Utilizar el dolor

Arsénico por diversión

Hay españoles mucho más ruinosos para el erario público y la convivencia que la mayoría de extranjeros

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Vivimos en una sociedad adolescente. En la adolescencia, los sentimientos están a flor de piel. Estamos sensibles, lloramos por nada, nos reímos sin ton ni son y tendemos a considerar que los amigos serán eternos y que sin ellos no podremos vivir. Cuando maduramos aprendemos que hay que reír más y llorar menos; que algunos amigos -pocos- perduran para siempre y que de aquellos que creíamos inolvidables, ya no recordamos ni sus apellidos. Son tiempos de un Gran Hermano vital donde todo se magnifica y llamamos «amigo»; a quien solo hemos tratado durante una semana. Es la desacralización de la amistad en tiempos de relaciones fugaces y frívolas.

En ese contexto, a los políticos les resulta muy fácil manipularnos. Solo tienen que tocarnos el corazón para que se nos erice la piel y nos lancemos como locos a defender causas justas que nos hacen temblar de emoción. Eso pasa con los refugiados del Aquarius. En un sentido y en el contrario.

Que resulta inadmisible abandonar en el mar a un grupo de personas sin agua ni alimentos es una verdad indiscutible. El problema, además de las disputas políticas en Europa y de los abusos de los países de origen que dejan actuar a las mafias, es la utilización del dolor ajeno. Por parte de todos. De quienes los apoyan y de quienes los rechazan. Lo hacen quienes construyen un discurso excluyente, xenófobo, engañoso y clasista contra los extranjeros que vienen de países pobres o llegan sin recursos económicos. Como si sus conocimientos, sus habilidades, su formación o sus ganas de trabajar no fuera también recursos. Lo son y en la mayor parte de los casos se ponen al servicio del país de acogida y le ayudan a crecer. Su contribución al PIB y al bienestar es mucho mayor que el impacto en subsidios o ayudas directas, pero a determinados grupos les interesa engañar sobre eso y culparles de todos los males. Hay españoles mucho más ruinosos para el erario público, para la convivencia y para el normal desarrollo de nuestras familias y comunidades que la mayoría de extranjeros. Entre otras cosas, porque estos tienen que estar siempre pidiendo perdón por haber venido para dar un futuro a sus hijos y cuando hay una excepción, se les culpa a todos de inmediato. Como si ante un crimen cometido por un nacional, todos fuéramos acusados socialmente de aberraciones semejantes.

Pero también crean un discurso sentimental quienes ignoran el contexto y las consecuencias de la acogida sin combatir sus causas y a los beneficiarios de las migraciones forzosas. Esos también utilizan a los migrantes con la vista puesta en las urnas aunque el corazoncito adolescente que les escucha no quiera verlo. Es bueno acoger y es malo rechazar. Es bueno aplaudir el gesto y es malo señalar sus riesgos. Extremos emocionales que no ayudan a construir un mundo más habitable para todos. Aquel en el que nadie tenga que huir de su propio hogar ni pedir perdón por ello.

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