Valencia gana

CÉSAR GAVELA

La catástrofe social y delictiva que va dejando el secesionismo en Cataluña -y a la que no se le ve salida a medio plazo- no deja de abrir oportunidades para Valencia. La otra gran ciudad mediterránea va acogiendo, con educado y útil alborozo, las inagotables orfandades que tejió el odio planificado desde el poder. Inquina concienzuda que ha terminado por llevar a muchos de sus promotores a la cárcel. Donde están llamados a perdurar.

Parece que van disminuyendo las entidades que quieren organizar eventos de enjundia internacional en Cataluña. Y de los que ya existían, unos se han ido manteniendo, aunque en medio de estridencias y algaradas, tal como sucedió con la imponente Barcelona Mobile World Congress. Un empeño que, se supone, todavía continúa radicado en la capital de Cataluña. Otras iniciativas, sin embargo, se suspenden, como ha pasado con la gran competición de vela World Race.

Barcelona, a pesar de la cortesía y cordialidad de la inmensa mayoría de sus habitantes, continúa perdiendo protagonismo mundial, ese que tuvo en amplísima y merecida proporción. Una metáfora de ello es el tenis, que ha vivido en Valencia el pasado fin de semana la gran fiesta de la copa Davis. Con una victoria heroica de España para mayor emoción. Lo que ha impulsado una idea de lo más razonable y fundada: que Valencia sea sede de la final de la competición si es que los tenistas españoles llegan a tal envite.

Valencia es un lugar abierto, constitucional, acogedor. Como lo era la Barcelona de las penúltimas décadas hasta que arreció el tribalismo. Y la locura a él inherente, porque es cosa de locos, no solo de delincuentes, pretender romper la más vieja nación de Europa cuando no se cuenta ni con la mitad de los votos para ello. Dando por hecho que el 47 por ciento de catalanes quiera realmente la separación del resto del país.

Barcelona ahonda en ese proceso de extrañeza y para mayor infortunio no cuenta con unas autoridades municipales que pudieran contrapesar, como antaño sucedía, el destrozo realizado por el secesionismo. Que ha tenido en la Generalitat su gran motor y centro general de latrocinio, como van revelando las noticias judiciales. Por todo ello Barcelona empieza a ser percibida en muchas partes de España como un lugar antipático, lo que no deja de ser una clamorosa injusticia. Y ahí aparece Valencia, una ciudad que, por cierto, no tuvo los grandes favores del franquismo, que mimó a Cataluña y a su clase dirigente. Clase que fue la más franquista de toda España al decir de muchos historiadores, aunque ahora sus nietos se hayan apuntado a la secesión. Para poder ser ministros y comisionistas mucho más fácilmente. Valencia gana y Barcelona, pese a ser una ciudad extraordinaria y universal, pierde. Lo ideal, claro, sería que ambas ciudades fueran cómplices y ganaran. Las dos. Queda mucho por hacer.

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