España a otros buscando una vida mejor, el servicio militar obligatorio que te llevaba a un sitio remoto de tu lugar de origen y los estudios universitarios, que concentraban en pocas ciudades a jóvenes procedentes de todo el país. Aquello (al margen de la discutible opinión sobre cada uno de esos fenómenos) servía para cruzar unos españoles con otros y unos territorios con otros. Servía lateralmente para mantener una identidad nacional, pero todo acabó de golpe. Hoy los únicos jóvenes que conocen a otros compatriotas son los más privilegiados, aquellos universitarios que se van al extranjero y allí se encuentran por primera vez con otros españoles, trabajando o estudiando.

Sr. García

Debería haber sido una tarea del Ministerio de Educación, pero lejos de ello, hizo dejación de funciones con una política de transferencias indiscriminada, lo que en la práctica tuvo resultados adversos: se empezó a hablar poco de España y mucho de los particularismos. Sin necesidad de alcanzar algunos casos de manipulación extrema bien conocidos, en general se activó un nacionalismo de baja intensidad o como mínimo un regionalismo ardoroso. Una respuesta inevitable y autojustificatoria del nuevo modelo descentralizado. Quede claro, las comunidades autónomas han servido positivamente para articular un sistema territorial confortable para las mayorías. Aunque en el fondo siguen manteniendo algo de ficción y superestructura. No puede ser de otra forma; la gente se siente de Alicante o de Granada, de Plasencia, de Alcoy, de Gijón o de Antequera, de Burgos o de Toledo («yo de nación soy sevillano», asegura un personaje cervantino, según recordó Felipe González hace unos días en el foro de Vocento). Pero las comunidades autónomas también han sido un nuevo sistema de poder, y como tal siguieron la lógica natural de reforzar lo propio y específico frente a lo general y compartido. Era su papel. Para ello gastaron dinero a chorros, como si fuera agua, para propagar la nueva identidad, con la colaboración de las pequeñas élites autóctonas, beneficiadas por respaldar una administración con enormes presupuestos públicos para repartir entre empresarios locales, sindicatos, colectivos civiles, entidades diversas y medios de comunicación. Toda una red de intereses cruzados, aparte de la irrupción de una nueva clase social, potentísima y con poder adquisitivo, el funcionario autonómico.

Para entendernos, el fallo no viene de la reivindicación de la identidad más cercana, sino de la desaparición del sentimiento español. De la renuncia explícita a propagar una idea nacional de pertenencia fuera de los éxitos deportivos. Por desinterés, por complejo o por ganas de no meterse en líos. Algo que ha sido utilizado por ciertas minorías para contraponer ambos conceptos. Cuando la mayoría de los españoles cree en la yuxtaposición de esas dos realidades. El CIS es rotundo, casi seis de cada diez encuestados se siente tan valenciano como español, mitad y mitad; las posiciones extremistas y excluyentes apenas cuentan con adeptos en ninguna parte del país, salvo la Cataluña arrasada por el pujolismo, ahora mismo en vísperas de su implosión. Compromís se equivoca: representa una periferia ideológica evidente, inferior al 10% del censo, si bien el control de las instituciones le da un poder inquietante para la ingeniería social. ¿Se puede ser hoy valenciano y español? ¿O aragonés y español? La pregunta parece idiota, pero son tiempos en que hasta estas preguntas son pertinentes. Este año celebramos efemérides (con poco entusiasmo por parte de las autoridades) respecto a tres cumbres de nuestra cultura: Blasco Ibáñez, Miguel Hernández y Azorín. Esa es la respuesta. Sí, se puede. También si miramos las figuras de Grisolía, Manolo Valdés o Francis Montesinos; o Teodoro Llorente, los hermanos Colonques, García Berlanga, Enrique Ponce, Concha Piquer, Vicente Boluda, Manzanares o Miquel Navarro. Y la de tanta gente anónima, la del CIS, que no se ve reflejada en la propaganda dominante. No es que se pueda, ser valenciano y español tiene bastante de común, pero parece ser una afirmación políticamente incorrecta. No sólo aquí.

España es un espacio público que compartimos desde hace cinco siglos, como apuntó el expresidente González en su coloquio con Aznar y Zapatero: «nadie discute la identidad de Cataluña pero muchos discuten la identidad de España». Esa es la paradoja del momento. Conocida es también la expresión orteguiana de que España es, o debiera ser, «un proyecto sugestivo de vida en común». Y justo eso es lo que está fallando y además no se está defendiendo con la convicción necesaria. La Transición nos devolvió a la modernidad con unos logros impresionantes y consensuados: los partidos políticos como legítimos representantes de los españoles a través de las urnas, el papel moderador de la Corona, el afán de convivencia y de no recaer en los errores del pasado, un concepto integrador de pertenencia y el progresivo avance del bienestar colectivo. Algunas naciones necesitaron dos siglos para llegar ahí. Cierto es que quedan temas irresueltos como la persistencia de la corrupción, la conquista de la competitividad económica y tecnológica y la modernización administrativa. Y en especial en estos momentos, el modelo territorial. Cataluña aparte, la solución definitiva prevista en la Constitución por la vía de los sucesivos traspasos de competencias no ha llegado a buen puerto. Se mantiene la insatisfacción de partida, ahora debido a los conflictos por la financiación, usada como frente de batalla partidista. En agosto se desvelará el dictamen técnico sobre la nueva financiación. Entonces sabremos cuántos están a la altura del momento o si esto de la singularidad identitaria acaba en el chalaneo, en una simple pugna por el dinero.

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